POLÍTICA LEJANA, POLÍTICA CERCANA

Pablo Álvarez
PABLO ÁLVAREZLogroño

La política municipal puede ser muy descorazonadora. Para los políticos municipales, me refiero. Es difícil que ellos lo reconozcan, porque hay una imperante poética de lo local que se resume en eso tan repetido de «ser el alcalde de mi ciudad es toda mi aspiración».

Sin dudar de la belleza del municipalismo, habrá también que reconocer que para los munícipes esa belleza tiende a desaparecer el día de las elecciones. Porque llega ese momento, y va el elector y no te vota a ti.

Ni a tu competencia, en realidad: convencido estoy de que cuando los votantes logroñeses metían en la urna la papeleta de Pablo Hermoso de Mendoza muchos tenían la cara de Pedro Sánchez en mente. O la de Pablo Casado, según. Porque, desde siempre, la capital riojana es alternativamente más roja o más azul según lo sea lo que toque en Moncloa. Nos guste más o menos, Logroño vota esclava de la actualidad nacional, sin apenas matices.

La ciudad ha mutado de azul a roja, pues, en cuatro años, al mismo ritmo que lo ha hecho el resto de España, y por las mismas razones. De no ser así, la distribución por barrios que nos enseña el escrutinio no sería tan aplastante, y admitiría alguna explicación municipal. Así sería, por ejemplo, si una calle recién arreglada empujara a sus vecinos a votar al partido de la exalcaldesa, o si un olvido reiterado a lo largo de una legislatura empujara a los vecinos a un voto de castigo.

Pero no. Avenida de la Sierra, por ejemplo, sigue sin ser más que una promesa incumplida, pero los vecinos afectados por la falta de ese vial se mantienen fieles al PP.

El mapa rojiazul de Logroño sí admite en esta ocasión una clara lectura económica, aunque sea evidentemente grosera, como lo es la separación de las calles en colegios electorales. Pero grosso modo, es evidente que hay una relación entre el coste de la vivienda y el voto al PP: el cogollito de Avenida de Madrid y el centro más centro se mantiene fiel a la gaviota, aunque el resto sople en rojo.

Pero el voto de Logroño es también nacional en otros aspectos. Uno que es muy visible: la ciudad es total y absolutamente bipartidista. En las generales asomaron un par de distritos naranjas al suroeste de la ciudad, pero ya se han vuelto también rojos: los nuevos partidos siguen sin asaltar el cielo.

Y otro que se aprecia en la mirada a los números: rojos o azules, ninguno de los distritos electorales de la ciudad arroja una mayoría absoluta de ningún partido. Si el pleno municipal fuera por barrios, también habría que pactar en cada uno de ellos. Es, fin, el signo de unos tiempos.