EL REGRESO DE PAQUITA SALAS

OSKAR BELATEGUI

Paquita Salas estrena mañana en Netflix su segunda temporada. Puede que usted no haya visto ni un episodio, pero a buen seguro habrá leído algún reportaje sobre sus creadores, Javier Calvo y Javier Ambrossi, Los Javis, convertidos ya en faro e icono de la 'generación millennial' gracias a la serie y a 'La llamada', su musical teatral llevado al cine. Lo que empezó como un juego de quince segundos en Instagram fructificó en una temporada de cinco capítulos que superaron el millón de visionados en la plataforma Flooxer de Atresmedia. Y de ahí el salto a Netflix, donde la estrategia promocional ha sido de quitarse el sombrero. Hemos visto a Paquita Salas en las oficinas de la plataforma en Los Ángeles en busca del jefe de la compañía, metiéndose en una promoción de los chavales de 'Stranger Things' o aconsejando a Amaia y Alfred antes de actuar en Eurovisión.

Aquellos primeros chistes con guiños para la gente de la profesión -actores y prensa cinematográfica- han acabado convertidos en un fenómeno que podrán ver en 190 países, con una audiencia potencial de 125 millones de espectadores. Paquita Salas es una representante de medio pelo que parece salida de una película de Almodóvar. Hay mucho del humor del manchego en sus peripecias, que destapan las miserias de una industria de andar por casa como es la española. Los cameos -Ana Obregón y Antonio Resines salen en esta temporada- y el desparpajo de Los Javis, actores, directores y dramaturgos antes de cumplir los 30, forman parte de un espectáculo que se odia o se ama con la misma pasión.

Pero Paquita Salas es, sobre todo, su actor protagonista, Brays Efe, un gallego de padres canarios de 29 años, que se traviste en agente de actores sin ánimo paródico: no imita ninguna voz, se depila y el pelo del personaje es el suyo. Cómo un chaval que sufrió 'bullying' en un instituto de Calahorra deviene en una cincuentona pegada al móvil sin que parezca la Tía de Carlos de Paco Martínez Soria es uno de los milagros de una serie que une la modernidad de las redes sociales y el costumbrismo de la España de mesa camilla y tele para marujas.

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