Llamada al orden nupcial

Llamada al orden nupcial

El afán por celebrar la boda más extravagante se ha desbocado en China. Las autoridades piden, con escaso éxito, «un formato más frugal»

IRMA CUESTA

China avanza con paso firme envuelta en una profunda paradoja. En un país en el que el dinero entra a espuertas y cada semana dos nuevos multimillonarios engordan la ya más que nutrida lista de potentados, sus gobernantes están empeñados en que la población huya de la extravagancia, el consumo desmedido y el despilfarro y vuelva a caminar, pausada y ordenadamente, por la senda de la austeridad.

El Partido Comunista de China, que no ha soltado las riendas del gigante asiático desde que creó la República Popular, hace casi setenta años, anda preocupado. Mientras su presidente, Xi Jinping, recorre el mundo en busca de nuevos socios con los que cerrar más negocios e inflar aún más su impresionante cuenta de resultados, sus ministros han llamado al orden a sus compatriotas pidiendo mesura en asuntos como las bodas.

Y es que, a tenor de las imágenes volcadas en las redes sociales chinas, parece que el 'Sí, quiero' solo tiene valor si se pronuncia haciendo equilibrios en la azotea del edificio más alto, en el fondo de una piscina o cayendo al vacío con un paracaídas a la espalda. Por no decir del peligro añadido de que los novios tiren la casa por la ventana con un empacho de orquídeas, carrozas nupciales y organdí. A los integrantes del buró político les preocupa que muchos de sus compatriotas copien lo más empalagoso y superficial del Occidente en el que se miran a la hora de organizar el día más señalado. La moda de los casamientos extravagantes, a la última y costosos, advierten, va en contra de los valores tradicionales de una nación en la que el matrimonio sigue siendo algo tan serio como importante. Por eso, el Ministerio de Asuntos Civiles ha propuesto dejar a un lado las fantasías y estandarizar las ceremonias «con un formato más simple, frugal y tradicional, que refleje mejor las costumbres del país e implemente el pensamiento de Xi Jinping». Que, según parece, debería ser también el del resto.

Un gran negocio en peligro

La prueba de que el asunto es serio está en que la agencia de noticias estatal ha apuntado hacia dónde deberían ir las cosas, por más que buena parte de sus casi 1.400 millones de habitantes no parezcan muy dispuestos a seguir las directrices. «Los casamientos deben integrar los valores socialistas y la cultura tradicional china para combatir las tendencias sociales negativas y los valores erróneos. Y, para lograrlo, nada mejor que acabar con prácticas vulgares como costosos regalos de bodas o demandas altísimas del precio de la novia». Porque en China aún se mantiene vigente la costumbre de comprar una novia al hijo para evitar que se quede soltero.

Mientras el Ministerio de Asuntos Civiles echa el resto tratando de poner freno a los castillos de fuegos artificiales que ahora suelen anunciar los enlaces, los banquetes inacabables y los trajes de novia de estilismo occidental, las empresas dedicadas a organizar enlaces, que florecen como champiñones, cruzan los dedos confiando en que el llamamiento del Gobierno se quede en agua de borrajas. Teniendo en cuenta que los chinos aún no han perdido el gusto por casarse, y que una boda media suele salir por unos 20.000 euros, es fácil imaginar la prosperidad de un sector que mueve cada año algo más de 50.000 millones de euros en el país.

Tampoco va a ayudar mucho a concienciar en la austeridad que algunas de sus figuras más mediáticas hayan dejado claro que no están dispuestas a seguir los consejos de sus dirigentes políticos. Si alguien creía que los cuatro millones de euros que se calcula que ha gastado Marta Ortega en su boda con Roberto Torretta eran muchos, deberían saber que Angelababy -algo así como la Kim Kardashian de China- pagó 27 millones por los actos de celebración de su matrimonio con Huang Xiaoming. Y, por más que les pese a los sucesores de Mao, la pareja representa todo eso a lo que aspiran buena parte de los novios chinos. Huang y Angelababy, que atesora 67 millones de seguidores en Weibo (el equivalente al Twitter en China), se casaron en Qingdao y dejaron para más adelante el convite. Mientras llegaba el día, se fueron a París para encargar a Dior el vestido de novia, fotografiarse junto a la torre Eiffel y comprar el anillo de compromiso: un solitario con un diamante de seis quilates valorado en 900.000 euros. Todo apunta a que el Gobierno de Xi Jinping lo va a tener complicado.