El sueño de Marx

El sueño     de Marx

Coches, ropa, música... El alquiler y el intercambio ganan posiciones. Internet permite disfrutar de lo que no se poseeLa propiedad privada ha dejado de estar de moda. Ahora se lleva no comprar

JAVIER GUILLENEA

un nuevo modelo de consumo que ha comenzado a tambalear los hasta ahora sólidos pilares de la propiedad privada. Puestos a citar a Marx, él también escribió que «la propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos y unilaterales que un objeto solo es nuestro cuando lo tenemos». Estas palabras, o algunas de ellas, ya no son del todo exactas. Para un número creciente de personas ya no se trata tan solo de tener, sino también de compartir. Y muchos ya no compran, prefieren alquilar.

La transformación es tan profunda que en sectores como el del automóvil las grandes empresas ya han empezado a tomar cartas en el asunto para no perder baza en un nuevo nicho de mercado: el de quienes no tienen un coche en propiedad. En las grandes ciudades proliferan plataformas como Blablacar, de trayectos compartidos, y Uber, un servicio de transporte privado que funciona a través de una aplicación móvil. Otras empresas ofrecen la posibilidad de alquilar vehículos a bajo precio, cerca de casa y durante periodos de tiempo flexibles. Gracias a estos nuevos modelos de negocio será tan fácil y tan barato desplazarse por una ciudad que tener un coche propio será más una molestia que una ventaja.

Eso es al menos lo que piensa Agustín de Saralegui, director de marketing de Respiro, una compañía que posee en Madrid coches de alquiler por horas, días o semanas repartidos en un centenar de aparcamientos. Los vehículos se pueden reservar por teléfono móvil desde dos euros a la hora y la gasolina corre a cargo de la empresa. «Es una alternativa real a tener coche propio», afirma Agustín de Saralegui.

Sus cálculos son rápidos y convincentes. «Pongamos como ejemplo un coche de 13.000 euros con una vida útil de ocho años. Si al precio le sumas la gasolina, las averías, revisiones, seguros y gastos de aparcamiento, el coste anual asciende a 5.000 euros, y si tenemos en cuenta que utilizamos nuestro vehículo una media de una hora al día, gastar esa cantidad por un bien que no utilizamos no tiene sentido. Sale mucho más barato alquilarlo cuando se necesite».

Nuevos adeptos

Argumentos como estos parecen haber convencido a empresas como Seat, que recientemente ha adquirido Respiro, o BMW, que ha puesto en marcha su propio negocio de alquiler de vehículos. A esta corriente se ha sumado Toyota, que el jueves presentó un nuevo servicio en Japón para alquilar diferentes modelos de coches por una tarifa plana mensual. «Los fabricantes -dice Agustín de Saralegui- se ven venir que cada vez va a haber menos turismos, por eso entran en servicios de movilidad».

Es posible que en un futuro no demasiado lejano tener un coche sea visto como un engorro obsoleto, como el símbolo de un concepto, el de propiedad, que ha comenzado a cambiar. En el caso de los vehículos, «las empresas que los alquilan se encargan de su mantenimiento, con lo que asumen la carga negativa de la posesión de un vehículo», afirma Albert Cañigueral, especialista en innovación estratégica y conector de OuiShare para España y América Latina, además de autor del libro 'Vivir con menos'. «Gracias a la tecnología -añade- el consumo y nuestras necesidades no tienen por qué estar ligados a la propiedad, por eso las empresas están pasando de vender productos a vender servicios». Este es el gran cambio. Ahora las cosas se disfrutan precisamente porque no se poseen.

«Las nuevas tecnologías han conectado distintos tipos de personas y modelos de negocios», afirma el profesor de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Valladolid Luis Rodrigo. En su opinión, internet está creando «pequeñas comunidades en las que sus miembros intercambian necesidades y cosas», lo que está dando lugar a una «nueva forma de propiedad que no es sino un contrato de adhesión».

Rodrigo, que ha estudiado la evolución del consumo en España, no va tan lejos como para dar por desaparecida a la propiedad privada ni mucho menos al capitalismo, que «tiene una capacidad de adaptación brutal» y cuya «lógica no ha variado». A su juicio, se trata de una transformación, «una modificación de los consumos y de las propias mercancías que tiene que ver con la idea de conexión».

Es la senda que sigue la economía del acceso, una especie de utopía en la que es -o sería- posible vivir sin tener casi nada en propiedad, en la que se convierte en servicio lo que antes era producción y prima la experiencia sobre la posesión. Como dice Leire Bereziartua, profesora de Diseño Sostenible de la Universidad de Deusto, «ya no hay fidelidad a la marca, lo que buscan los consumidores son experiencias más que tener algo en propiedad».

