Andalucía, sol y sombra

Andalucía,  sol y sombra

Acusado de corrupción y de comprar votos con subvenciones y empleos, el PSOE ha sabido envolverse en la bandera blanca y verde durante 40 años.El cliché del andaluz vago e inculto golpea al PP como un bumerán

INÉS GALLASTEGUI

Si gana mañana las elecciones -todas las encuestas predicen que lo hará- y logra formar gobierno y mantenerlo toda la legislatura, Susana Díaz sumará el último tramo de 44 años ininterrumpidos de mandato socialista en Andalucía. Más allá de los aciertos y errores de estas cuatro décadas de gestión -la región ha mejorado mucho, pero la oposición cree que debería haberlo hecho mucho más- y a pesar de las corruptelas que manchan su gestión, el PSOE ha conseguido apropiarse de la identidad andaluza y hasta los ataques de sus rivales acaban volviéndose contra ellos. Ni siquiera el PP se atreve ya a hablar del 'voto cautivo'.

La sexta presidenta andaluza camina hacia una más que probable victoria electoral mientras dos de sus antecesores, Manuel Chaves y José Antonio Griñán, junto a 20 excargos de la Junta, se enfrentan a penas de cárcel e inhabilitación por el 'caso de los ERE', el presunto desvío de 850 millones destinados a empresas en crisis.

Algunos analistas ponen el acento en que, mientras los corruptos vinculados al PP en casos como 'Gürtel', 'Púnica' y 'Bárcenas', o a CiU, en el saqueo del Palau, desvalijaron las arcas públicas para enriquecerse personalmente o financiar a su partido, el mayor escándalo en el seno del PSOE tuvo como objeto principal respaldar de forma irregular a compañías 'amigas' o repartir el dinero entre falsos prejubilados. Sin embargo, no es el único desfalco que salpica al partido: especial bochorno causó la noticia de que el exdirector de la Fundación Fondo Andaluz de Formación y Empleo (Faffe) cargó 32.000 euros gastados en cinco prostíbulos a su 'tarjeta black'.

El PP utilizó el argumento del 'voto cautivo' hasta que comprobó que le perjudicabaPablo SimónPolitólogo«En Andalucía nunca se ha planteado una alternativa viable» José Antonio ParejoHistoriador «La corrupción de la izquierda se tolera más» Juan Montabes Experto en demoscopia«La gente vota a quien cree que atiende mejor sus necesidades» David HijónConsultor político«El interior está muy poblado. Y en los pueblos se vive bien» Manuel Yruela Sociólogo«Andalucía se ha usado como modelo de la forma de vida española»

El síndrome de Robin Hood

«Los votantes no penalizan tanto la corrupción cuando esta se asocia a ganancias colectivas y genera un bienestar para la comunidad. Y en todo caso, ponen en la balanza de un lado los comportamientos corruptos y, del otro, la alternativa», argumenta Pablo Simón, profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III.

«Cuando es una corrupción protagonizada por la izquierda, se tolera más. Hay cierto síndrome de Robin Hood: 'Roban para dárselo a los pobres' -reflexiona José Antonio Parejo, profesor de Historia Contemporánea en la Universidad de Sevilla-. Que este escándalo cívico no les pase factura, una elección tras otra -y van tres con los ERE-, se debe a que muchos son incapaces de abandonar los prejuicios heredados».

El consultor político David Hijón lo corrobora. El recuerdo del 'señorito' soberbio y explotador está aún hoy muy presente en ciertos sectores del mundo rural del sur. «No existe un buen recuerdo de la derecha en el campo andaluz -subraya-. La oposición no ha sido capaz de borrarlo y el PSOE lo ha aprovechado con habilidad. Ha conseguido identificar 'socialista' con 'andaluz' y convertir cualquier ataque a la Junta en un ataque a Andalucía».

Para Pablo Simón, una de las claves de ese estrecho vínculo es que en 1977 fueron los socialistas los que encabezaron las movilizaciones por un estatuto como comunidad histórica y por aquellas fechas los líderes que llevaron al PSOE a la Moncloa con mayoría absoluta -Felipe González y Alfonso Guerra- eran sevillanos. El PSOE ha fagocitado al Partido Andalucista, con el que llegó a gobernar dos legislaturas, y llevó a su suelo electoral a IU, que también le sostuvo entre 2012 y 2015.

