Un resultado engañoso

El VAR, que castigó una acción de mala suerte y no se inmutó ante una trampa, condicionó la final

Néstor Pitana escucha a los colegiados del VAR momentos antes de pitar el penalti contra Croacia./Afp
Néstor Pitana escucha a los colegiados del VAR momentos antes de pitar el penalti contra Croacia. / Afp
JON AGIRIANO

Solemos hablar de resultados engañosos para referirnos a aquellos que no se corresponden con los méritos que han hecho los dos equipos durante el partido. Lo cierto es que estamos acostumbrados a que los marcadores sean a veces incongruentes y nos los tomamos como una parte más del juego. Ayer, sin embargo, se produjo algo inédito y lo hizo ni más ni menos que en la final de un Mundial. Y es que el resultado engañoso -el 4-2 final que convirtió a Francia en campeona del mundo por segunda vez en su historia- comenzó a forjarse por obra y gracia de un artilugio inventado y puesto en circulación para evitar, precisamente, las injusticias del fútbol, los errores humanos que lo enturbian.

Reconozco que la final me dejó mal cuerpo. Y que conste que no se trataba de que mi corazón se inclinara ayer hacia Croacia. Esto era así, lo reconozco, por dos únicas razones: la primera, que los balcánicos no dejaban de ser el David que se enfrentaba a Goliath. La segunda, que me rechinaba que se llevara el título una selección con un fútbol tan plomizo que algunos solo podemos interpretar como una caída al abismo respecto a los dos últimos campeones, España en 2010 y Alemania en 2014. No. No se trataba de pequeños sentimientos de favoritismo sino de la manera tan opaca y sibilina en la que, a mi juicio, se decidió en buena medida el partido. No critico a Néstor Pitana, aunque no me gustara su arbitraje y todavía menos la tontería esa de dar a elegir entre «Rusia o Coca Cola» a Lloris y Modric en el saque de centro. Critico la absurda manera de emplear el videoarbitraje.

El VAR, clave

La realidad es que los responsables del VAR decidieron mirar hacia otro lado en una trampa de Griezmann, un piscinazo descarado en las proximidades del área. Era el minuto 18. Antes de que se produjera el lanzamiento, todo el mundo sabía que Pitana se había equivocado gravemente. Y decimos esto -lo de gravemente- porque somos conscientes de la importancia decisiva que han tenido en el Mundial de Rusia las jugadas a balón parado; más del 40% de los goles se han marcado de esta manera. Al árbitro argentino, sin embargo, nadie consideró conveniente avisarle de su error. Ni tampoco de que Pogba estaba en fuera de juego en esa falta de la que llegó el 1-0. Todo lo contrario de lo que sucedió veinte minutos después, cuando Croacia ya había empatado y Pericic, el autor del 1-1, tuvo la mala suerte de que el balón le pegara en la mano tras un córner. Nadie discute que le diera el balón, que por cierto no iba ni hacia el fondo de la portería ni hacia ningún jugador francés. A mi juicio, el golpeo fue involuntario. Su brazo estaba en una posición natural y no pudo apartarlo. Vamos, que no fue Piqué en el partido contra Rusia. Lo de Pericic fue una desgracia, sin más. Curioso, pues, este sistema de videoarbitraje capaz de castigar la mala suerte y no inmutarse ante una trampa.

¿Que Francia podría haber ganado en cualquier caso? Es posible. La potencia de 'les bleus' no se discute. En un campeonato disputado en el mes de junio, su sólido engranaje y su poderío físico se convierten en un arma de destrucción masiva. Su manera de avanzar por este Mundial, la juventud de sus componentes y el inmenso fondo de armario que Deschamps tiene a su disposición son, además, argumentos como para imaginar un ciclo de dominio del fútbol francés, cuya hegemonía deberán intentar asaltar en los próximos años las viejas potencias. Incluso habiendo llegado por detrás en el marcador al descanso, efectivamente, los franceses podrían haber remontado. Ayer, además, tenían la suerte de cara. Tras el 1-0 en propia puerta de Mandzukic, el 3-1 de Pogba, casi a la hora de partido, tras un mal despeje y un rebote en la espalda de Modric, poco después de que Lloris salvara a su equipo del 2-2 haciendo el paradón del partido, fue como para que los croatas pensaran que el destino les había condenado.

Ahora bien, dicho todo esto, si tanto insistimos en que los grandes partidos se deciden a veces por pequeños detalles, ¿cómo no reconocer que el VAR fue ayer uno de esos detalles que pudieron cambiarlo todo? ¿Cómo no quedarte con mal cuerpo sabiendo que el equipo que más lo mereció, el que mejor jugaba -61% de posesión frente a 39% y 7 remates frente a 1 en la primera parte- se fue al descanso en desventaja porque no se quiso hacer justicia? ¿Cómo no pensar, en fin, que el resultado de la final fue engañoso?

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