La escuela en casa

En compañía. Una niña realiza tareas escolares mientras su padre desarrolla otras labores en la cocina de la casa. :: AP/
En compañía. Una niña realiza tareas escolares mientras su padre desarrolla otras labores en la cocina de la casa. :: AP

Cada vez son más las familias que se suman al 'homeschooling' o educación en el hogar. «No nos gustaría que nos viesen como a bichos raros», declaran

SUSANA ZAMORA

Asus siete años nunca ha ido a la escuela y, quizás, no lo haga jamás. «Yo no voy a tomar la decisión por ella», sentencia Sara García, quien estando embarazada ya decidió con su pareja que educaría a su hija en casa. En esta familia de Castellón no hay 'vuelta al cole', porque el aprendizaje es constante. Da igual que sea lunes o sábado, invierno o verano, día o noche. «No diferenciamos aprender de vivir», resume. Si para miles de niños septiembre es sinónimo de madrugones y rutinas, para la hija de Sara es un «fastidio», porque sus amigos que van al colegio ya no están disponibles para jugar. «Mi hija no tiene que levantarse a una hora concreta. Cada uno tiene su ritmo y creo que es poco respetuoso estar interviniendo en él desde pequeños. Ambas tenemos acordado hacer un taller por la mañana. Los lunes, lo desarrollamos en la cocina y hacemos experimentos o cocinamos; los martes y jueves tocan letras o números, ella elige lo que más le apetece», precisa Sara.

Cada noche saca tiempo antes de acostarse y tras una jornada de trabajo en casa como diseñadora gráfica e ilustradora para preparar las actividades del día siguiente, que pueden alterarse sobre la marcha. «Yo lo que hago es acompañar sus intereses y adaptarme a su ritmo de aprendizaje. Si prefiere números, tenemos recursos hechos con piedras, que tiene que clasificar para que no le sobre ninguna, o materiales de Montessori (modelo educativo que potencia la autonomía del niño) para jugar con los números y aprender su consecución hasta 9.999. Si elige letras, aprendemos a construir palabras a partir de unas tarjetas».

No hay ni tiempo ni lugar fijo para las actividades. «A diferencia de una escuela, nosotros podemos estar tumbadas fresquitas en el salón o en el porche de la casa pintando o modelando arcilla, como solemos hacer los miércoles. Los viernes hacemos excursiones y no concibo una salida o dar un paseo por el campo que no sea educativo, por eso le propongo llevarnos la cámara y hacer un safari fotográfico, tomar imágenes de flores y luego buscarlas en casa, o coger distintos tipos de hojas y clasificarlas», detalla Sara. Asegura que procura responder a los intereses y preferencias de la niña, pero sabe que quizá algún día ya no sea tan fácil y que haya materias que no le apasione tanto aprender. «Si, en algún momento, siento que necesito que sepa cosas que no sabe, acordaremos que habrá que dedicar un tiempo a esa materia para que me vuelva a sentir bien. Si yo me siento mal, no fluye la energía en casa; nos cuidamos mucho de que nos encontremos bien».

«Este tema no está en la agenda del Gobierno», aseguran fuentes del ministerioSara García Madre «En la educación en casa no diferenciamos aprender de vivir» Francisco J. Fernández Abogado «La mayoría de los procedimientos penales acaban archivados» Daragh Mclnerney ALE «Nos gustaría que se reconociese por ley esta opción educativa» Javier Urra Psicólogo «Intentar ser padre y ser profesor es de un atrevimiento terrible»

La educación en el hogar o 'homeschooling' no deja de crecer en España, aunque lo hace lentamente y por causas muy diferentes a las que eran habituales hace una década. No hay registros, pero la Asociación para la Libre Educación (ALE) estima que puede haber entre 2.000 y 4.000 familias.

