MIEDOSA

ARANTZA FURUNDARENA

Pertenezco al batallón de las miedosas. Soy esa que en una cena de amigas mira el reloj de reojo para que no se le haga muy tarde y tenga que volver a casa sola, atravesando avenidas desiertas. La opción del taxi a veces es impensable porque vives demasiado cerca para ir en coche, aunque lo suficientemente lejos como para que te asalte algún desaprensivo... De hecho, con una calle vacía basta. He vivido en distintas ciudades y países. Y he viajado sola por el mundo. De veinteañera, en Italia hice autostop cerca de Roma con una amiga y nos paró un señor canoso de aspecto muy respetable. Éramos dos contra uno y aquel tipo parecía un profe de universidad, así que nos montamos. Ya estábamos llegando a nuestro destino cuando nos ofreció dinero por acostarnos con él. Lo hizo, curiosamente, de una forma educada. Lo cual no evitó que mi amiga Pili, que iba delante, le arreara un bolsazo y le exigiera que parara el coche de inmediato. Hubo suerte. Lo detuvo. Nos bajamos. Y la hora siguiente la pasamos riéndonos a carcajadas y repitiendo su cantinela: «Io pagare, pagare...».

Hoy lo pienso y me dan escalofríos. Porque, varias décadas después, soy infinitamente más cautelosa. Ahora, cuando se trata de hacer una caminata, de salir a hacer ejercicio por mi ciudad, procuro que sea a plena luz del día y por un lugar bien transitado de gente. Con los años he ido desarrollando esa aprensión, la he incorporado a mi vida como si fuera lo más natural. Como si solo el hecho de ser mujer implicara una dosis extra de precauciones. Por eso mi primera reacción al conocer la horrible e insoportable muerte de Laura Luelmo fue: ¿pero cómo sospechando del vecino se le ocurrió ir a correr sola por un descampado? Luego me escucho a mí misma y me doy cuenta de que yo también era así de libre y confiada a su edad y que el simple planteamiento de esa pregunta significa aceptar que las mujeres tenemos que plegarnos a vivir bajo la dictadura del miedo.

No. No lo acepto. A mí también me rebela. Yo también grito que de camino a casa quiero ser libre, no valiente. Pero mientras no consigamos que el mundo cambie (y esto va para largo), de camino a casa yo, ni valiente ni libre, de momento me conformo con llegar viva.

 

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