FIEBRE EN LAS GAUNAS

Miedo o interés

Felicidad de Cristiano Ronaldo tras la decimotercera Liga de Campeones blanca :: reuters/
Felicidad de Cristiano Ronaldo tras la decimotercera Liga de Campeones blanca :: reuters

VÍCTOR SOTO

Decía Napoleón que sólo dos palancas movían al hombre: el miedo o el interés. Pero el francés no se adornaba con mechas, ni lucía torso musculado ni tan siquiera jugaba al fútbol. Es más, el fútbol no existía. Eo sí, sabía calar a las personas, que no es lo mismo que ejecutar una chilena, pero que también tiene su utilidad.

En esas andaba Cristiano Ronaldo, pensando en Napoleón y sus sentencias, cuando sobre el césped del Olímpico de Kiev decidió estirar la alegría de la celebración tras conquistar la Liga de Campeones. Con esa cara satisfecha que se le queda a uno después de haber logrado algo grande (imagínese, el agricultor tras terminar de plantar un ordenadito renque de pimienta; el carnicero tras sacar unas chuletas de cordero; o el periodista, tras cerrar una brillante edición de su diario), Cristiano se enfrentó a las cámaras: «Fue muy bonito estar en el Madrid. En los próximos días daré una respuesta a los aficionados, que ellos sí siempre han estado a mi lado». Una respuesta pero, ¿a qué pregunta? Porque nadie se esperaba alguna declaración más allá de los tópicos, las dedicatorias familiares o los efusivos berridos habituales.

No es obligatorio alegrarse por algo bueno (aunque suele resultar habitual). Lo raro es enfadarse y lanzar un órdago, que luego tuvo su coda tras el paso por los vestuarios. «Soy claro y digo las cosas como son. No era un momento adecuado. No quería, pero tampoco me arrepiento. Ya he hablado con mi agente. No me ha calentado nada. Son situaciones que vienen de algún tiempo y te descontrolas. Las cosas no se solucionan con dinero», añadió.

Las alegres declaraciones de Cristiano en Kiev esperan respuesta

O sea que Napoleón se equivocaba. Si a CR7 no le mueve el interés, habría que decantarse por el miedo como motor de sus decisiones. Pero, ¿miedo a qué? ¿Al peluquero de las mechas? ¿Al futuro de su prole? ¿A no poder cumplir con las obligaciones tributarias?

La vida está llena de complicaciones. Para todos. Y a veces nos ponen tristes. Y la pena nos embarga en el momento más inoportuno, con palabras verdaderas que salen a borbotones de las tripas a la lengua sin pasar por el cerebro. Por ejemplo, podría pasarle a usted, después de hacer el amor, una buena faena, digna de final de Champions. «Fue muy bonito estar aquí», declararía con cara de seta. Su partenaire, probablemente, entendería su desazón vital, nietzscheana, le besaría y abrazaría con fuerza. O, como el mundo está lleno de personas malvadas, igual le mandaba a esparragar.

No sé qué clase de hombre es Florentino Pérez, si comprensivo o feroz. Pero supongo que algo ha de hacer ahora. No me gustaría estar en su pellejo porque en la celebración blanca de ayer se demostró con cánticos que los madridistas son gente indulgente y tolerantes con los deslices o los excesos de sinceridad.

Le toca al presidente blanco discernir si CR7 tiene miedo o sólo interés. Y si no es ninguna de las dos, que le den a Napoleón, que no pudo conquistar Europa ni una sola vez. Y Cristiano Ronaldo ya lo ha hecho en cinco ocasiones. Y sin despeinarse.

 

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