Sara siempre tuvo claro que quería vivir el desarrollo de su hija en primera persona, que no fuera un boletín de notas el que le dijera si la pequeña tenía más habilidades en una materia u otra. No le convencía el sistema educativo convencional y tampoco «teníamos el nivel económico ni se adaptaba a lo que deseábamos un colegio privado», precisa. Pero motivaciones hay tantas como familias. Desde aquellas que eligen esta opción al considerar fundamental un acompañamiento emocional que vele por las necesidades del niño, a aquellas que deciden sacar a sus hijos de las escuelas, bien por problemas en el centro educativo o porque la familia descubre que esta opción se adapta más a los requerimientos de sus hijos y los valores familiares. «En ocasiones, se hace de forma temporal ante una situación de inadaptación, de acoso escolar o itinerancia de los padres», apunta Daragh Mclnerney, portavoz de la Asociación para la Libre Educación (ALE).

Con miedo al colegio

En su caso, decidió sacar a dos de sus tres hijas del colegio cuando tenían 6 y 8 años, «porque mi esposa y yo notamos que la mayor tenía miedo a la profesora; iba asustada al colegio». Asegura que intentaron buscar una solución «dentro del sistema», hablando con los profesores y con los inspectores de la zona, pero no la encontraron. Hasta que se reincorporaron al colegio con 11 y 13 años, los dos padres participaron de la educación en casa, aunque el mayor peso recayó en la madre, que estaba desempleada. «Tuvieron algunos profesores particulares, iban a clases de música y, sobre todo, trabajábamos sus intereses, con muchas salidas a museos y quedadas con otras familias. No había un plan de trabajo estricto, pero sí cierta organización», recalca Mclnerney.

Nunca tuvieron problemas con la Administración y tras el informe positivo de los Servicios Sociales, su caso fue archivado. Este profesor de inglés, que llegó a España hace 20 años desde su Irlanda natal, recuerda que la reincorporación de sus hijas al colegio fue «llevadera» y lo hicieron contentas. «En general, accedieron con buen nivel, aunque hubo asignaturas en las que tuvieron que esforzarse más», confiesa.

Uno de los escollos de la educación en casa es la acreditación de los estudios. Lo habitual es entrar en el sistema escolar en un momento dado, aunque otra opción es hacer el examen de la ESO a los 18 años (si te presentas por libre no puede ser a los 16) y después hacer Bachillerato en un instituto, y de ahí a la universidad.

En este sentido, Mclnerney cree que no hay que «demonizar» la escuela convencional, «pero sí nos gustaría que se reconociese legítimamente esta opción para que pudieran recurrir a ella libremente aquellos padres que la requieren de forma temporal por alguna razón o, simplemente, por convicción». Pero se topan con un muro. La educación en casa no es un tema que preocupe, por ahora, al Gobierno. «No está ahora mismo en la agenda», confirman fuentes del Ministerio de Educación y Formación Profesional, que dejan claro que esta opción «no es legal» en España y puede tener consecuencias para los padres con la apertura de expedientes por parte de la inspección educativa, que pueden acabar en la Fiscalía de Menores. «Sin embargo, la mayoría de los procedimientos penales que se abren acaban archivados o absueltos», advierte Francisco Javier Fernández Tarrío, abogado especializado en estos casos.

Y en eso confía María (nombre ficticio), que actualmente está siendo investigada por un delito de abandono de familia. Con tres años escolarizó a su hijo convencida de que era lo mejor, «lo normal», pero empezó a notar cambios de actitud «desproporcionados» y que había cogido miedo a los adultos, cuando siempre había sido un niño muy sociable. Un día llegó con una «marca» en el cuello, «al parecer porque la profesora pegaba pellizquitos a los niños», y eso fue el detonante para cambiar de colegio.

