Berlín aprieta a Putin, pero poco

Putin y Merkel, en la cumbre del G-20 en San Petersburgo. /
Putin y Merkel, en la cumbre del G-20 en San Petersburgo.

El Gobierno de Merkel secunda la línea de sanciones de EEUU y la UE aunque a lo que aspira es a minimizar las consecuencias

JUAN CARLOS BARRENA BERLÍN.

Desconcierto, resignación y prudencia. Angela Merkel, la canciller federal de Alemania y la mujer más poderosa de Europa, nada permanentemente entre esos tres sentimientos ante la creciente desestabilización de Ucrania, donde los acontecimientos son cada vez más explosivos y conforman la crisis mas grave entre Occidente y Rusia desde la Guerra Fría. Desconcierto ante el hecho de que hasta ahora todos los esfuerzos han sido vanos para frenar la escalada del conflicto, que, al contrario, no hace sino agravarse día a día. Lo acordado en Ginebra es ya papel mojado y la diplomacia de crisis no da frutos. Resignación porque los intentos de Occidente de aplacar las veladas ansias expansionistas del presidente ruso, Vladímir Putin, han sido inútiles y el tiempo no hace sino jugar a favor del jefe del Kremlin. Y mucha prudencia, algo innato en el temperamento de Merkel, ya que las consecuencias de un agravamiento del conflicto en Ucrania podrían ser fatales para la economía alemana, motor de la Unión Europea.

Aunque demostraron unidad y su firme voluntad de actuar con más severidad contra Rusia si no se pone freno a la desestabilización de Ucrania, Merkel y el presidente estadounidense, Barack Obama, ofrecieron también el viernes claros signos de desconcierto, resignación y prudencia. Fuera de lanzar advertencias no hubo acuerdo sobre medidas concretas y aplazaron hasta después de las elecciones presidenciales en Ucrania del día 25 los posibles nuevos castigos contra Rusia si Moscú no contribuye hasta entonces a estabilizar la situación en el país vecino. Merkel calificó de «inevitables» esas nuevas sanciones y Obama dijo que «debemos contemplar» el hecho de que algunos países de la UE tienen una fuerte dependencia económica de Rusia.

«Alemania tiene intereses centrales y muy importantes ante Rusia. Son más fuertes y a la larga más importantes que la cuestión de cómo se resolverá la crisis de Ucrania», explica Christian Hacke, profesor emérito en el Instituto de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad de Bonn. A su juicio, aunque el planteamiento de primar unas buenas relaciones con Moscú «resulte impopular, a largo plazo es más importante que implicarse de manera comprometida en Ucrania y quizás hacer así un favor a los norteamericanos. Ellos tampoco están interesados al fin y al cabo». Hacke está seguro de que, entre bastidores, la prioridad de Merkel ante Obama fue dejar claro que la crisis debe minimizarse al máximo y evitar a toda costa que se agrave aún más.

Pese a todo, «es absolutamente erróneo» pensar que Merkel persigue ante Putin una política de «appeasement» y que por ello no es partidaria de agravar las sanciones. Así piensa Wolfgang Ischinger, exembajador germano y jefe de la Conferencia de Seguridad de Múnich. «Hay que tener en cuenta -dice- que cada medida sancionadora de EEUU carecería prácticamente de consecuencias para su propia economía, ya que el comercio con Rusia es insignificante. Para Europa y especialmente Alemania es distinto. Cada medida sancionadora que tomemos tendrá para Rusia un efecto diez veces mayor que cualquier sanción estadounidense». Ischinger considera que «las sanciones no pueden reemplazar a la política» y pone en duda que lleguen a influir en el comportamiento del Gobierno ruso. Lo importante, según el veterano diplomático alemán, es que EEUU y sus socios europeos acuerden una estrategia conjunta para Ucrania, cuya prioridad «no debe ser de ninguna manera castigar a Putin».

El presidente de la Cámara Alemana de Industria y Comercio (DIHK), Eric Schweizer, reconoce que contempla el conflicto con gran preocupación y que las exportaciones germanas a Rusia retroceden con fuerza, a la vez que se enturbian las expectativas de negocio en ese país. Sin embargo considera que «la dependencia de Rusia de Alemania y la UE es claramente mayor que la de las empresas germanas de Rusia. El conflicto afecta mucho mas a la economía rusa que a nosotros».

Schweizer subraya que del comercio alemán con Rusia dependen 400.000 puestos de trabajo en Alemania y que el 30% de las importaciones de gas y petróleo germanas proceden de aquel país, pero advierte de que la primera perjudicada de un posible corte energético sería la propia Moscú, que dejaría de obtener ingresos que necesita de manera acuciante.

«No necesita atacar»

El jefe de la DIHK considera que ha sido «inteligente» aumentar la presión contra Rusia con pasos pequeños y «no dándole al mazo» para mantener siempre abierta la vía negociadora. Por eso «antes de sancionar directamente el comercio se podría aumentar la presión contra Rusia en el mercado de capitales, cerrando por ejemplo el mercado occidental a la deuda rusa», propone Schweizer, quien, pese a la situación actual, estima que «no somos chantajeables» y el mayor perjuicio económico será para Rusia si las sanciones acaban por imponerse aunque sea con cuentagotas.

Entretanto, aumentan también las voces en Alemania de quienes consideran a Ucrania un «Estado fallido». Un análisis confidencial de la OTAN al que tuvo acceso el semanario Der Spiegel advierte contra un «posible colapso» de Ucrania y critica al Gobierno de transición en Kiev «por no ser capaz o tener la voluntad de aclarar las cuestiones clave sobre la futura construcción política del país» y avanzar hacia un sistema federal que podría, a partir de una mayor autonomía regional, preservar la unidad nacional.

«Putin no necesita atacar Ucrania. Sólo espera a que se descomponga y fomenta esa descomposición», asegura el analista Jakob Augstein. Por eso sostiene que «si el futuro de Ucrania es la descomposición, Occidente no debería tratar de evitarlo. A nadie perjudica que Rusia se anexione el este de Ucrania y que el oeste se adhiera a la UE. Antes de que sucedan cosas peores deberíamos practicar la humildad y retirarnos. Nadie nos obliga a mover ficha». Y recuerda a Merkel y los estadistas occidentales la sentencia del dramaturgo Bertolt Brecht,: «Quien dice A no tiene que decir B. Incluso puede darse cuenta de que A era un error».

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