Cuando concluyó el mitin que Santiago Abascal protagonizó en Riojafórum durante la campaña de las generales, un simpatizante de Vox preguntaba al periodista si también el presidente Pedro Sánchez había logrado semejante capacidad de convocatoria. Le sorprendió entonces saber que el acto del PSOE se había celebrado en el vestíbulo, no en la sala grande como acababa de hacer su jefe. Tal vez ese mismo seguidor de Vox disfrutara ayer de otra victoria (pírrica, pero victoria) cuando comprobó que también el PP renunciaba a convocar a su militancia en el mismo recinto que recibió a Abascal con aquella marea roja y gualda. Porque el mitin central que protagonizó ayer Pablo Casado clonó el mismo escenario que eligió Sánchez. Lo cual tiene algo de símbolo. Luego de su derrota en abril, en Génova aspiran hoy a ocupar el centro regalado al PSOE. Alejándose de los extremismos.

Pero es una pirueta complicada. En primer lugar, porque llevar al elector de un extremo a otro del arco político tiende a despistarle, sobre todo si la maniobra se ejecuta en apenas un mes. Y porque parece forzada, obligada por las circunstancias: ese varapalo electoral. Y la jugada termina de complicarse cuando se atiende al discurso de Casado, como el que ofreció ayer a sus militantes riojanos. Un mensaje donde elige golpear en cada párrafo a Sánchez (el invitado explícito de su mitin) y reclama el voto, sin citar a Vox (el invitado fantasma) apenas una vez, a todos los que desertaron de las siglas populares y se arrojan ahora en brazos de otra derecha. La que encarna la formación de Abascal, la que lidera Albert Rivera. Como atenuante a esta singular estrategia, debe entenderse que toda campaña es una paradoja andante. Y que las contradicciones del discurso de Casado lo corroboran.

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Al menos, su enérgica intervención sirvió para galvanizar en la dirección adecuada para sus intereses a un auditorio a quien parecieron dejar frío quienes pasaron antes por el micrófono. La euforia en el PP vive días contenidos. No ayuda su reciente retroceso en las elecciones generales ni los vaticinios sombríos que aventuran las encuestas, pero alguna razón de fondo debe existir que justifique el mejorable ambiente que viven sus actos de campaña. Que evita por cierto organizarlos con carácter diario. Ya hubo un paréntesis de mítines durante el fin de semana (el momento se supone que cumbre para reclamar el voto al potencial elector, que ahora se deja vacante en el calendario) y hoy tampoco hay previsto ninguno. Es un PP extraño, como confirman veteranos de otras campañas. Tan extraño que cuando ayer Casado agradeció los servicios prestados a los parlamentarios nacionales que acaban de dejar de serlo, ninguno estaba en Riojafórum. Han desaparecido de esta carrera hacia las urnas igual que no se contó con sus servicios en la anterior. Son las primeras víctimas de tanto vaivén en su partido, los derrotados en el congreso que el PP riojano celebró precisamente en Riojafórum. Ironías del destino. Entonces no hubo problemas para llenarlo de seguidores de Ceniceros (y también de Gamarra). A algunos de ellos, por cierto, hay que ir ahora a buscarlos a Vox.