Un país de contrastes: modelos de familia

Jorge Sánchez-Tarazaga, padre de familia numerosa, y Beatriz Martín, mujer casada sin hijos, viven dos realidades familiares completamete diferentes

Jorge Sánchez-Tarazaga junto a toda su familia (izq.) y Beatriz Martín con su marido./Manuel Molines / B.M.
Jorge Sánchez-Tarazaga junto a toda su familia (izq.) y Beatriz Martín con su marido. / Manuel Molines / B.M.
FERNANDO MIÑANA
Jorge Sánchez-Tarazaga, padre de familia numerosa

«Es inevitable pensar que en Alemania podría vivir solo de lo que dan por cada hijo»

Esta fotografía hubo que hacerla a las siete de la mañana. Media hora antes aún quedaba algún niño arrebujado en la cama. Media hora después, algún hermano ya estaría de camino al trabajo o la universidad. Así que los trece están a las siete. Porque son trece. Jorge Sánchez-Tarazaga, el padre; Lourdes, su mujer, y sus once hijos, como un equipo de fútbol. Tienen entre seis y 24 años. Así que la familia abarca toda la horquilla: desde la infancia hasta la juventud pasando por la adolescencia. Está claro, en esta familia no se aburren.

Llegados a las bodas de plata, la experiencia les avala. «Esto es una maquinaria colectiva», advierte Jorge. «Cada año cambia, pero siempre hay uno que va en bicicleta a por el pan. Ahora son cinco barras, pero ha habido épocas de hacer 18 bocadillos. Otro está esperando para hacerlos, otro va metiendo la comida en las tarteras, otro ayuda a la pequeña a vestirse... Rezamos algo juntos brevemente y ya cada uno empieza su marcha».

Los datos

1,33
es la media de hijos por mujer en España.
Crece el número de familias numerosas.
Entre 2011 y 2017, el número de familias con tres o más hijos en España ha aumentado un 30% hasta llegar a las 675.955 familias.
Un blog para ayudar a familias numerosas.
Lourdes, la mujer de Jorge Sánchez-Tarazaga, tiene un blog (solosomos13.es) para ayudar a las familias numerosas. Ellos destacan que cuentan con el respaldo de Avafam.

Es una familia muy creyente que celebra la Semana Santa de manera intensa, involucrándose con la comunidad católica. De ahí que les guste orar unos al lado de los otros. Y no tienen problema en acoger a nuevos comensales. «Con cierta periodicidad, mis hijos traen amigos a casa. Es frecuente que seamos dos o tres más. O la que viene con el novio. En la mesa siempre somos más de los que venimos de fábrica».

El primer despertador suena a las cinco o cinco y media. La mayoría desayuna a las seis. Media hora más tarde, Jorge despierta a su mujer. «Y a las siete el último toque de corneta». A partir de las 17:15 horas empiezan a llegar los primeros, aunque algunos se van a las extraescolares. «Lourdes los lleva a todos. Es un servicio a discreción». A las ocho y media cenan los más pequeños. Luego aparecen los mayores. «En mi casa hay gente despierta hasta la una o las dos de la mañana. Esto es como el Reino de Felipe II, aquí prácticamente no se va la luz...».

Una familia de esta envergadura cuesta un dineral. Jorge trabaja como abogado y como profesor y sabe lo que es estirar cada euro. «Yo siempre digo que solo nosotros pagamos todos los meses a un trabajador de Mercadona de grado medio con seguridad social incluida». Hace la broma porque cada mes desembolsa entre 1.200 y 1.300 euros en esta cadena de supermercados. A esto hay que sumarle el gasto casi diario en pan, fruta y verdura.Por eso el apartado de las ayudas familiares en esta campaña electoral es un punto importante para los Sánchez-Tarazaga. «Lourdes y yo empezamos a traer hijos desde 1994. En 1999 ya teníamos cuatro y estábamos realmente maltratados. Ha habido una evolución y ahora estamos un poco mejor».

Pero le molesta que, con once hijos y dos discapacidades certificadas en casa, le retengan un 15% de su jornal. «Mis hijos son los trabajadores del mañana y, además, con nuestro volumen proporcionamos beneficios a la sociedad. Por no hablar de que cuatro veces al año me obligan a iniciar el proceso para renovar el libro de familia por los que han cumplido 21. Sufrimos un hostigamiento administrativo. Y es inevitable pensar que en Alemania podría vivir solo de lo que dan por cada hijo».

