Vivir en palacio

Vivir en palacio

Desafiando las incomodidades y su elevado mantenimiento, los propietarios de algunas casas señoriales se resisten a convertirlas en fríos museos o sedes empresariales. «Solo caliento mi dormitorio»

ANTONIO PANIAGUA

Hay palacios que destacan por sus espléndidos jardines, otros por sus escalinatas suntuarias. Los hay que disponen de impresionantes artesonados y los que cuentan con bibliotecas magníficas. Palacios incrustados en las murallas o adosados a una torre. Casas solariegas que suscitan la envidia por sus bellísimos patios interiores. Edificios con chimeneas labradas lujosamente en piedra, con espacios en los que aún se guardan coches de caballos, sillas de montar y arreos. Inmuebles dotados de cocinas apabullantes, enormes comedores y divanes antiguos. Residencias inequívocamente aristocráticas, donde aún viven familias linajudas. Visitarlas y pisar sus estancias, cuyas moquetas mullidas ahogan el ruido de pasos, supone darse un paseo por la historia y el arte. Muchas de ellas pueden ser vistas porque están declaradas Bienes de Interés Cultural (BIC). Quien quiera verlas detenida y confortablemente sentado en su sillón puede hacerlo pasando las páginas del libro 'Palacios y casas señoriales de España', que acaba de publicar Turner.

El volumen, escrito por el catedrático de Historia de la Arquitectura Ignacio González-Varas Ibáñez, es fruto del empeño de Mariana Gasset, que ha coordinado la obra y que ha persuadido a los dueños de los 38 palacios que aparecen en él para que abrieran las puertas de sus propiedades. El resultado es este libro, todo un compendio de edificios de gran relevancia artística y monumental que atesoran en su interior importantes colecciones de mobiliario y objetos de arte. «Un criterio de selección ha sido el sacar casas que estuvieran habitadas. Muchos de los palacios que se conservan en la actualidad son sedes de bancos, fundaciones, dependencias oficiales o ministerios. Pocas en cambio conservan la esencia residencial. Salvo algunas excepciones, en el 90% de las casas presentes en el libro vive gente, lo que no quiere decir que no puedan ser visitadas», arguye Gasset.

Golfines de Arriba
Casa de las Dueñas
Can Clota
Pazo de Oca
Palacio Vinader
Liria
Escribá y Boil
San Feliz
Palacio de Narros
Casa Pilatos

Herencias nobiliarias

La arquitectura palaciega es rica en exponentes. Los palacios de Los Golfines, Casa Pilatos, Medina Sidonia, Dueñas, Pazo de Oca, Liria, Marqués de Santa Cruz y otros muchos están en perfecto estado: no se trata de cuatro piedras arrumbadas y que resisten con heroicidad el paso del tiempo. «Casi todos los dueños tienen títulos nobiliarios, han recibido el palacio en herencia y la propiedad se transmite en generación en generación; algunas llevan en la familia 500 años», alega la directiva de Turner.

Pese a su magnificencia, las casas señoriales no son un ejemplo de comodidad. Cuando llegaba a casa después de cada viaje, Mariana Gasset agradecía la placidez que procura una decoración sobria y austera. «Me enseñaron una habitación de una casa señorial en la que durmió Alfonso XIII cuyas cortinas se conservan tal como estaban en la visita real. Estaban hechas jirones. Con todo, al estar habitadas, están muy bien acondicionadas. Imagínate lo que cuesta mantener la calefacción en algunos caserones de piedra», argumenta Gasset.

Mercedes López de Montenegro es la heredera del palacio de los Golfines de Arriba, que se levanta en el casco histórico de Cáceres. El edificio, datado entre los siglo XIV y XVI y perteneciente a los marqueses de Espinardo, es una recia construcción de cuatro torres esquineras, de la que subsisten tres. En sus estancias se han alojado el ajedrecista Anatoli Kárpov, el príncipe Felipe de Bélgica o el ciclista Mikel Induráin. Ahora Mercedes ha abandonado temporalmente el inmueble porque sus hijos estudian en Madrid. «En este momento están los albañiles porque hay goteras. Tenemos que cambiar 1.700 metros cuadrados de tejado, que ya habíamos reparado en dos fases. También sufrimos termitas, lo que nos obligó a aplicar un tratamiento durante cinco años. Es gravoso mantenerlo, pero yo le tengo muchísimo cariño. Cuando empezamos a hacer la primera reforma tuvimos una ayuda de unos dos millones de pesetas, pero eso solo nos dio para poner los andamios», dice Mercedes López de Montenegro.

Con el cambio del modo de vida, en las primeras décadas del siglo XX dejaron de erigirse palacios. Muchos de estos edificios sufrieron la voracidad de la piqueta. La especulación urbanística y la dejadez han tenido consecuencias terribles para este tipo de arquitectura. No pocas veces las casas señoriales han sido vaciadas, de modo que solo se conserva su fachada.