«Se trata de una cuestión de conciencia», explica. Ella es el vivo ejemplo de un nuevo tipo de personas que anteponen la sostenibilidad a la pertenencia. Cuando necesita un teléfono móvil compra los que desechan sus amigos e intenta compartir coche siempre que puede. «La propiedad cada vez es más cambiante», asegura. Es un cambio que ya está en marcha aunque, en su opinión, «aún va muy lento». Pero sus efectos ya comienzan a percibirse. En internet abundan los grupos de trueque, hay empresas de 'leasing' de móviles e incluso de alquiler de ropa infantil para no tener que comprar al niño un jersey que se le quedará pequeño en pocos meses. «La sociedad está cambiando, se da cuenta de que lo de comprar y comprar proporciona una felicidad de poco alcance», afirma Leire Bereziartua.

La revolución del consumo ha sido radical en la música, donde la propiedad privada ha sido erradicada entre los consumidores. Ya no se compra un producto físico sino que se alquilan canciones, se paga por escuchar algo que nunca se tendrá almacenado en un soporte. En el primer semestre de este año el consumo digital de música supuso en España el 73,5% de los ingresos del sector. En el mismo período de tiempo, la versión de pago de plataformas como Spotyfy, Apple Music, Deezer o Napster generó 52,8 millones de euros, un 52,9% más que el año anterior.

No es mucho dinero pero su crecimiento parece imparable. «El consumo de masas se ha pasado al 'streaming', es la revolución más grande desde el CD», afirma Antonio Guisasola, presidente de Promusicae, la asociación que agrupa a los productores de música. El negocio está ahí, solo hace falta convencer a los oyentes para que escuchen las canciones a través de las versiones de pago. «Hay toda una generación que se ha acostumbrado a escuchar canciones gratis y ahora se trata de reenganchar a esta gente para que asuma que tiene que suscribirse».

Cambio cultural

La revolución ha cambiado no solo el concepto de propiedad sino también la manera de oír música. «Antes, escuchar un disco cincuenta veces no te parecía raro, pero ahora es un consumo de picoteo, se oye más música pero con menos profundidad; no le das más de treinta segundos a una canción: si no te gusta, la cambias», explica Antonio Guisasola. Tantas prisas han modificado también la manera de componer de intérpretes que «buscan una fórmula que enganche rápido», en los primeros segundos de la canción, para evitar que el oyente se pase a otra. Ya no se llevan las largas introducciones a lo Pink Floyd, la música se saborea en un par de compases y si no gustan se tira sin problemas porque no pertenece a nadie. «Hay un mayor desapego, se ha producido una pérdida del concepto de propiedad», dice el presidente de Promusicae.

Existe un sector en el que aún se mantienen las esencias. «Aquí el que no compra un piso es porque no puede», afirma Óscar Martínez, presidente de la Asociación Profesional de Expertos Inmobiliarios. Al contrario de lo que ocurre en otros lugares, donde «el porcentaje de viviendas de alquiler es muy alto», España todavía es un país de propietarios.

Con la crisis económica, quienes no podían afrontar una hipoteca entraron de lleno en el alquiler, pero el mercado se ha saturado y ahora hay mucha más demanda que oferta, lo que ha provocado un incremento de las mensualidades y la recuperación de la compraventa de pisos. «Merece la pena invertir porque los intereses están ridículos y a veces sale más barato pagar la hipoteca que la renta al casero». La cultura de las viviendas de alquiler está creciendo, pero aún le falta mucho para hacerse mayor. Es aquí donde el sueño de Marx, el del fin irremediable de la propiedad privada, topa con un obstáculo que resume Óscar Martínez con una frase. «En España todos queremos tener un techo seguro».

Algunos conceptos están tan arraigados entre nosotros que parecen inmutables, sólidas leyes naturales que ninguna revolución ha logrado quebrantar. La propiedad, esa de la que se dijo no hace tanto que era un robo, es uno de ellos. Sufrió un gran golpe cuando Karl Marx y Friedrich Engels escribieron en su manifiesto comunista que los proletarios tienen que destruir la propiedad privada. Muchos países se pusieron a partir de entonces manos a la obra y la abolieron oficialmente, pero lo único que lograron fue cambiarla de manos. No fue nada irreparable. Ella, la propiedad, nunca ha dejado de estar ahí, reclamando lo suyo.

Sin embargo, algo ha empezado a cambiar en los últimos años. La crisis económica y, sobre todo, la irrupción de las nuevas tecnologías, han traído consigo

euros a la hora cuesta alquilar un Fiat 500 de unos 17.000 euros.

euros al mes vale un ordenador de segunda mano. Si es más avanzado, el precio es de 29.

euros al mes cuesta la suscripción a Spotify. Un CD nuevo vale unos 16 euros.

céntimos por minuto en los patinetes de Madrid.

euros puede valer una autocaravana para cuatro personas.

euros al día cuesta un yate para once personas.

céntimos por un minuto de moto.

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