VETUSTA Y LA LUZ

Pucho, cantante de Vetusta, durante el concierto. :: fernando díaz
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Pucho, cantante de Vetusta, durante el concierto. :: fernando díaz

JONÁS SAINZ - MÚSICA

Fue una estrella fugaz. Intensa y fulgurante, pero tan rápida que ya se echa de menos. Vetusta Morla es un cometa luminoso con una trayectoria imparable que sobrevuela Logroño con la regularidad de los astros. Sus casi dos horas de impresionante concierto la noche del jueves en Actual 2019 parecen ya apenas una décima de segundo en la memoria; justo el tiempo en que asoma al escenario la mirada bicolor de David Bowie en el traje de astronauta de Major Tom vagando por el cosmos desde hace cincuenta años. Es un instante marciano de 'La vieja escuela', aquella de la que son alumnos aplicados Juan Pedro 'Pucho' Martí (voz), David García 'el Indio' (batería y coros), Álvaro B. Baglietto (bajo), Jorge González (percusiones y programaciones), Guillermo Galván (guitarras, teclados y coros) y Juan Manuel Latorre (teclados). En sus veinte años de carrera, los de Tres Cantos han demostrado ser capaces de construir un estilo propio y llevarlo a lo más alto del firmamento de la música indie sin renunciar al legado del pop internacional del que son herederos. Todo lo contrario, lo reivindican orgullosos y su tour 'Mismo sitio, distinto lugar' es un homenaje de aire retro a lo aprendido a través de la vieja música. Una carpeta con fotos de los Doors y cintas de los Clash... Su paso por el Palacio de Deportes ante cuatro mil quinientas personas no fue el impacto de un meteorito como la noche de San Juan en la explanada de la Caja Mágica de Madrid con 38.000 fans abducidos por su influjo, ni siquiera el bombazo de hace cuatro años en La Ribera logroñesa ante nueve mil, pero sí fue una explosión luminosa en el espacio de los sueños. Su espectáculo fue brillante, vibrante, pleno de potencia y conexión con el público. Otro conciertazo para recordar, aunque sea una décima de segundo.

Tras Bware y Carlos Sadness cumpliendo con desparpajo la función de teloneros, empezando a calentar el ambiente de una noche gélida en el exterior, poco antes de las doce comenzaba un espectáculo que iba a durar hasta la una y media. Sonó 'Lonely world' de Moses Somney mientras una luz azul se apoderaba de la atmósfera en la que surgieron al fin los componentes del grupo para poner los motores en marcha con 'Deséame suerte' y cantar que ha sido mágico llegar hasta aquí. Despegaba la nave con el pasaje entregado desde el primer momento a su tripulación. Pese a no comenzar con 'Mismo sitio...', los temas del disco homónimo marcarían una ruta perfectamente definida por el guión previo de toda la gira, seguramente la más importante de cualquier formación española, combinando las canciones nuevas (salvo la primera y 'Punto sin retorno') con algunos de los clásicos más esperados desde aquel recordado álbum 'Un día en el mundo' (2008).

'El discurso del rey' provocó una primera sacudida entre el público y 'Palmeras en La Mancha' permitió comprobar la calidad del sonido, tanto en los pasajes más suaves como en los más fuertes. Muchos decibelios, pero nada ruido. Sería la tónica del show: un directo muy eléctrico y potente que no afecta a la esencia más delicada de esta banda sofisticada y llena de matices a los que atender. Eso y la total conexión con la gente, vibrando ya con los estribillos de 'Golpe maestro' antes de una primera pausa y el saludo de Pucho a un Actual que los tiene como referencia excesiva; todo hay que decirlo.

Si puede haber intimidad en medio de una multitud se produjo con 'Maldita dulzura', esa ranchera posmoderna con la que empezaron a echar la vista atrás. 'Cuarteles de invierno' y 'Copenhage', la primera con una explosión de luz y sonido, y la segunda cantada de principio a fin por los espectadores. Del azul danés, la luz y el tono variaron al rojo de 'Fuego' y 'Guerra civil' y su final violento que encadenaba ovación tras ovación y deseos de catarsis colectiva.

Mediada la travesía, aparecieron las constelaciones para que las surcaran el Mayor Tom de 'La vieja escuela', ese tema con el que Vetusta sintetiza la fórmula mágica que debe ser una canción desde que giran vinilos y casetes. Tras la sanjuanera '23 de junio' Pucho anunció que ya todo sería imprevisible, aunque lo cierto es que el show, estrictamente medido, se ajustó sin sorpresas al guión previo con 'La deriva' y 'Mapas' bajando, como siempre, del escenario y dejando que la banda demostrase todo el vigor de su directo.

'Sálvese quien pueda' y 'Valiente', coreadas gas a tope, empezaron a entrar en niveles de delirio, que seguiría creciendo hasta despedirse en falso una primera vez con 'Te lo digo a ti' y 'Fiesta mayor'. Faltaba un buen bis y no hizo falta ni pedirlo: a la vuelta 'Consejo de sabios' y 'El hombre del saco' se transformaron en un trance dance que condujeron la noche a la apoteosis final con la épica creciente de 'Días raros'. Y, con ello, el deseo de un pronto reencuentro en algún remoto lugar de la galaxia: nos quedan muchos regalos por abrir...

Pareció que nadie necesitara más. Había sido un conciertazo luminoso y cada cual se llevaba dentro su porción de estrella: un recuerdo, una foto, una décima de segundo, lo que fuera. Un iris psicodélico de Bowie perdido para siempre en las estrellas. Una luz...

 

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