Beatriz Martín, mujer casada sin hijos

«A mí siempre me habían gustado los chiquillos y, de repente, los aborrecí»

Beatriz Martín tiene 52 años, un marido y una espinita clavada. La guardará para siempre, pues ya se ha resignado a vivir sin hijos. Fue duro en su día, pero ahora asegura que ya lo ha superado. Durante lustros tuvo que sufrir las comidas familiares y las de amigos. Antes de los postres ya le habían lanzado la dichosa pregunta: «Y los niños, ¿para cuándo?». Un día, harta de que le recordaran lo que consideraba algo frustrante, explotó: «Le solté a mi padre que nunca le iba a hacer abuelo».

Beatriz se casó a los treinta años y, pasados veintidós, sigue felizmente emparejada con Rafa, su marido. Aunque le duele que él no deseara tener descendencia. «Yo lo he pasado muy mal por este tema. Porque yo sí quería tener hijos, pero él no. La verdad es que no sé si es que tenía miedo a la responsabilidad o si no se veía como padre, pero yo lo he pasado muy mal por eso».

Más información

3,87 millones de hogares españoles,
el 21% del total, están formados por parejas sin hijos, según el INE. La tasa de natalidad -promedio anual de nacimientos durante un año por cada mil personas- lleva cayendo en España desde 2010: de un 10,91 ese año a 9,2 en 2017. El problema se presenta porque, al mismo tiempo, la esperanza de vida ha aumentado ocho años (de los 72 a los 80) en menos de veinte ejercicios.

Él trabaja como auxiliar en À Punt, la televisión autonómica valenciana, como antes de su cierre estuvo empleado en Canal 9. Ella es auxiliar administrativa, pero ha hecho de todo, limpiando en casas y hospitales, para llevar otro jornal a casa. Ahora está en el paro. Hace cinco años tuvo un infarto y ya no volvió al tajo.

Lo peor vino cuando las amigas comenzaron a quedarse embarazadas. La presión social que se cierne como una soga sobre la que es diferente, la que no se ciñe al guion de novios, piso, matrimonio e hijos. Los cuchicheos por detrás. Las conversaciones que se cortan de golpe cuando llega ella, la-sin-niños. Y, claro, todo tiene un límite. «Lo llevé mal. Sentía celos de ellas; me daban envidia». Beatriz no cree que sea algo extraordinario dejar la familia en dos. «El problema viene cuando uno quiere y el otro no. Entonces llegan las discusiones». O el dolor en silencio para no enredarse un día tras otro en la misma pelea. Y cómo reacciona la mente para protegerse de las debilidades. «A mí siempre me habían gustado mucho los chiquillos y, de repente, los aborrecí. Los niños empezaron a molestarme».

Ahora, asegura, eso es agua pasada que ya no mueve el molino del instinto maternal. «Depresión no tuve, pero sí que pasé dos o tres años sepultada: no quería nada ni saber nada...». Se bloqueó. No sentir para no sufrir. Meterse en una burbuja hasta que cicatrice el dolor, la ausencia. No es fácil. La gente no lo pone fácil y cuando menos te lo esperas, el dardo se clava con fuerza en otra comida: «Y los niños, ¿para cuándo?». Una pregunta inocente que escarba donde más escuece. «La gente te estigmatiza. Y no sabe que yo hubiera tenido un hijo a los dos o tres años de casarme, como todo el mundo. Ahora ya no; ahora se me pasó el arroz».Beatriz ha sido capaz de perdonar y hasta bromea sobre el tema con su marido. «Rafa, a mí en la próxima vida no me busques». Aunque sabe que no siempre fue así. «Ahora puedo hablar de esto abiertamente, pero no siempre fue igual de fácil. Hace unos años no hubiera podido hacerlo sin romperme».

Pero a los 52 el dolor ya ha pasado. «Cuando mi hermana se quedó embarazada y me hizo madrina de su hija, me emocioné. Ahora me solidarizo con los padres y creo que el Gobierno debería darles más ayudas».