La energía de los aplausos

Un teatro de Madrid transforma los vítores en electricidad para alimentar causas solidarias

ANTONIO PANIAGUA

Ya en el colegio enseñaban que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Partiendo de esta ley de la física, la compañía energética EDP va a traducir los vítores y aplausos que salen del patio de butacas en kilovatios. La cantidad de energía acumulada se traducirá a euros y al final lo recaudado se destinará a un proyecto solidario. Esta iniciativa se lleva a cabo en Teatro EDP Gran Vía de Madrid, que ha encontrado en la empresa eléctrica la que será su patrocinadora durante los próximos tres años. La electricidad no se almacena ni comercializa, claro, es solo un gesto simbólico.

EDP ha diseñado el primer sistema capaz de medir la energía generada por el público en cada una de las funciones que se lleven a cabo en el teatro, que hasta marzo acoge el aclamado musical 'El jovencito Frankenstein'. Cuanto más ruido y entusiasmo, mayor será la colecta energética. «Queríamos que el público supiera que detrás del teatro había más que un nombre. No se trataba de anunciar al principio de cada función cuál era el patrocinador del espacio escénico. ¿Cómo podíamos trasformar la energía del público en lo que realmente somos? Dado que existen algoritmos que permiten convertir la medida del decibelio en kilovatios/hora, quisimos que los espectadores se erigieran en protagonistas, de modo que transformaran sus emociones en el objeto de nuestra actividad», dice Carmen Fernández, directora de Marketing, Marca y Comunicación de la multinacional.

Cada compañía teatral decidirá a qué proyecto o entidad solidaria se dona el dinero que suponga en el mercado esa energía generada. A la vista de que cada público es distinto, la cantidad de energía generada en cada función también lo será. Ya se sabe que hay espectadores que expresan su admiración en distintos grados. No en balde, se produce más bullicio en un espectáculo de flamenco racial que en un ballet clásico. No obstante, de promedio se suele generar en cada espectáculo entre 100 y 300 kilovatios/hora. Un hogar consume por término medio 3.800 al año.

Todos los sonidos producidos en cada función por la audiencia son captados y enviados a una mesa central que recoge las variaciones en decibelios durante toda la representación, y el momento exacto en el que acontecen. Esta información, al finalizar la obra, se traduce en en kilovatios hora. Para que todo funcione con precisión matemática se ha instalado una red de micrófonos repartidos por toda la sala para registrar el ruido y la resonancia. Además, un equipo acústico en una consola captura la potencia del emisor.

La marca de Plácido Domingo

Quien quiera hacerse una idea de lo que está en juego, basta decir que el aplauso espontáneo más largo registrado hasta ahora fue suscitado por Plácido Domingo, el 30 de julio de 1991, después de interpretar el 'Otello' de Verdi. Las ovaciones y batir de palmas se prolongaron durante 80 minutos.

Seguramente, a medida que transcurran los días y se vaya afinando el sistema se irán cambiando los cálculos para adaptar la herramienta a cada función. No es lo mismo un silbido, que suele ser lineal, que un aplauso, mucho más cambiante y dispar.

Este tipo de tecnología es susceptible de de cuantificar las emociones generadas en cada espectáculo. Conforme se vayan anotando las mediciones, las compañías y los actores dispondrán de registros con los que podrán saber la admiración que se ha producido cada día. «A la salida de la sala se puede consultar cuánta energía se ha engendrado en el espectáculo, de modo que habrá un ranking de las funciones más vitoreadas», explica Fernández. Una manera como cualquier otra de medir el éxito de montaje. «No conocemos ningún otro teatro donde se haya llevado a cabo este tipo de experiencia».

El récord Guinness de potencia por un aplauso lo tiene Alastair Galpin, quien hizo una marca de 113 decibelios. Este valor responde al pico más alto producido por el choque de las palmas. Si se evalúa desde el principio hasta la extinción del sonido, se produce una onda cuya amplitud va decayendo hasta desaparecer.

 

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