«Me llamaron pesado»

El autor.  Alberto Collados, de profesión arquitecto, con los dos últimos libros que ha publicado.  :: r. c./
El autor. Alberto Collados, de profesión arquitecto, con los dos últimos libros que ha publicado. :: r. c.

Alberto Collados es una leyenda en su país, Chile, donde renovó el dífícil género periodístico de las cartas al director. Escribió miles

Envió su primera carta al director en 1977 y desde entonces no paró. Le cogió el gusto a la idea de tener ocupadas a las redacciones con sus misivas, que cada vez fueron más breves porque «al señor director no le gustan las cartas largas». Durante cuatro décadas, el arquitecto chileno Alberto Collados mandó miles de mensajes a periódicos de su país y a alguno español hasta que, por motivos desconocidos, dejaron de publicárselos. Ahora se ha tomado la revancha y ha recopilado en un libro todas sus cartas, entre las que no faltan las respuestas de quienes le pedían que no escribiera más. Él ya ha dejado de hacerlo, pero sus imitadores, que son legión, continúan en activo.

- ¿Si no le gusta esta entrevista mandará una carta al director para quejarse?

- Yo ya no mando cartas al director.

- Un día el señor director dejó de publicar sus cartas. ¿Por qué?

- No lo sé, tendría sus razones. Él estaba trabajando y yo jugando. Por entonces ya habían surgido imitadores que mandaban cartas.

- ¿Tenía imitadores?

- Sí, y a esos sí les siguen poniendo las cartas, pero yo interrumpí el juego.

- ¿Cómo empezó todo?

- A fines de la década de los setenta me surgió la idea de salvar de la demolición el campamento minero de Sewell y mandé unas primeras cartas a algunas autoridades. Al principio fue una campaña muy solitaria, nadie tenía interés y estábamos con un Gobierno militar, pero a la larga el campamento fue declarado Patrimonio de la Humanidad y se salvó una parte importante. Así empezó todo. Después, de una forma bastante inconsciente, seguí mandando cartas de otros temas. Se convirtió en un juego, casi en un vicio.

- ¿Era fácil enviar cartas con Pinochet?

- No. Los medios eran muy cautos y seleccionaban las cartas para no tener problemas con el Gobierno. Había un control de prensa bastante claro, pero ahí me di cuenta de que una de las condiciones de este nuevo género literario es que a uno le publiquen la carta, y por lo tanto había que mandar una que fuera publicable. Muchas no me las pusieron, pero había que adaptarse a esa condición.

- Usted fue reduciendo el número de palabras en las cartas.

- El tema inicial, el del campamento, requería brevedad porque había que explicar de forma precisa lo que yo quería, que era salvar una ciudad que estaban demoliendo. A partir de ahí empezaron a ser cada vez más breves, lo que era un factor conveniente para que las publicaran.

- ¿Por qué?

- El señor director prefiere una carta breve a una larga. Enseguida empezaron a hacerse populares las cartas cortas como una cosa novedosa, porque en ese tiempo nadie hacía esto.

- Usted fue el inventor de Twitter pero antes de que llegara el ordenador.

- Aquello fue el precursor del tuit y de algunos rayados callejeros. Se trataba de ir a la brevedad y no poner ningún adorno a lo que se dice.

De viaje, postales

- ¿Se ha sentido alguna vez tentado de mandar una carta en blanco?

- Nunca se me ocurrió, pero podría ser.

- ¿Le llamaron muchas veces pesado?

- Con frecuencia. En el libro se publican no solo mis cartas, sino también algunas respuestas indignadas que me dicen que ya no mande más.

- ¿Ha conocido personalmente a muchos directores de periódicos?

- Nunca conocí a ningún director de periódico, ni siquiera hablé por teléfono con ellos. La gran ventaja de mandar estas cartas es que uno tiene una relación absolutamente limpia. Si el director quiere, la pone; y si no, no la pone. Y si yo quiero, la mando; y si no quiero, no la mando. Nadie me va a exigir que la envíe.

- ¿Cuántas cartas le publicaron?

- 3.500.

- ¿Cuántas envió?

- Unas 5.000.

- En una de ellas dijo: 'La imitación es un respiro de la envidia'. ¿Esta carta se la dirigió a sus imitadores?

- Exactamente, aunque yo no lo he dicho, ha sido usted. Sí que hubo muchos imitadores, pero imitaron la brevedad, no otra cosa.

- Usted también mandaba postales al señor director.

- Cuando andaba de viaje enviaba postales, y ellos ponían la foto para darle un poco de movimiento a la sección.

- ¿No le han pedido que vuelva a escribir cartas?

- Sí me lo han dicho, pero yo les doy el libro. Con eso tienen 3.500 cartas, que ya es suficiente.

- ¿Su última carta al director será su epitafio?

- Supongo que esa sí me la publicarán, aunque yo no lo sabré.

- ¿Qué dirá esa carta?

- 'No sabes cuánto te envidio, maldito lector de mi epitafio'.

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