El mapa y el territorio

Mark Zuckerberg. /Reuters
Mark Zuckerberg. / Reuters
Alba Carballal
ALBA CARBALLAL

Un país se cocina con tres ingredientes: población, poder y territorio. Facebook, que ya ha anunciado el lanzamiento de su propia moneda, tiene los dos primeros. Es la tercera pata del tinglado la que hace tambalearse a su nación ficticia. Quiero pensar que todavía quedan fronteras infranqueables para la informática, y que ésta no tiene ninguna posibilidad frente a la tozudez de la geografía. Sin embargo, Zuckerberg ha entendido que el dinero, como los mapas, es una convención. Hay pocas cosas que escapen del dominio unificador de las convenciones: algunos amores, los verdaderos amigos -que nunca están en el muro- y el placer, que sólo existe si es genuino. Se me ocurren algunas más, como las montañas, los rascacielos, los pájaros, la contaminación, los chalés adosados, el oxígeno, las callejuelas o los volcanes dormidos. En definitiva, todo aquello que separa Facebook de una existencia tangible: los elementos del paisaje.

Houellebecq, al escribir 'El mapa y el territorio', plantea una región virtual que atraviesa sus páginas laberínticas. El francés comprendió, aun siendo el más 'posmo', que el sistema binario nunca podría sustituir a los ríos, las carreteras o las ciudades infinitas que inspiran poemas y asientan la cultura. Facebook, sin embargo, pretende ser un pueblo sin territorio. Pues bien, esa utopía tiene varios nombres al otro lado de la pantalla: Palestina, Sahara Occidental, Siria. Hasta los refugiados, sin tierra y sin protección humanitaria, llevan un móvil en el bolsillo. La falta de territorio les marca, pero en el engaño de la aldea global son indistinguibles de los ciudadanos libres. Si aquí está la respuesta al viejo sueño ilustrado de una república cosmopolita e igualitaria, apaga y vámonos. Quizás, a golpe de talonario, Facebook termine por aparecer en los mapas; quizá todo sea una ficción salvo la muerte.