«Ahora estamos todos muy contentos, esperamos buenas noticias»

Los familiares de los doce adolescentes rezan en un santuario ubicado junto a la cueva Tham Luang, en Tailandia. :: Ye Aung THU/ afp/
Los familiares de los doce adolescentes rezan en un santuario ubicado junto a la cueva Tham Luang, en Tailandia. :: Ye Aung THU/ afp

Los padres de los niños atrapados en una cueva de Tailandia esperan en una cabaña mientras los equipos de rescate «luchan contra las aguas»

PABLO M. DÍEZ MAE SAI (TAILANDIA).

Intentando distraerse con la televisión, los padres de los niños atrapados en una cueva de Tailandia esperan noticias sobre su rescate en la caseta del parque nacional de Tham Luang Nang Non, en la provincia septentrional de Chiang Rai, cerca de la frontera con Birmania. Llevan casi dos semanas sin ver a sus pequeños y se les nota la angustia en el rostro. Aunque los doce menores, junto a su entrenador de fútbol, fueron hallados con vida el lunes dentro de la caverna, no pueden salir porque las lluvias del monzón la han inundado.

O aprenden a bucear para recorrer los cuatro kilómetros que les separan de la entrada a la cueva, lo que les obligará a sumergirse varios cientos de metros en algunos tramos que han quedado anegados, o no les queda más remedio que esperar cuatro meses, hasta que acabe el monzón y ceda el agua de la cueva.

Las dos opciones son peligrosas. La primera, porque los niños apenas saben nadar y pueden entrar en pánico buceando a través de cavidades angostas y enfangadas con fuertes corrientes y sin apenas visibilidad. Además, tardarán bastantes horas en completar esta terrorífica odisea submarina, ya que a los equipos de buzos profesionales que los han localizado les cuesta hasta seis horas llegar a ellos, a las que hay que sumar otras cinco de regreso. La segunda, porque la estación de lluvias no ha hecho más que empezar y se esperan fuertes precipitaciones que inundarán aún más la cueva, amenazando al grupo atrapado, que se ha refugiado sobre una roca rodeada por el agua.

Se pronostican fuertes lluvias, lo que pone en mayor peligro al grupo refugiado en la caverna

Intentando sobreponerse a esta fatalidad, las familias se aferran a la esperanza de que los niños serán pronto traídos a la superficie. La tregua que ha dado la lluvia en los últimos días y el drenado de la cueva, donde ha bajado el nivel del agua, les animan al optimismo. Aunque los psicólogos que les atienden han dado órdenes a los periodistas para que no les molesten con entrevistas, que les harían aumentar su ansiedad aún más, una de las madres de los niños atrapados atendió ayer amablemente a este periódico.

«Ahora estamos todos muy contentos, esperamos buenas noticias», aseguró Ning, madre de Sompong Jaiwong. Apodado 'Pong', sueña a sus trece años con ser futbolista y jugar con la selección de Tailandia. Por eso, se unió al equipo de los Jabalíe Salvajes, con cuyo entrenador se perdieron él y once compañeros más el 23 de junio, cuando entraron en la cueva tras acabar un entrenamiento. Ese día, y según informa la agencia AFP, otro de los niños, a quien llaman 'Night', cumplía 16 años. Su familia le tiene guardados los regalos para que, cuando vuelva, pueda celebrarlo con sus amigos.

Cuadros del difunto rey

Confiando en que todos serán rescatados por los más de mil efectivos del dispositivo de salvamento, algunos venidos de EE UU, Reino Unido, China, Japón y Australia, los padres aguardan en una cabaña del parque natural. Con las paredes decoradas con cuadros del difunto y venerado rey Bhumibol, donde aparece regando plantas e inspeccionando cultivos, las familias ven las noticias en televisión sobre el rescate de sus hijos y pernoctan en una sala habilitada con colchones y mantas. Mientras una madre consulta su móvil, a su lado juega la hermanita pequeña de uno de los niños atrapados en la cueva.

Afuera, los equipos de emergencias se afanan moviendo tuberías y estructuras metálicas para bombear el agua mientras las excavadoras allanan con sus palas el embarrado terreno. Entre un enjambre de soldados, policías, socorristas y bomberos, decenas de periodistas montan guardia a la caza de novedades y, como todos aquí, ansían el momento en que los menores emerjan de la caverna. A la entrada se han montado tiendas donde ofrece comida gratis y se coordina el dispositivo de rescate, que podría tener lugar en los dos próximos días.

«Luchábamos contra el tiempo cuando los encontramos. Ahora luchamos contra las aguas. No podemos arriesgarnos a nuevas inundaciones», alertó ayer el gobernador provincial, Narongsak Osatanakorn. A pesar de las prisas, también dejó claro que el rescate no tendrá lugar hasta que los niños «estén seguros al cien por ciento».

Bajo el batir de las alas de los helicópteros del Ejército que surcan el cielo, cae la noche en la boca de la cueva de Tham Luang. El sol ha dado un respiro después de un día de calor intenso, pero las cigarras siguen cantando entre la maleza de esta montaña con forma de persona tumbada que se ha tragado a doce niños y a su entrenador. Agradeciendo los ánimos, uno de los padres de los muchachos me regaló ayer el tradicional pañuelo tailandés hecho a mano que se lleva al cuello para secar el sudor. Lo pienso llevar conmigo hasta que su hijo y los demás salgan a salvo de la cueva.

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