REENCUENTRO O DESPEDIDA

Sergio Ramos se eleva sonriente mientras sus compañeros corren al inicio de la sesión de ayer. :: efe
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Sergio Ramos se eleva sonriente mientras sus compañeros corren al inicio de la sesión de ayer. :: efe

Ante una Rusia llena de entusiasmo, España necesita volver a ser ella misma si quiere superar el desafío de vencer por primera vez al anfitrión de un gran torneo

JON AGIRIANO

Alo largo de la última década, España ha traspasado fronteras que parecían imposibles y ha roto unos cuantos tabúes tan arraigados que ya formaban parte de su identidad. Gracias a su ciclo triunfal, entre 2008 y 2012, La Roja se convirtió no sólo en un equipo ganador, con su estrella en el pecho, sino en una referencia futbolística a nivel mundial. Se ganó la admiración y el respeto de sus rivales, sobre todo de los más grandes y enconados, que le recibieron con honores en los salones privados de la aristocracia del fútbol. Ahora bien, a España le queda todavía un reto por superar, un desafío como el que se le vuelve a presentar hoy en el estadio Luzhniki de Moscú: derrotar a la selección anfitriona de un gran torneo. No ha podido hacerlo en tres citas mundiales anteriores, cuatro Eurocopas y una final de la Copa de Confederaciones. Este domingo debe ser el día de superar esa barrera.

En circunstancias normales, el partido se vería con mucho optimismo. Es más, habría que actuar contra el exceso de confianza. Rusia es inferior. Ninguno de sus futbolistas tendría sitio en el once de Fernando Hierro. Ni siquiera en la convocatoria de 23. El problema es que las circunstancias no son normales para España, cuyo juego ha mostrado debilidades alarmantes. Y La Roja no puede permitirse ese lujo. No es un equipo capaz de ganar porque sí, sencillamente porque ha nacido para eso, como le ocurre al Madrid, por poner el ejemplo más conocido. Nadie imagina a la selección avanzando a trompicones, de mala manera, al estilo italiano, acabando cada partido con la angustia y el alivio de quien ha alcanzado la orilla tras haber estado a punto de ahogarse. Para ser competitiva, España necesita jugar bien, sentirse fuerte y armónica. Como el Barcelona. Y no es casualidad porque fue este equipo, en su mejores años, el que dio buena parte de su esencia ganadora.

El duelo, por tanto, sólo plantea una incógnita: si el equipo de Fernando Hierro será capaz de recobrar el pulso perdido, si se reencuentra con él mismo o no. En caso afirmativo, algo muy extraño tendría que suceder para que no juegue los cuartos de final dentro de una semana. Ya se vio con Uruguay hasta dónde llega el equipo de Cherchesov cuando tiene enfrente un rival bien apuntalado, sólido, con oficio y autoridad. No tuvo ninguna opción. Encajó tres goles y sólo pudo rematar una vez entre los tres palos. Este es el camino que debe seguir La Roja. No hay otro. Como se meta por extrañas veredas, trochas oscuras y demás atajos imposibles, es decir, como repita la desconcertante imagen que ofreció ante Irán y Marruecos, este mismo domingo puede verse haciendo las maletas. Reencuentro o despedida, pues.

¿Cirugía masiva o puntual?

Y es que hay que dar por descontado que Rusia, por inferior que sea, va a jugar con una enorme pasión, sostenida por un público entregado cuyo papel puede ser muy relevante. No se trata de que los internacionales españoles, todos ellos con más mili encima que el sargento Arensibia, vayan a arrugarse por el ambiente. Se trata de lo que se hincharán los jugadores locales cada vez que pasen del centro del campo y sientan el rugido de las gradas de Luzhniki, una ciudad amenaza por las tormentas. Si los marroquíes y los iraníes provocaron tanto peligro en sus arrancadas, aprovechando la debilidad asombrosa del engranaje defensivo español, comenzando por un portero que es un manojo de nervios, mejor no imaginar lo que podrían provocar las cargas de caballería de los cosacos. Que, por cierto, están siendo el equipo con mejor puntería de este Mundial.

Se ha hablado mucho durante la semana de la responsabilidad de Hierro, emplazado a corregir la preocupante deriva de su tropa. Al malagueño le había llegado la hora de actuar, de meterse al quirófano y operar. Era una urgencia. Desde fuera, se hicieron inevitables las especulaciones sobre los cambios en el once que el seleccionador podría tener en mente. Había quienes apostaban por una cirugía masiva. Otros, por una más puntual y limitada. A medida que se ha ido acercando el partido, la impresión más extendida es que Hierro apenas va a tocar el once. Koke en lugar de Thiago en busca de un mayor equilibrio posicional. Y poco más.

La razón de este conservadurismo es doble. La primera, que no considera ni viable ni efectiva una revolución que pase por condenar de repente, en un partido a vida o muerte a algunas de las vacas sagradas y al portero que han traído a España hasta aquí. La segunda, que confía en esos futbolistas y cree que la mejor terapia con ellos es animarles, afilar su ambición, demostrarles la fe que les tiene. Hierro fue un futbolista de máximo nivel durante muchos años, veterano de cuatro Mundiales. Sabe lo importante que es para el jugador que le lleguen al corazón. Y confía en esa táctica para lograr que España vuelva a ser ella misma. Lo necesitará si quiere que la gran aventura del Mundial de Rusia no acabe este domingo abruptamente, con un fracaso que nadie imaginaba hace apenas tres semanas.

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