EEUU pierde la batalla de sus veteranos

Mary Robles acompaña a su padre, el sargento Daniel Robles, en una ceremonia en Texas. /
Mary Robles acompaña a su padre, el sargento Daniel Robles, en una ceremonia en Texas.

Una epidemia de suicidios diezma a los excombatientes, que se topan con el desempleo al volver de la guerra

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

El hombre al otro lado del chat lo tenía todo pensado. Iba a tomarse un bote de pastillas y asfixiarse con una bolsa de plástico, pero si todo eso fallaba tenía a mano una pistola del calibre 38 con la que rematar la faena. Del lado de la vida, en la página de Stop Soldier Suicide, se encontraba Laura Black, una especialista en marketing que, sin saber muy bien cómo, se ha convertido en el último hilo de esperanza para muchos veteranos de guerra que intentan quitarse la vida.

En el país que mañana celebra el 'Memorial Day' (el recuerdo a los caídos en las guerras) murieron el mes pasado más excombatientes por suicidio que soldados en Afganistán. Una «epidemia», en palabras de Barack Obama. Prácticamente cada hora uno se quita la vida, o 22 al día, según un estudio del Departamento de Veteranos, que sólo ha contabilizado 21 de los 50 Estados de la Unión, y que deja fuera a los que no se licenciaron con honores, a menudo porque ya sufrían las secuelas psicológicas de la guerra.

Las estadísticas no cuentan a Carrie Leigh Goodwin, de 20 años, expulsada del cuerpo de Marines por «trastornos de personalidad» después de haber sido violada, que se emborrachó hasta la muerte bajo la interacción de antidepresivos. Ni a Nikkolas Lookabill, que cuatro meses después de volver de Irak se enfrentó a policías de Vancouver diciéndoles que quería que le pegasen un tiro. Lo hicieron. Ni a aquellos en cuyo certificado de defunción no se indica que el que cometió suicidio era un veterano. O los casos en los que el forense dejó en blanco la causa de la muerte, por descuido o a petición de la familia.

Estadísticas

El hombre con el que chateaba Laura Black probablemente habría engrosado las estadísticas. Era el prototipo del guerrero cansado y agotado, al que no le quedan fuerzas para la difícil adaptación que supone volver al mundo real. Desde que regresó de Afganistán había luchado por mantener un trabajo. El estrés postraumático no ayudaba. Su carácter bipolar tampoco. Las deudas le ahogaban. Su mujer acababa de dejarle y se había llevado los niños. Él no tenía dinero para pagar a un abogado con el que batallar por sus hijos, que es lo único que aún le importaba. Ya sólo quería tirar la toalla. En el campo de batalla la vida de civil es un paisaje onírico tan inalcanzable que intoxica recordarlo. Nada que ver con la desesperación que rezumaba ese motel de tres al cuarto de Carolina del Norte, donde el hombre del chat creía desahogarse por última vez con una desconocida. A la luz de la incomprensión, las fatigas de la guerra cobran un cariz agridulce y extrañamente nostálgico. Se echa de menos la camaradería de los únicos que entienden lo que se ha vivido. Algunos vuelven a la guerra sólo por eso. La traición del sistema duele más que la metralla.

«Sobre todo, estaba indignado con el Departamento de Veteranos», cuenta la improvisada asistente social, que suple con buena voluntad el vacío que deja la burocracia. «Quería dejar constancia de lo que le habían hecho pasar, por eso contactó con nosotros. Yo sabía que tenía que darle una buena razón para que no lo hiciera. 'De verdad que no quieres hacer esto... Piensa en tus hijos», le dijo. «Yo no estoy preparada para eso. Mi meta era que dejara de chatear conmigo y llamase al teléfono de la esperanza del Departamento de Veteranos», que desde el 2007 ha recibido más de un millón de llamadas.

