El embajador de la pista de baile

El exembajador mira por la ventana de su despacho con algunas fotos, entre ellas la imagen de abajo, en su escritorio. :: alberto ferreras/
El exembajador mira por la ventana de su despacho con algunas fotos, entre ellas la imagen de abajo, en su escritorio. :: alberto ferreras

James Costos, que revolucionó la diplomacia entre EE UU y España, cuenta su experiencia en 'El amigo americano'. «Quise romper las barreras del protocolo»

ÁLVARO SOTO

En su primer fin de semana en Madrid, el 14 y 15 de septiembre de 2013, el embajador James Costos y su pareja, Michael Smith, decidieron ir a cenar a un restaurante de moda, el 'Tomate', en el barrio de Chamberí. Al día siguiente, un domingo, se acercaron al Ritz, a compartir uno de los 'brunchs' más populares de la capital. En ambos casos, la escena era fantasmagórica: se vieron ellos solos en grandes salones y con la única compañía de los camareros. «Qué crisis más horrible está sufriendo este país, que la gente no puede ni salir», pensó Costos, y así se lo comentó al director del hotel, Christian Tavelli. - ¿Dónde está todo el mundo? ¿No comen?- Bueno, sí, comen, pero a las dos. Con todo respeto, la embajada anunció que usted quería venir a las once y media y hemos abierto solo para usted. - ¿Abren a las dos?

Sí, y lo mismo había ocurrido en el 'Tomate', donde el diplomático fue a cenar a las siete. Aquello fue la primera lección que Costos (Lowell, Massachussets, 1963) aprendió en España. La segunda es que al embajador de la primera potencia del mundo las puertas se le abrían más fácilmente. Algo perfecto para los objetivos que se había marcado el recién nombrado representante de Estados Unidos en España: empaparse del país que le iba a acoger para cambiar el modo de entender las relaciones internacionales. Con Costos llegó a España la 'diplomacia de la pista de baile', una mezcla de trabajo y diversión que hizo furor durante los tres años que este directivo de la cadena de televisión HBO vivió en la Embajada de Estados Unidos.

A este hombre sonriente, divertido y coqueto que a los 55 años lleva 'brackets' para mejorar su sonrisa, la vida le dirigió hacia el mundo diplomático en 1998. En un vuelo entre Los Ángeles y Nueva York vio a un chico que le gustó al segundo. «Este va a ser mi novio», se dijo Costos, que en aquel momento trabajaba en la empresa de moda Tod's. Y se hizo el encontradizo con Michael Smith, un prestigioso decorador de interiores, con el que pronto saltó la chispa. Todo esto lo cuenta el exembajador Costos en 'El amigo americano. El hombre de Obama en España', unas memorias que publica Debate. ¿Pero en qué momento aparece el presidente de Estados Unidos Barack Obama en esta historia?

Cuando Obama se instala en la Casa Blanca, en enero de 2009, contrata a Smith para que redecore aquella mansión de Washington. Y Costos, que de España sólo había estado en Mallorca, conoce entonces al hombre que le cambió la vida. «Establecimos una gran relación de amistad con ellos y cuando empezaba la campaña para su reelección, me di cuenta de que tenía que hacer todo lo posible para que la gente conociera todo lo que había hecho este hombre», cuenta el exembajador. Primero, organizó fiestas en su casa, en las que recaudó cientos de miles de dólares para Obama, pero su implicación le llevó a abandonar su trabajo para ir, puerta a puerta en ciudades y pueblos de Florida explicando a los votantes por qué tenían que elegir de nuevo al primer presidente negro de la historia. Su compromiso llamó la atención de Obama, que al volver a ganar las elecciones, no lo dudó: mandaría a Costos, declarado homosexual, al tercer país del mundo en aprobar el matrimonio entre personas del mismo sexo.

Ese fue el titular cuando Costos llegó a España: Estados Unidos envía un embajador gay. Pero aquello pronto se vio que iba a ser lo de menos. «Aquí me aceptaron como a cualquier persona. En realidad, fue más impactante en mi país; era la primera vez que un presidente designaba a seis embajadores abiertamente homosexuales».

El nuevo hombre fuerte de Washington en Madrid convirtió la embajada en un centro de influencia en la capital. «Desde el principio me planteé romper las barreras del protocolo», explica. Y se valió de su capacidad de influencia para conseguirlo. Por el enorme edificio de la calle Serrano empezaron a pasar empresarios veteranos, jóvenes emprendedores, actores y actrices, diseñadores, artistas, representantes de las ONG... Las revistas de moda de la capital bautizaron las fiestas de la embajada como las mejores de Madrid. «Pero todo aquello tenía un sentido. Seguimos el ejemplo de Obama, que abrió su casa a todo el mundo. Nosotros queríamos relacionarnos con gente muy diversa, no sólo con el vértice de la pirámide. La gente que conocimos conformaba el tejido de la nación y cuando no los incluyes, te estás perdiendo una parte importante del país», recuerda Costos.

Un país que él quiso conocer al completo, y también Andorra, a donde llegan sus poderes. Visitó las 17 comunidades autónomas, se enamoró del gazpacho y de Extremadura y se construyó una opinión estupenda de España y los españoles. «Es precioso, increíble. Siguen aferrados a las tradiciones, son pasionales, cálidos», relata Costos. Lo que más le sorprendió fue «ver cómo las familias, desde la abuela hasta los niños del carrito, salen juntas a pasear». «Esa unión tan especial sólo se da en España y es un regalo. En Estados Unidos, a los 18 años, los jóvenes se van de casa». Y más allá de la buena vida y la comida, alaba la creatividad y la valía de los españoles, que «deberían estar muy orgullosos de sus logros». «En mi país, los empresarios presumen de todo lo que han conseguido. Aquí la gente es muy humilde y tendría que hablar más de sus éxitos, que den a conocer al mundo lo bueno que es su país».

Los encontronazos

Pero no todo fueron 'partys' en la estancia de James Costos en España. También hubo crisis y algunos personajes con los que tuvo encontronazos. Por ejemplo, con José Manuel García-Margallo, ministro de Exteriores de Rajoy, tuvo algún roce. Y las opiniones políticas de Pablo Iglesias o de José Luis Rodríguez Zapatero sobre Venezuela también le causaron incomodidad. «Pero mi función era conocer a toda la gente que es diferente, tratar de entender por qué piensan de otra manera e intentar encontrar puntos de concordancia».

Con quienes todo fueron sonrisas fue con los reyes Felipe y Letizia, a los que conoció como Príncipes de Asturias y de los que tiene la mejor de las opiniones. «Son excelentes representantes de España y fue un honor viajar con ellos a la Casa Blanca y que Obama viajara a España».

Conforme se terminaba el segundo mandato del presidente, también llegaba el momento de despedirse para el 'amigo americano'. Ni Costos hablaba español ni Rajoy inglés, pero el presidente del Gobierno le dijo una frase de adiós que se le quedó marcada: «Eres un crac».

En cualquier caso, el vínculo de Costos con su país de acogida ya no se rompió. Ahora vive a caballo entre Los Ángeles, Nueva York y Madrid, donde recientemente se ha comprado un piso en el barrio de Salamanca, colabora con instituciones españolas como el Instituto de Empresa, la Fundación Reina Sofía o el F. C. Barcelona para facilitarles su aterrizaje en Estados Unidos. Y a través del banco de inversión PJT Partners y el Fondo Incus atrae capitales norteamericanos hacia España. Y así James Costos puede seguir haciendo lo que más le gusta: conectar personas.

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