PANTALLAS PARA LOS HIJOS DE SILICON VALLEY, NO GRACIAS

BORJA BERGARECHE

No somos tan idiotizables como pensábamos. Al menos, cada vez existen más indicios de que hemos alcanzado el punto de saturación con la exposición cotidiana a aparatos tecnológicos con pantallas. Y un nuevo paradigma se afianza: los dispositivos móviles generan adicción, y cuanto más lejos los mantengamos de los niños mejor. La semana pasada, un reportaje en el New York Times desveló el último grito en contratación de cuidadoras en Silicon Valley: introducir en sus obligaciones laborales la prohibición de mostrar cualquier pantalla a los menores durante sus horas de trabajo. Ni móvil, ni tabletas, ni ordenador. Nada. A jugar al parque, a las cartas o a los juegos de mesa.

«Desde Cupertino a San Francisco crece el consenso en torno a la idea de que el tiempo de pantalla es malo para los niños..., el miedo a las pantallas ha alcanzado el nivel de pánico en Silicon Valley», explicaban en el diario neoyorquino. Todo ha cambiado en el último año. Hasta el punto de que en los foros y chats de padres californianos cada vez circulan más fotografías delatoras de 'nannies' cazadas con el teléfono. Ironías de la vida, los propios responsables de convertir al Homo Sapiens en homo tecnologicus están ahora horrorizados con su criatura. El sueño de la razón, en efecto, termina produciendo monstruos.

No siempre fue así. Todos estos años de exilio emprendedor y digital español a California nos ha dejado una fascinante colección de testimonios de jóvenes padres sorprendidos por la entusiasta introducción de la informática y la tecnología en los currículos escolares. Clases de iniciación a la programación con 7 años. Talleres de emprendimiento, tipo «crea tu primera 'start-up'», a los 11. El relato predominante era el de incomodidad, cultural y pedagógica, ante semejantes niveles de competición y presión. Las estadísticas, mientras tanto, han ido iluminando el camino: los adolescentes activos en redes sociales son más susceptibles de sufrir depresión. De hecho, en Estados Unidos las tasas de suicidios superan ya a las de muerte por homicidio en esa franja de edad.

El manejo de la informática desde la infancia forma parte de las leyendas fundacionales de Silicon Valley: el niño 'hacker' más cerca que lejos del espectro del autismo que abandona los estudios universitarios para fundar el siguiente gigante tecnológico. Muchos se lo habían creído, sin saber que el mito es simplemente la biografía de uno de ellos. Bill Gates y su amigo Paul Allen, cofundador de Microsoft y recientemente fallecido, forjaron su relación en el elitista colegio de Lakeside de Seattle, al que el primero fue trasladado por los signos de inadaptación social que tanto preocupaban a sus padres. Allí, los dos adolescentes 'hackeaban' los sistemas informáticos del centro para encontrar las asignaturas con menos chicos inscritos. Sin otra finalidad que la de apuntarse para tener a las chicas guapas sentadas cerca, según explicó en su día a la BBC. «Era especialmente inepto a la hora de hablar con ellas», dijo Gates.

La gran ironía de todo esto es que fueron estos mismos padres fundadores de las creencias tecno-científicas que impulsan la economía digital quienes primero se dieron cuenta de sus peligros. Steve Jobs, por ejemplo, prohibió que sus hijos tuvieran un iPad. El propio Gates impuso fuertes límites al uso de aparatos cuando una de sus hijas generó dependencia con un videojuego. Los cuatro vástagos de Jobs y los tres de Gates tuvieron que esperar a cumplir 14 años para tener derecho a poseer un teléfono. Recuérdenlo, y no se dejen engañar por los suyos.

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