Marcó el número. Un profesional entrenado para tratar con veteranos a punto de suicidarse logró convencerle de que, al menos por esa noche, le diera una oportunidad más a la vida. Mientras, Nick Black, cofundador de Stop Soldier Suicide, voló personalmente a Charlotte y le ayudó a encontrar un abogado que trabajase gratuitamente en su caso. La asociación de voluntarios que, como tantas otras, intenta paliar la silenciosa epidemia, lanzó un llamamiento a sus 57.000 seguidores de Facebook para que le ayudaran a pagar sus deudas más inmediatas. Uno asumió la letra del coche, otro el recibo de la hipoteca, alguno más el de la luz. Hasta el día de hoy sigue vivo. «Nunca cerramos un caso, le damos seguimiento», explica Laura Black.

No todos han tenido tanta suerte. Kim Ruocco tuvo que contar a sus hijos la noticia más dura posible. Su padre se había ahorcado en la habitación de un motel. El mayor John Ruocco tenía 40 años y dos niños de 8 y 10. Era piloto de un helicóptero Cobra. Hacía tres meses que había regresado de Irak. Cuando volvió por Navidad, su mujer encontró a un hombre muy diferente del que se había marchado a la guerra. No comía bien, había perdido peso, le costaba conciliar el sueño. Era incapaz de tomar decisiones, perdía la paciencia con los niños. «En retrospectiva, mostraba todos los síntomas que estudié en la carrera», se culpa aún la viuda, asistente social, que desde el 2008 ha ayudado a más de 4.000 familiares de veteranos a vivir con esa carga, a través del Programa de Asistencia para Supervivientes de Tragedia (TAPS). «Cuando hablé por teléfono con él la última vez supe que estaba muy mal. Me dijo que no le apetecía estar con gente», recuerda. «Esa fue la primera vez que ya no me importó si buscar ayuda psiquiátrica le costaba la carrera. Me prometió que al día siguiente iría a la clínica. Estaba tan preocupada que le pregunté directamente: '¿Te sientes tan mal como para intentar quitarte la vida?' Me contestó: 'Nunca os haría eso a ti y a los niños'». Horas después se ahorcó.

Pesadillas

«Había visto demasiado en Irak. Estaba exhausto. Vio e hizo cosas cuyo recuerdo le perseguía. No quería hablar de ello, pero tenía pesadillas. Se despertaba gritando y no quería contarme de qué iban. Decía que había visto el rostro del mal y que ahora eso era parte de él, pero no quería traerlo a la familia», recuerda. La vuelta a casa nunca es lo que el guerrero espera. «Especialmente para nosotros, que somos de Massachusetts, un Estado muy progresista donde la gente llevaba pegatinas en el coche de 'Apoyamos a nuestros soldados pero no la guerra'. Había muchas conversaciones de ese estilo. Eso le hacía sentirse desconectado de gente que antes eran sus amigos. Pensaba que no lo entendían ni le apoyaban».

El paréntesis militar se paga caro. El índice de desempleo entre los que han servido desde el 11-S es del 10%, frente al 6,3% de la población general. Cada noche, casi 60.000 veteranos de guerra duermen en las calles de EEUU, según un estudio del Departamento de Vivienda. Al mayor Ruocco le falló un trabajo de piloto en una aerolínea con el que contaba para dejar los Marines «y encima destinaron a su escuadrón a la Costa Oeste, cuando nosotros acabábamos de comprar una casa en Massachusetts», cuenta su mujer. Por eso estaba solo en un hotel a las afueras de la base aquel 7 de febrero del 2005. Al mes siguiente le tocaba volver a Irak.

Lo que Kim y los veteranos con los que habla llaman las «heridas morales» de la guerra es ese secreto inconfesable que corroe las entrañas de quienes han sido entrenados para algo que moralmente nos han enseñado a condenar desde pequeños: matar. «También son seres humanos. Cuestionan las decisiones que tomaron», explica la voluntaria.

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