OTRA VEZ A DOS METROS

L.R.

En un ejercicio temerario he empezado a ver de nuevo 'A dos metros bajo tierra', el maravilloso título de HBO en torno a una familia que dirige una funeraria. La vi en su momento y me fascinó. No he dejado de recomendarla en los últimos 18 años y no creo que deje de hacerlo en los próximos 18. Envejece de fábula. Lo de que es temerario lo digo porque en estos tiempos -en que se estrenan series cada cinco minutos- retomar una producción de dos décadas atrás parece una locura. Y más una que consta de cinco temporadas con sus correspondientes 13 capítulos por tanda. Optar por algo así significará que tendré que renunciar a alguna de las propuestas imprescindibles de las que se va a hablar cada semana, que van a marcar un antes y un después en la ficción. Asumo el riesgo.

Me he reencontrado con los soberbios Michael C. Hall, Peter Krause y Frances Conroy y ahora todavía los admiro más. Nunca después han estado mejor (ni siquiera el primero con 'Dexter'). Supongo que no han tenido en sus proyectos posteriores unos papeles que diesen tanto de sí. El resto del reparto no le va a la zaga pero ellos tres -el hijo pródigo, el hijo reprimido, la madre liberada- ofrecían un festival interpretativo en cada secuencia, con tres personajes muy diferentes entre sí. En el episodio piloto hay una escena sublime durante el funeral del padre cuando la matriarca les confiesa a los otros dos que ha estado viviendo una aventura extramatrimonial con un estilista al que conoció en la iglesia. Ese momento en el que en medio de una calma perfectamente orquestada estalla todo expresa a la perfección el tono por el que discurriría la serie después.

En ese primer capítulo, Alan Ball hace un ejercicio de presentación de cada uno de los protagonistas que debería ser de obligado visionado. No necesita demasiadas explicaciones ni vueltas de tuerca para mostrarnos la complejidad de cada uno de ellos y los posibles conflictos a los que se van a enfrentar. «Mi familia es normal», le cuenta Nate a una joven -la maravillosa Brenda- que acaba de conocer en el aeropuerto. Nunca un clan normal resultó tan extraordinario. Se me había olvidado lo bonito y gratificante que es redescubrir.