Borrar
Pelota

El niño que dejó el baloncesto y el fútbol para ganar chapelas

Javier Zabala esconde en el musculado cuerpo de gladiador romano una personalidad nerviosa y sensible

César Álvarez

Logroño

Miércoles, 12 de noviembre 2025, 07:07

Comenta

Javier Zabala (Logroño, 29 de septiembre de 1997) casi comenzó a dar sus primeros pasos en un frontón. A estos recintos acudía a ver jugar a su padre –ahora convertido en su botillero– en partidos de aficionados, y por ello cuando apenas levantaba un palmo del suelo («con tres o cuatro años», recuerda) se apuntó a la Escuela de Pelota de Nájera, su lugar de residencia durante sus primeros años, para seguir la estela de su progenitor.

José Nicolás, El Gallo, un hombre con muchos años en los frontones, fue quien guió sus primeros pasos como pelotari y el primero que descubrió su gran potencial. Al poco de verle jugar pronosticó: «Tú vas a ganar una chapela». Una frase que se le quedó grabada al riojano y que hace unos años hizo realidad, con El Gallo sentado en la cancha del Labrit.

Se enfundó la chapela del parejas de promoción formando tándem con Oier Etxeberria frente a unos Bacaicoa y Elicegui a los que dejaron en 8. Y aún jugó por otra más doce meses después, pero una lesión de Gaskue (su compañero) truncó las posibilidades de revalidar el título.

El Gallo, su primer entrenador, le dijo en Nájera siendo todavía un niño: «Tú vas a ganar una chapela»

Miguel Muntión le ha dotado de la técnica y Edu Barrionuevo ha esculpido su cuerpo de deportista de alto nivel

Sin embargo, los vaticinios de El Gallo parecieron truncarse cuando Javier y su familia se trasladaron a Logroño. La oferta deportiva se multiplicaba en la capital, mientras mermaban las opciones de jugar a pelota, y aunque él siguió practicando este deporte, amplió sus miras y durante varios años, en los Juegos Deportivos, competía en fútbol defendiendo la camiseta franjiazul del Valvanera, trataba de encestar puntos en el equipo de baloncesto de su colegio (Siete Infantes de Lara) y seguía jugando a pelota...

De esa época le queda su amor e interés por el deporte en general (también es muy aficionado al tenis y con frecuencia se le ve por el Adarraga viendo atletismo) y su marcada tendencia blaugrana.

No fue hasta sexto de Primaria cuando entendió que no podía ser todo a la vez. Los fines de semana se convertían en un rally para su padre para poder llevar puntualmente a Javier, de un partido a otro, y un estrés para el propio deportista.

La pelota era el deporte que mejor se le daba, y por eso se decantó por él, pero en aquel momento su cuerpo no le acompañaba y se quedó por detrás de sus rivales, que dieron el 'estirón' antes que él «hubo un año que no le ganaba a nadie, porque todos eran más grandes y a mí me faltaba tiempo», señaló hace algunos años. Sin embargo, era cuestión de tiempo.

Cuando, por fin, su cuerpo comenzó a abandonar la fisonomía de un niño para adquirir la de un adulto, Javier comenzó a construir la figura de un campeón.

Tanto es así que con 16 años las empresas ya se habían fijado en él. Fue Miguel Muntión –una figura clave en su desarrollo– quien alertó a Aspe de su potencial. La empresa de Eibar le vio, y pronto le ofreció con un precontrato.

Antes de abrirle las puertas del profesionalismo le dejó que se proclamara campeón del mundo, y el día 31 de marzo de 2019, en el frontón Adarraga, llegó el debut soñado.

Y en ese momento entró a su vida otra de las figuras claves en su desarrollo. Si Miguel Muntión dotó a Zabala de los fundamentos técnicos y depuró una zurda prodigiosa; Eduardo Barrionuevo –su preparador– cinceló un cuerpo de atleta de alto rendimiento a la vez que se convirtió en amigo, confesor, confidente, rival en el ajedrez y psicólogo de un mocetón fuerte, fibroso y con los músculos bien definidos, que esconden a una persona cariñosa, sensible y tímida y al que ahora, después de varios años de profesional, ya no le incomodan tanto los medios de comunicación.

No obstante, el rasgo que más sobresale en su personalidad es su carácter nervioso que le hace convertirse en un personaje visceral cuando su volcán entra en erupción interior. Pero es precisamente ese nervio y fuerza contenida la que le ayuda a elevar la zurda para enganchar la pelota de arriba a abajo y con un gancho, sacar a su oponente a la contracancha sin posibilidad de devolver la esférica. Pero también, sus nervios son los causantes de esa batalla interior es la que en más de una ocasión le ha jugado una mala pasada cuando las cosas se tuercen.

Cuando Zabala domina su fuerza interior y la canaliza, resulta invencible. Sólo tiene que sacar del frontón todo lo que no sea el rival y la pelota, y olvidar los lastres.

El riojano al que no le gusta el vino (ni la cerveza)

El caso de Javier Zabala debe ser único en la región. Pese a haber nacido en Logroño y haberse criado a caballo entre la capital, Nájera y Cordovín, al pelotari no le gusta el vino. Pero tampoco la cerveza. Sus comidas se acompañan de agua, incluso cuando da cuenta de un chuletón, el plato elegido para sus celebraciones, en las que nunca está el marisco porque tampoco es de su gusto. Para el cierre gastronómico recurre al tiramisú o a la tarta de queso por los que siente devoción. Y eso sí, si hay que celebrar, recurre a los combinados.

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

larioja El niño que dejó el baloncesto y el fútbol para ganar chapelas

El niño que dejó el baloncesto y el fútbol para ganar chapelas