No hay más que ver cómo han planteado la campaña sus oponentes: Teresa Rodríguez «es la que más explota la cuestión de la identidad andaluza, que es donde puede comerle espacio al PSOE», resalta el politólogo, mientras Ciudadanos se ha traído a la jerezana Inés Arrimadas. En cuanto al PP, ironiza, «nunca desaprovecha la oportunidad de desaprovechar una oportunidad». Incluso cuando más cerca estuvo de rozar con los dedos las puertas del Palacio de San Telmo, en las autonómicas de 2012, presentó a un candidato desgastado y perdedor de tres comicios, Javier Arenas. Más recientemente, ha echado mano de clichés sobre los andaluces que han acabado volviéndose en su contra. «Nunca se ha planteado una alternativa viable», concluye Simón, quien recuerda que Andalucía es «particularmente adversa» para la derecha por su propia configuración demográfica, con más desempleo y menor nivel de renta.

Red clientelar

Una de las acusaciones recurrentes de la oposición es que el Gobierno autonómico se sostiene gracias a una red clientelar pagada con el dinero de todos. «La Junta es la primera empresa de Andalucía y de ella viven directa o indirectamente miles y miles de familias», recuerda Parejo.

«Por la propia concepción del Estado, las autonomías son administraciones de gasto, que colocan gran cantidad de recursos económicos en la sociedad, por ejemplo a través de las partidas de sanidad y educación -apunta Hijón, de la firma sevillana Dialoga Consultores-. De hecho, la realidad andaluza se asemeja mucho a la del PP en Galicia, el PNV en el País Vasco o la antigua Convergencia en Cataluña. Es verdad que en esas comunidades ha habido alternancia y aquí no, pero ha sido extraordinariamente difícil desalojar a los partidos hegemónicos. Hay una enorme cantidad de funcionarios y de personal no funcionario pero vinculado al poder». Pero no más que en otros lugares. Hay diez comunidades en las que el número de empleados autonómicos es mayor en relación a la población, y en seis de ellas es superior su peso respecto a la población ocupada.

Las acusaciones de 'compra' de votos casi siempre aluden más a los subsidios que a los salarios. El PP utilizó con alegría el argumento del 'voto cautivo' desde mediados de los noventa, apoyándose con éxito en las irregularidades cometidas por algunos ayuntamientos en la firma de peonadas para jornaleros desempleados dentro del Plan de Empleo Rural (PER, ahora PFEA). Sin embargo, varias investigaciones han concluido que, tanto por el número de perceptores -unos 150.000 actualmente- como por la cuantía de las subvenciones -unos 2.000 euros anuales por persona-, su impacto electoral ha sido más bien bajo. La profesora de la Universidad de Granada Susana Corzo detectó que, en los municipios más beneficiados por el PER, el mantenimiento de este programa estatal por gobiernos centrales de los dos colores favoreció electoralmente más a IU que al PSOE y, en todo caso, de forma discreta. El propio partido conservador, consciente por fin de que ofender a los andaluces le restaba votos en Andalucía, dejó de usar esa expresión; ahora se refiere al longevo dominio socialista como un «régimen».

Los expertos destacan la dualidad de la sociedad. «Hay una realidad urbana, pujante, moderna, y un mundo rural que sigue teniendo un enorme peso electoral. El PER, por su cuantía, no es importante, pero sí ha contribuido a crear una economía necesitada, poco dinámica, que no despega. Hay familias con una vivienda humilde, sin hipoteca, que con el subsidio y otras ayudas consiguen una renta de 700 u 800 euros al mes», desvela Parejo.

Juan Montabes, catedrático de Ciencias Políticas en la UGR, cree que la importancia del PER se ha sobredimensionado. Y en cualquier caso, recuerda, todo el mundo barre para casa. «El elector compensa al partido que entiende que va a atender mejor sus necesidades. Claro», afirma el politólogo, que cuestiona la idea de que el votante urbano es «reflexivo, maduro y consciente» mientras el rural decide «arrastrado por la dependencia económica».

Andalucía tiene una particularidad que la diferencia de las regiones de la España vacía, fruto del éxodo de los pueblos a las ciudades, como las dos Castillas, Aragón o Extremadura. «El interior está enormemente poblado -recuerda David Hijón-. Y esa población vive mucho mejor de lo que se piensa fuera: no solo se trata de las ayudas públicas, es que hay un nivel de infraestructuras muy alto. Cualquier municipio pequeño cuenta con colegio, centro de salud, instalaciones deportivas y culturales. En estos últimos años ha habido un desarrollo muy amplio que influye en el voto».

El bumerán andaluz

El tópico de la región atrasada y subsidiada se ha convertido en una especie de bumerán que ha acabado golpeando a quienes lo utilizaron. Esperanza Aguirre ridiculizó a los votantes andaluces con su «pitas, pitas, pitas». Rafael Hernando comparó a la comunidad con Etiopía. Ana Mato dijo que los niños andaluces son «prácticamente analfabetos». Según Cristina Cifuentes, los madrileños pagan la sanidad y la educación de los vecinos del sur. Y no solo en el PP: el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, dijo que había que «enseñar a pescar» a los andaluces, el exdirigente de CiU Durán i Lleida los situó «todo el día en el bar» y Jorge Verstrynge, de Podemos, aseguraba hace solo unos días que a los jóvenes andaluces «solo les interesa el rebujito, la cerveza y las gambas», ganándose a pulso el título de 'persona non grata' allende Despeñaperros por su propia formación. El exalcalde donostiarra Odón Elorza es una de las pocas excepciones socialistas: en un debate televisivo le dijo a la diputada de Podemos Noelia Vera que era muy educada «para ser andaluza».

El cliché del andaluz ocioso, simpático y siempre dispuesto para la jarana molesta sobremanera a los habitantes de la comunidad. En parte porque casi siempre ese retrato pintoresco alude a un solo tipo de andaluz y en un periodo concreto -el sevillano en feria-, un estereotipo ajeno, cuando no irritante, para muchos andaluces, sobre todo de la zona oriental. «Durante mucho tiempo se ha utilizado Andalucía como un modelo de la cultura y la forma de vida de España», recuerda Manuel Pérez Yruela, investigador del Instituto de Estudios Sociales Avanzados.

El tópico de esa Andalucía pobre, indolente y atrasada, alegre pese a las miserias cotidianas, es una herencia de los viajeros románticos americanos y europeos que quedaron fascinados por el exotismo de aquella región y en particular por la cultura gitana en el siglo XIX, recuerda. «Desgraciadamente, no hacemos mucho por desterrar esa imagen. Basta echar un vistazo cualquier día a nuestros medios de comunicación», lamenta Manuel Titos, catedrático de Historia Contemporánea de la UGR. «Esa no es la Andalucía en la que yo vivo -zanja, molesto-. En Andalucía la gente se forma, trabaja, se esfuerza, vive y sufre como en todos los sitios. Al contrario, es una sociedad más abierta y culta que otras».

El último estallido de indignación lo provocó la exministra Isabel García Tejerina por afirmar que «lo que sabe un niño de Andalucía con diez años lo sabe uno de Castilla-León con ocho». Al propio aspirante popular al Palacio de San Telmo, Juan Manuel Moreno, le faltó tiempo para rectificar a su compañera de partido.

«En realidad, la ministra no mentía. A lo mejor podía haberlo formulado de otra manera, por corrección política, pero el estudio está ahí, y no se hace para dañar a las poblaciones, sino para presentar un retrato de conjunto -afirma el historiador José Antonio Parejo-. Una muestra de la incapacidad de la oposición es la reacción del PP, que en lugar de aprovechar el griterío para abrir un debate serio sobre el porqué del fracaso del sistema educativo andaluz, se suma al coro de indignados. Y Susana Díaz oculta de manera inteligente ese fracaso envolviéndose en la bandera del victimismo y evita que le pidan cuentas. Así no se hace oposición».

 

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