No es el caso de Can Clota, un palacio que sobrevive en medio del tráfago de Esplugues de Llobregat, una populosa población de Barcelona. Su dueño, Eduardo de Delás, barón de Vilagayá, asegura en cambio que vivir en palacio es «comodísimo». «No caliento toda la casa, solo mi dormitorio y alguna habitación más», alega De Delàs, quien se desplaza todos los días a Barcelona para despachar asuntos inmobiliarios.

«En la torre tengo la biblioteca, que ocupa dos pisos y donde guardo unos 18.000 libros. Mi lugar favorito es la galería, donde da mucho el sol». El barón no ve ningún inconveniente en dormir en una vivienda de tanto fuste. Si ha de poner algún pero, cita las reparaciones, que en su caso son llevaderas porque un criado se encarga del mantenimiento del inmueble. «Nunca he tenido la tentación de desprenderme de él, al revés, siento ganas de vender otras cosas para costear el palacio».

La propiedad, fechada en 1869, cuenta con una capilla, un espacio de esparcimiento con billar y un salón fastuoso con el techo de madera pintado al temple de estilo rococó.

Residencia estival

Como Isabel II, que recurrió al edificio como residencia estival, Carmen Martos, una de sus propietarias, utiliza el Palacio de Narros, en Zarautz (Gipuzkoa), para pasar las vacaciones de verano. Por este lugar han seguido alojándose reyes como Balduino de Bélgica y su esposa Fabiola, además de celebridades como Marlene Dietrich o Jacqueline Kennedy. Perteneciente a los Azlor de Aragón, la casa solariega es compartida por una quincena de personas. «Cada cierto tiempo hay que hacer una reparación completa. Como somos muchos nos arreglamos fácilmente», aduce Martos.

En medio de un paisaje manchego desolado hay un palacio que sorprende por esta desangelada ubicación. Lo mandó construir el almirante Álvaro de Bazán en Viso del Marqués (Ciudad Real, cerca de Valdepeñas). Para silenciar a los que le criticaron por mandar construir semejante monumento en un erial, lejos del mar, Bazán esgrimió un argumento que no admitía réplica. «El marqués se hizo un palacio en El Viso porque pudo y porque quiso». El palacio alberga desde mediados del pasado siglo el Archivo General de la Armada Española, que paga un alquiler simbólico de una peseta al año.

Con sus salones, gabinetes, tocadores, oratorios, antecámaras, jardines y parterres, no pocos palacios que han sido despojados de su uso residencial se han reconvertido en museos que reflejan modos de vida de otras épocas. La primera de estas casas-museo fue la dedicada a la figura de El Greco, emplazada en la judería de Toledo. Le siguieron después las consagradas a Miguel de Cervantes, en Alcalá de Henares (Madrid), Rosalía de Castro (Padrón), Sorolla y Lope de Vega en Madrid, entre otras muchas.

De acuerdo con González Varas, la estructura de la casa nobiliaria se remonta a la casa romana, cuando el espacio «se articulaba en torno a un patio». Una época de especial interés en la construcción de palacios fue la Baja Edad Media, en los siglos XIV y XV, momento en que su función residencial era compartida con la militar de las torres y castillos. Por eso muchas veces los palacios venían a ser dependencias que se adosaban a las torres para mejorar su habitabilidad «y dotar al linaje de un espacio de mayor rango representativo para celebrar algunos eventos con mayor solemnidad, como recibir a huéspedes destacados o redactar acuerdos solemnes».

Algunos palacios, como el de los Golfines de Cáceres o Can Clota en Barcelona, son ejemplos de casas señoriales que surgen a partr de una torre.

Situado en la parte antigua de Cáceres.Data de los siglos XIV-XVI y es propiedad de los marqueses de Espinardo.

En Esplugues de Llobregat. Pertenece al barón de Vilagayá.y

Emplazado en A Estrada (Pontevedra). Data del siglo XVIII y pertenece a la Casa Ducal de Medinaceli.

En Murcia, sobre la muralla musulmana. Siglo XVIII. Pertenece a la familia García Perea.

En Madrid, en la calle Princesa. Data de 1762-1780. Pertenece a la Casa de Alba.

En Valencia. Siglo XV. Pertenece a Ramón Serra de Alzaga. De estilo barroco clasicista.

En Oviedo, en la plaza de Daoíz y Velarde. Siglo XVIII. Es del marqués de Valdeterrazo.

En Zarautz (Gipuzkoa). Data de 1536-1541. Es de los Azlor Aragón.

En Sevilla. Siglos XV-XVI. Pertenece a la Fundación Casa Ducal de Medinaceli.ee Mi