TAL DÍA COMO HOYLlueve petróleo en Pensilvania

El ferroviario Edwin Drake logró extraer el oro negro de las entrañas de la tierra hace 159 años. Le costó 15 meses y 21 metros. Nunca patentó la técnica, que se usa aún hoy, y murió arruinado

ICÍAR OCHOA DE OLANO

La iluminación de las viviendas recaía en las ballenas allá por mediados del siglo XIX. Obtener el aceite de los colosos marinos era peligroso y caro: 2,50 dólares el galón (3,7 litros) cuando el salario de un día bueno no llegaba al dólar. Para más inri, el queroseno, como lo bautizaron, apestaba. El petróleo era un viejo conocido -los romanos lo empleaban para curar heridas- y, aunque en la época ya se conocía que ardía con facilidad, se desconocía cómo recolectarlo en grandes cantidades. Un jurista de Nueva York, un banquero y un profesor de Yale decidieron unir fuerzas y fondos para explorar métodos de extracción de aquel «aceite de roca» que emanaba en Titusville, Pensilvania. Ficharon para la misión a Edwin Drake, un tipo barbudo de 38 años con amplio currículo ferroviario como empleado de estación, agente de carga y conductor, y nula experiencia en ingeniería de perforación. Sin embargo, regresó de la zona cero con el pulgar en alto. Los accionistas se apresuraron a fundar la compañía Seneca Oil Company y a financiar su siguiente cometido: sacar a chorros el pegajoso líquido negro de las entrañas de la tierra.

Drake empezó cavando trincheras en mayo de 1858. Luego trató de taladrar el suelo del mismo modo que se hacía para extraer sal, pero a más de diez metros de profundidad lo único que brotaba era agua. Más tarde se dejó el dinero y la piel en hacerse con un barrenador. A continuación, compraría una máquina de vapor. Solo vio cómo la arena se derrumbaba alrededor del eje. Tras el enésimo intento fracasado, los habitantes del Titusville le rebautizaron con indisimulada lástima como 'el loco Drake'.

Para abril de 1859 la Seneca Oil Compañy llevaba gastados más de 2.000 dólares de la época sin obtener ningún resultado favorable, así que cortó el grifo. Drake imploró. Había encontrado un herrero que forjaba sus propias herramientas dispuesto a colaborar. Un accionista le envió de extranjis 500 dólares que le dieron para construir una torre de madera de pino, de diez metros de altura. De nuevo comenzó a perforar. Esta vez, dentro de una tubería de hierro que hundió para evitar el colapso de las filtraciones, una técnica que la industria petroquímica moderna sigue utilizando. Cuando llegó a la roca madre y vio que aún no sangraba, Drake tuvo que pedir prestado a sus amigos para seguir horadando. Su perseverancia y su disciplina marcial, que le valieron el apodo de 'Coronel', tuvieron premio el 27 de agosto de 1859, cuando llegaron a una profundidad de 21 metros y la tierra escupió una lluvia espesa y negra.

El hallazgo, que cambió para siempre el funcionamiento de la economía mundial y alimentó una de las industrias más onerosas y disputadas, generó una de las mayores avalanchas humanas de la historia. En cuestión de días, cientos de asentamientos colapsaron Titusville. En un año, más de 75 pozos extraían el nuevo combustible con una técnica que su autor jamás patentó. Pese a la fortuna que amasó, Drake fue víctima de los especuladores del nuevo mercado. Murió arruinado, sin más recursos que una modesta pensión que le puso el Estado de Pensilvania. Un museo y una réplica de su torre le sigue recordando allí, 159 años después de su hazaña.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos