Acelerar tiene sus riesgos

Martin Rees. El astrofísico, durante una conferencia en Adeje (Tenerife) en 2016. /  MIGUEL CALERO/EFE
Martin Rees. El astrofísico, durante una conferencia en Adeje (Tenerife) en 2016. / MIGUEL CALERO/EFE

El afamado científico Martin Rees advierte que los experimentos con partículas podrían destruir el planeta. «Es más probable que un asteroide nos aniquile», replica el español Gómez Cadenas

FERNANDO MIÑANA

Martin Rees es una institución académica en el Reino Unido. Este maestro en Cosmología y Astrofísica de la Universidad de Cambridge arrastra, a sus 76 años, una ristra de honores que van desde haber sido rector del Trinitiy College hasta presidente de la Royal Society o Profesor Plumiano -uno de los más prestigiosos cargos académicos en Astronomía- en Cambridge. En su último libro, 'On the future: Prospects for Humanity' ('Sobre el futuro, prospectos para la humanidad'), Rees afirma que los aceleradores de partículas podrían desencadenar una cadena de sucesos catastróficos y dejar la Tierra reducida a una masa densa de solo 100 metros de diámetro. El profesor, que también es Astrónomo Real, insiste en que, al menos en teoría, existe la posibilidad, aunque menor, de destruir el planeta.

Juan José Gómez Cadenas, un reputado científico español, no es partidario de estos discursos «catastrofistas» y los considera tan improbables que se permite flirtear con ellos. «Yo usé esta hipótesis de Rees como punto de partida de mi novela, 'Materia extraña'. La idea de que la Tierra se convierta en una estrella de materia extraña ya la había utilizado en su anterior libro y solo espero que en éste advierta de que la probabilidad es minúscula».

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¿Cómo de minúscula? ¿Es o no un motivo para vivir intranquilos? Por pequeño que sea, ¿no es suficiente riesgo para suspender esos experimentos en aceleradores y colisionadores de partículas, como el de la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN, acrónimo de su denominación en francés) en Ginebra? El científico murciano residente en Valencia tiene claras las respuestas. «¿Si es factible en el sentido de que la probabilidad sea imposible de calcular pero sospechamos que no sea igual a cero? Sí. Pero si lo comparamos con la posibilidad de que nos caiga un asteroide y nos aniquile, por ejemplo, la segunda opción es mucho más alta».

Gómez Cadenas, profesor en la fundación científica vasca Ikerbasque y miembro del Donostia International Physics Center, desarrolla su argumento tranquilizador. «La idea de que existe la posibilidad de que se forme un grumo de materia extraña capaz de generar una catástrofe existe hace bastante tiempo, pero el CERN ya dedicó bastante energía a realizar este cálculo hace diez años y el resultado era muy pequeño».

Otros peligros más reales

Siempre sale alguien que se aferra a ese porcentaje mínimo para decir que, si el riesgo es aniquilar el planeta, habría que tomar medidas. «Yo respondería a este gente con una pregunta: ¿Qué es más probable? ¿Que se caiga el avión en el que vuelo o que me muera por fumar? La probabilidad de morir de cáncer de pulmón es mucho mayor. Tanto que no tiene sentido dejar de volar. Las opciones que formula Martin Rees, al menos en su anterior libro, el que he leído, son posibilidades más pequeñas que otros eventos catastróficos como que te golpee un asteroide como el que se cargó a los dinosaurios, que en 10.000 años haya una glaciación que le pegue una castaña a la civilización, que tengamos una guerra nuclear... Todas esas posibilidades son mucho más cercanas y parece absurdo perder el sueño por esas otras, como las que apunta Rees, tan pequeñas».

Este científico español de 58 años, que trabajó en el CERN durante diez años y que ahora desarrolla el proyecto NEXT en el laboratorio subterráneo de Canfranc -está dedicado a la investigación de la materia oscura y a la detección de sucesos pocos probables-, considera que las naciones deberían poner más empeño en «las 500 maneras más peligrosas en las que se puede destruir el planeta, como la proliferación nuclear, asegurarse que entendemos el control de asteroides y, sobre todo, el cambio climático».

Y recuerda que la Luna ha estado «durante 4.000 millones de años bombardeada por rayos cósmicos de energías despampanantes y no se ha transformado en una estrella de materia extraña, así que ¿por qué debería suceder lo contrario en el CERN, que apenas lleva 20 años?». ¿Le tranquiliza?

Responde Juan José Gómez Cadenas, que trabajó con esta máquina durante diez años: «Es un túnel con 20 kilómetros de diámetro e imanes superconductores que doblan las partículas, los protones que circulan por él, y los acelera con velocidades que alcanzan casi la de la luz. A esas velocidades tan grandes los protones adquieren una energía gigantesca y los hacen chocar de frente. Según la ecuación de Einstein, toda su energía se libera en una especie de pequeño 'Big Bang' y, a continuación, se condensa de nuevo en partículas que no estaban antes».

«La física de partículas nos permite entender mejor el universo en el que estamos y qué puede pasar con él. Saber cómo es la materia, cómo son las leyes de la naturaleza y cómo se rigen. Y, de paso, nos proporciona otra serie de mejoras colaterales».

 

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