En el nuevo centro, el pequeño fue a peor. A su carácter cada vez más irascible se sumaron problemas de salud (asma, dermatitis). «La respuesta del centro fue que el niño tenía retraso mental o algún trastorno del espectro autista», relata María, quien, tras descartar este extremo con su pediatra, decidió escolarizar a su hijo en CIDEAD (Centros para la Innovación y el Desarrollo de la Educación a Distancia), donde pueden matricularse los alumnos que no pueden asistir a clase con regularidad, tras previa autorización de las comunidades autónomas. «Aprovechamos una itinerancia laboral y nos lo concedieron», afirma.

Tras varios años así, el niño mejoró, incluso fue evaluado como superdotado, pero un error administrativo lo dejó hace dos cursos fuera del CIDEAD y ahí comenzó su calvario. La respuesta de la administración educativa fue inmediata: o escolarizaba al niño o enviaba el caso a la Fiscalía de Menores. Pero el curso estaba empezado y María optó por seguir con la educación en casa. No tardó en llegar la notificación de la apertura de un expediente de absentismo escolar y la amenaza de retirarle la tutela si persistía en su actitud. «El caso pasó a la vía penal y, actualmente, la Fiscalía de Menores quiere conocer si es posible la homologación de los estudios que cursa mi hijo en una escuela americana online. Sin embargo, lo que está pidiendo mi abogado es que se archive el expediente abierto por abandono de hogar. El maltrato institucional ha sido enorme; solo el juez se preocupó de saber cómo estaba el niño».

Una decisión arriesgada

Ejemplos como el de María ponen de relieve que esta elección es tan controvertida como arriesgada, pues hay un gran vacío legal. En España no está regulada. «La Ley Orgánica de Educación dice que los niños y niñas deben estar escolarizados obligatoriamente de los 6 a los 16 años. Una sentencia del Tribunal Constitucional vino a decir en 2010 que lo que el Estado ha adoptado, que es educar obligatoriamente a los niños en centros escolares, es constitucional, pero no aclara que no lo sea lo contrario. El legislador ha optado por este modelo y es el que hay que cumplir, pero la educación en el hogar no está expresamente negada en la Constitución ni se excluye como derecho», aclara el abogado Fernández Tarrío.

Una gran parte de la comunidad educativa mira con recelo este movimiento, pese al sobreesfuerzo que deben realizar los padres para estar a la altura como padres y como profesores. La decisión, considerada «cómoda» por los detractores de esta corriente, no solo condiciona el trabajo de los padres, sino la economía familiar, las relaciones sociales y la casa en la que vive la familia. «He trabajado muchos años exclusivamente los fines de semana y, ahora, lo hago solo por las tardes para poder pasar las mañanas con ellos», afirma una madre valenciana de cuatro hijos, que trabaja con personas en riesgo de exclusión social.

Pese a los sacrificios que todos han tenido que hacer, reitera que la educación en casa «se ha convertido en nuestro estilo de vida, nos enriquece y lo disfrutamos».

Las familias coinciden en que ni es una opción cómoda ni es para todo el mundo. «Me entristece que pese al esfuerzo, la sociedad piense que estamos haciendo algo malo o nos vea como a bichos raros cuando, en realidad, hacemos encajes de bolillos. Sí, nos levantamos a la hora que queremos, pero conlleva otros sacrificios. Si llevase a mi hija a la escuela, tendría más tiempo para mí. Eso sería lo cómodo», defiende Sara.

Estas familias cargan además con otros estigmas sociales: sus hijos no socializan con otros niños de su edad, están siempre en casa o no aprenden. En este sentido, Sara asegura que no conoce a ningún niño que se eduque en casa que no quiera aprender. «Mi hija lee porque le apetece, pero no porque alguien le diga que ha llegado el momento de leer».

Precisamente, la educación en el hogar está basada en la filosofía de John Caldwell Holt (1923-1985), que básicamente interpreta que el ser humano es un animal de aprendizaje. «Nos gusta aprender, no es necesario que se nos muestre cómo hacerlo. Lo que mata el proceso es la gente que interfiere con él o trata de regularlo», defendía este pedagogo y escritor norteamericano.

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