Notas discordantes

Notas discordantes

La flautista de la Sinfónica de Boston exige igual salario que el oboísta. También hay un 'techo de cristal' en las orquestas; lo llaman 'muro de sonido'

ANTONIO CORBILLÓN

El 'techo de cristal' de las mujeres se convierte en un 'muro de sonido' cuando el ambiente laboral es una orquesta. Pero las instrumentistas empiezan a luchar por derribar ese muro invisible de notas y partituras. Hace 14 años, Elizabeth Rowe se ganó su plaza de flautista principal de la Orquesta Sinfónica de Boston (BSO, en inglés) después de una audición que la enfrentó a otros 250 competidores. La BSO fue la primera formación del mundo que impulsó (1952) las audiciones a ciegas. Los aspirantes tocan detrás de una pantalla para que el jurado no sepa si son hombres o mujeres, blanco, negros o de otra raza.

Esas pantallas marcaron la diferencia. Hoy es una rutina que se aplica en todas las pruebas del planeta musical. A ellas se les recomienda no entrar con tacones a la sala para que ni se intuyan al otro lado pasos de mujer. Todo esto ha permitido elevar los porcentajes de feminización musical, aunque todavía lejos de la igualdad.

La flauta como 'bandera'.

Paradójicamente, esta misma orquesta bostoniana, una de las cinco grandes de Estados Unidos, se enfrenta a la primera reclamación por discriminación salarial. La flautista Rowe lleva una década exigiendo que le paguen lo mismo que al oboe principal, John Ferrillo, que cobra 70.000 dólares (cerca de 60.000 euros) más al año. Su abogado reclama unos 200.000 euros en atrasos acumulados. Tiene ofertas para trabajar donde quiera y podría irse de Boston. Pero está casada con el violinista Glen Cherry, miembro de su formación. «Me encanta la Boston Symphony. Es mi hogar artístico y donde quiero estar», repite a quien le pregunta por qué sigue con su lucha.

A sus 44 años, Elizabeth se ha cansado de apelar a los códigos privados que estipulan que todos los 'trapos' de las orquestas, sobre todo los económicos, se 'lavan' en los camerinos y en el despacho del gerente. Ante la falta de respuesta, no esperó ni un día tras la entrada en vigor en el Estado de Massachusetts (del que Boston es la capital) de la Ley de Igualdad de Salarios. Entró en vigor el pasado 1 de julio, domingo. El día 2, lunes, su demanda estaba en curso.

La Sinfónica de Boston rechazó que el género del artista «afecte a la compensación» y alegó que los instrumentos no son comparables porque «el oboe es más difícil de tocar y hay un grupo más grande de flautistas». Sin embargo, los datos le desmienten. En la Sinfónica de San Luis (Misuri), su flautista principal (varón) cobra otros 70.000 dólares más que la oboísta. En la de Filadelfia (Pensilvania) ocurre otro tanto. Brook Ferguson, flautista principal en la de Colorado, presentó una reclamación por discriminación pero por vía privada. El coste emocional y el fracaso aparejado la llevaron al diván del psiquiatra y a pedir un año sabático.

Entre las 25 principales orquestas de Estados Unidos, 11 tienen a una mujer como solista. Ninguna aparece entre los 78 músicos mejor pagados del país. En esta lista solo hay cinco flautistas, y todos son hombres.

Solista destacada

Elizabeth Rowe es muy amiga de su rival económico, Ferrillo (63 años), que escribió una declaración de apoyo personal a su colega, aunque declinó declarar ante los tribunales con el argumento de que él no es «quien debe decir al gerente de mi orquesta cuánto debe pagar a nadie». En favor de su causa, la prominencia y brillo de esta mujer ha aumentado con los años. En sus catorce en la BSO ha sido solista destacada en 28 conciertos, siete veces más que el oboísta (apenas 4 solos).

Rowe ha decidido ahora levantar su flauta como una bandera al servicio de la igualdad de su género. «Observas la cantidad de mujeres que se gradúan en los conservatorios y luego ves las que ocupan puestos de liderazgo y aún no hay paridad», argumentó en 'The Washington Post'. Este diario hizo una encuesta en las orquestas de todo Estados Unidos y concluyó que las mujeres no han alcanzado el 40% de presencia entre sus miembros y sus salarios medios son unos 40.000 euros inferiores al año a los de los hombres.

El conflicto es seguido con gran interés y no solo en los centenares de orquestas de Norteamérica. A Rowe le llegan mensajes de apoyo de docenas de profesionales asustadas e incapaces de sacar a la luz injusticias similares. Pero esta primera denuncia contra una orquesta podría beneficiar a mujeres de todos los sectores laborales de EE UU, un país acostumbrado a usar el derecho comparado para avanzar en su justicia.