VALVANERA

VALVANERA

«En los Montes Distercios, meciéndose en los brazos de la sierra, habita nuestra Madre. Asomándose al valle, a los hogares donde viven, laboran, oran, sueñan todos y cada uno de sus hijos, resplandece la Virgen»

IGLESIA

En los Montes Distercios, meciéndose en los brazos de la sierra, habita nuestra Madre. Asomándose al valle, a los hogares donde viven, laboran, oran, sueñan todos y cada uno de sus hijos, resplandece la Virgen. No hay vereda, rincón que no contemple con sus ojos maternos; no hay corazón filial que no acaricie con su amor prodigioso. Allí, en la estribación de La Demanda, entre La Umbría, el Mori y a la vista gozosa del Pancrudo, la Virgen nos contempla, nos cuida y nos espera con los brazos abiertos.

Los monjes que la atienden, que conviven con ella y de ella gozan, nos invitan a ir a visitarla, a mirarla de cerca, a congregarnos, peregrinos de fe, en su propia casa, que también es la nuestra. Es el Sol de La Rioja. Estar con ella es disipar el miedo, la añoranza, la ingratitud del frío. No hay promesa que en ella no se cumpla, plan que no fructifique, ideal que no llegue a hacerse carne, cercanía de niño.

La Iglesia Diocesana sube cada septiembre a poner al amparo de sus ojos de madre sus proyectos y afanes pastorales. Ella, llena de gracia, acoge sonriendo nuestros planes; trono de la sabiduría, la derrama sin tasa entre nosotros; espejo de justicia, nos impulsa a buscarla y construirla en este nuestro mundo. Ella, puerta del cielo, se abre de par en par para que entremos, y nos anima a abrir nuestras personas, templos, comunidades, para albergar a todos: los cercanos, los que un día se fueron y olvidaron su sitio en nuestra mesa, los que nunca tuvieron ocasión de escuchar la invitación de bodas que Jesús hace a todos. Nos anima a salir a cada instante al encuentro del pobre, el alejado. Que la iglesia es entrada y es salida y es comunión y abrazo.

Nuestro obispo Carlos Escribano nos convoca a todos los cristianos de La Rioja, nos llama a actualizar el compromiso bautismal, misionero; a hacerlo vivo; a ser buena semilla, levadura virtuosa, fermento. Nos convoca a ser pobres, entrañables, piadosos, esforzados, limpios de corazón, comprometidos con la paz, la justicia; libres como Jesús, que dio su vida, ¡qué abundancia de vida!, para todos. Nos convoca a la dicha, a la alegría de ser cauce entrañable de la vida de Dios para que llegue al corazón de todos. Hermosa invitación, meta ambiciosa que requiere una vida para llevarla a término.

Quiere nuestro pastor, atento al cambio de época, soplar sobre nosotros para volver a la ilusión primera del anunciar primero; insuflarnos el aire del Espíritu, que nos sacuda el polvo de la inercia, el lastre del desánimo, avive el ascua de la fe y nos mueva a dar con las respuestas que requieren los hombres y mujeres de hoy, nuestros hermanos. A tiempos diferentes, luces nuevas; palabras adecuadas a escenarios distintos. Sin perder el sentido ni equivocar el rumbo. Jesús de Nazaret es el Camino, la Verdad y la Vida. Y todo bautizado, desde su originalidad, desde su puesto debe vivir en Él y transmitirlo. Que Él vino para todos. El cristiano no puede dimitir de su misión: vivirlo es reflejarlo.

La Misión Diocesana, para ser eficaz, debe nutrirse del pan de la Palabra, del banquete eucarístico, de la predilección por los más débiles. Es comunión con todos. Solo desde Jesús puede irradiarse su mensaje evangélico. No llegaría a puerto sin la Estrella, que lo es de la mañana y de la noche: iríamos a oscuras. ¿No te animas? La Virgen de Valvanera repasa con amor todos los días las horas que le quedan para volver a vernos.

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