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Despedida con aplausos

Agradecimiento. Javi Muñoz responde con aplausos el cariño del público riojano./Antonio Díaz Uriel
Agradecimiento. Javi Muñoz responde con aplausos el cariño del público riojano. / Antonio Díaz Uriel

El Palacio respondió al envite llevando en volandas al equipo

Martín Schmitt
MARTÍN SCHMITTLogroño

Noche europea. De las que gustan al aficionado al balonmano. De esas que hacen subir las pulsaciones cuando el Palacio de los Deportes se convierte en el octavo jugador. Llegaba un equipazo a Logroño y la afición volvió a aceptar el envite para llevar en volandas a su equipo. Esta vez no hubo que protestar contra los colegiados croatas, que supieron pitar pasando desapercibidos. Pero el público ayudó en cada salto a que Junior Scott metiese sus ocho tantos, a que Tomás Moreira se batiera con dos mastodontes como Marsenic y Gojum; también intervino la afición cuando Lazar Kukic buscaba penetrar la línea defensiva alemana.

Pero el Füchse Berlin era mucho equipo y poco pudo hacer el público cuando las fuerzas empezaron a menguar, cuando los pases dejaron de ser tan acertados, cuando a Junior Scott le anuló la retaguardia berlinesa o cuando Sergey Hernández dejó de tocar cuero.

Porque ante todo, la afición riojana, que de esto ya sabe mucho, es consciente de cómo llegaba el Ciudad de Logroño a este encuentro, con Imanol Garciandia cojo por culpa de una fuerte contusión en la rodilla. También perdonó a Vanja Ilic, tantas veces el héroe franjivino esta temporada, que varios golpes le afectaran la pierna de salto, o que Javi Muñoz, hace dos meses en el dique seco, fallara algún lanzamiento. Porque la diferencia -sobre todo presupuestariamente- entre el Füchse Berlin y el Ciudad de Logroño es tan grande que cuesta imaginar que aguantara el equipo riojano en partido cincuenta minutos.

Este vez no hubo machada como cuando claudicaron el Lemgo, el Göppingen, el Flensburg, el Paris Saint Germain o el Kadetten, el último de ellos en caer en el Palacio. Sin embargo, el aplauso final reconoció el esfuerzo de los jugadores franjivino, que no aguantaron el ritmo teutón, pero que a cada golpe supieron levantarse para seguir batallando, creyendo que se puede seguir soñando con pasar a la siguiente fase del certamen continental.