Un año de #MeToo

Harvey Weinstein comparece como acusado en un tribunal. /  AFP
Harvey Weinstein comparece como acusado en un tribunal. / AFP

La visibilidad de las denuncias por abuso sexual de las actrices de Hollywoodha dado un enorme impulso al feminismo en España

DOMÉNICO CHIAPPE

Hace un año exacto que se publicó el primer reportaje con las denuncias por abuso sexual contra Harvey Weinstein, todopoderoso productor de la industria de Hollywood, lo que sería el inicio del movimiento #MeToo. El 5 de octubre de 2017 'The New York Times' denunció los casos sufridos por actrices y empleadas de Miramax, como Ashley Judd o Rose McGowan, bajo el título de 'Harvey Weinstein ha pagado a quien le acusaba de acoso sexual durante décadas'. La denuncia de los reporteros Jodi Kantor y Megan Twohey fue ratificada por la investigación del hijo de Mia Farrow en 'The New Yorker'. El artículo 'De las proposiciones agresivas al asalto sexual: las acusadoras de Harvey Weinstein cuentan sus historias', de Ronan Farrow, reunió el testimonio de Asia Argento y los de otras 15 mujeres, sobre los «más de 20 años» de acoso del productor de varias películas del exmarido de su madre, Woody Allen. Famosas como Mira Sorvino o Rosanna Arquette aseguraban que sus carreras fueron entorpecidas al rechazar sus propuestas sexuales. Un año después, esta campaña, que se extendería a nivel planetario, «ha servido para perder el miedo a determinados temas, como abusos o agresiones sexuales», afirma Octavio Salazar, profesor de Derecho Constitucional en la Universidad de Córdoba y autor de 'El hombre que deberíamos ser'. «Asistimos a un cambio social, que convierte estas reivindicaciones en prioritarias».

En aquellos primeros días, otras figuras públicas norteamericanas como Donald Trump o Bill Cosby eran cuestionadas por su conducta sexual, pero el 'hashtag' #MeToo ('yo también') no era utilizado para denunciar violaciones y sí para etiquetar diversos temas, desde llamamientos a la solidaridad hasta la enfermedad mental.

La primera vez que se relacionó con el apellido del productor fue el 11 de octubre, un día después de publicarse el reportaje de Farrow. «Debe de haber mucha gente revolviéndose con el lío de Weinstein y recordando cosas que les gustaría olvidar», escribió ImaginaryCircus. Tres días después, el 14, Michelle Peacock propuso: «Si las mujeres que han sido acosadas o agredidas sexualmente escribieran (sus historias) usando #metoo podríamos dar una idea de la magnitud del problema». Aparentemente no tuvo gran repercusión. Cinco 'me gusta', otros tantos retuits. Pero entonces empezó a levantarse la ola. «Nace y se desarrolla en las redes sociales, un espacio donde se crea una conciencia crítica y que tiene un rol esencial para un debate que antes era específico de mujeres feministas y ahora está en la opinión pública», dice Salazar. «Estamos en un punto sin retorno, con la incorporación de mujeres jóvenes, que están en redes y siguen a personalidades influyentes».

La idea de Peacock la recogió la reconocida actriz Alyssa Milano al día siguiente: «Si has sido asaltada sexualmente, escribe 'me too' como respuesta a este tuit». La propuesta saltó así a los medios convencionales y se apoderó de la red social. En 24 horas el 'hashtag' se utilizó un millón de veces. «Un momento puede crear un movimiento. Este es tu momento», insistía Alyssa Milano.

«El movimiento nace encabezado por actores privilegiados, con repercusión social en la agenda política y capacidad de movilización», sostiene Cecilia Güemes, miembro de la Red de Politólogas y de #NoSinMujeres y profesora de la Universidad Carlos III de Madrid. «Se empieza a hablar con total naturalidad de estos temas con los padres y las amigas y se desmantela el tabú, algo impensable cinco años atrás».

Un clamor nacional

Antes que el #MeToo, el gran antecedente del feminismo español había sido el movimiento sufragista de hace 87 años. «El #MeToo cristaliza otros movimientos previos y supone un cambio cualitativo, sobre todo por su proyección mediática», asegura Arantxa Elizondo, profesora de Ciencia Política en la Universidad del País Vasco y fundadora del máster de Igualdad de Mujeres y Hombres. «El detonante fue ser víctima de violencia machista en diferentes vertientes, pero también abordó la brecha salarial entre hombres y mujeres. Se hizo una reflexión general. Pero por sí solo no explica lo sucedido en los últimos meses, una normalización de las reivindicaciones de la mujer, alejada del feminismo radical y otros estereotipos».

Desde que nació el clamor del #MeToo, adoptado por la comunidad internacional en todos los idiomas, sucedieron dos hitos en España. El primero, la movilización del 8 de marzo, «que pone de relieve lo que las mujeres aportan de manera invisible, con participantes que no respondían a un perfil definido, hombres y mujeres de todas las edades», sostiene Elizondo.

El segundo, quizás el más relevante por sus repercusiones en el sistema judicial y las movilizaciones continuas, fue el juicio a cinco hombres que se hacían llamar La Manada por agresión sexual a una joven de 18 años en los Sanfermines. Las protestas por la sentencia, que dictaminó «abuso sexual» con el voto particular de un juez demasiado explícito en sus exabruptos contra la víctima, representó el punto de inflexión español, con un clamor parecido al del #MeToo norteamericano. «Si miramos hacia atrás, hay otras sentencias que podrían escandalizarnos por la impunidad de los agresores y la puesta en cuestión del testimonio de las mujeres, pero aquí hubo una diferencia en cuanto a la movilización», dice Elizondo. «Ha sido un revulsivo para reflexionar sobre la situación de la justicia, las víctimas de agresiones sexuales, la mujer y lo que entendemos por una sociedad igualitaria. Los agresores no buscan sexo, sino dominación y hacer alarde de su masculinidad».

Hace un año, cuando prendió el 'hashtag' #MeToo, comenzaron los mensajes como «no estás sola», «parad las agresiones contra la mujer», «no temáis contar vuestra historia», «...él era mi marido», «tenemos una voz»... que se han repetido en una marejada de mensajes desde entonces. Se sumaron famosas como Lady Gaga y organizaciones como NWBlackWomen, y saltó a otras redes sociales. «No queremos sólo reconfigurar las relaciones sino los mapas mentales», analiza Güemes. «No sólo que dejen de violarlas y pegarles sino que las miren de otra manera». La revolución se consolida y la fuerza de la movilización apunta en varias direcciones.

 

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