La última singladura

La última singladura

Desde hace años, 180 barcos decoran el paisaje de la bahía de Montevideo ofreciendo una imagen inquietante. Algunos, los más oxidados, permanecen a medio hundir sobre el agua oscura; otros, los más 'nuevos', se mantienen a flote heridos de muerte esperando el final de sus días ante la mirada rendida de quienes lloran su pérdida. Miles de uruguayos a los que, antes de salirles los dientes, les explicaron que primero fue el puerto y luego, cientos de años después, se construyó la República. El cementerio de barcos, una imponente maraña de herrumbre, mástiles, cascos, arpeos y cadenas, se fue haciendo poco a poco, por obra y gracia de las empresas que dejaron de operar y olvidaron que hubo un tiempo en el que ese espejo de agua que sirvió durante siglos como refugio fue uno de los ejes sobre los que giraba el mundo. Hoy, cuando aquello vuelve a parecer el escenario de alguna de las cruentas batallas libradas en el Río de la Plata, y mientras el Gobierno uruguayo estudia la manera de retirar los cadáveres, a los que ni siquiera los chatarreros quieren acercarse, la trágica imagen queda prendida en la retina de los cruceristas que llegan al país de Benedetti.