Las fichas comidas de Parchís: explotación, sexo y ruina

Las fichas comidas de Parchís: explotación, sexo y ruina

Un documental estrenado en Netflix descubre el reverso turbio del éxito del grupo infantil, que no vio un duro pese a convertirse en un fenómeno social en España y Sudamérica en los 80

OSKAR BELATEGUI

Su historia se ha contado muchas veces. La de las estrellas infantiles explotadas, que no ven un duro y que cuando bajan del escenario de adolescentes se enfrentan a vivir toda una vida de recuerdos. A las cuatro fichas y al dado de Parchís les sucedió lo mismo. Resulta inevitable no emocionarse al final del documental que acaba de estrenar Netflix, cuando los miembros del grupo infantil se reencuentran cincuentones. A unos les ha ido mejor y a otros peor. Pero todos saben que cualquier chaval español crecido en los 80 lleva grabadas a fuego en su memoria sentimental el 'Comando G' y 'Parchís, chis, chis'.

El filme de Daniel Arasanz contiene abundante material de archivo, testimonios jugosos y canciones, muchas canciones de una banda que surgió a partir de un anuncio en el periódico que buscaba niños de 8 a 12 años que supieran cantar y bailar. En la España de 1979 triunfaban cosas tan bizarras como Enrique y Ana, un adulto acompañado de una niña, y la discográfica Belter, que vivía de las menguantes rentas de estrellas folclóricas como Rosa Morena, Lola Flores y Juanito Valderrama, se quiso apuntar al boom de la música para los pequeños.

«Es difícil de digerir que lo más brutal de tu vida te pase con 14 años», reflexiona en el documental el director Joaquín Oristrell, que en aquella época trabajaba como tutor de los chavales al ser primo de Yolanda Ventura, la guapa del grupo e hija del trompetista Rudy Ventura. Belter jugó bien sus cartas. Lanzó un doble disco de presentación y aquellos cinco chavales de Barcelona se convirtieron en estrellas con solo salir en 'Aplauso'. «Con diez años no sabes lo que significa la palabra éxito», se dice en el filme.

Disqueros, managers, representantes, productores cinematográficos... Todos sacaron tajada, menos los protagonistas. El éxito de Parchís se lubricó con arreglos musicales que sustituían las voces de los niños más pequeños por cantantes femeninas y con cheques de un millón de pesetas de la época para locutores y presentadores. Tino, el líder carismático, recuerda todavía el día del casting. A la salida escuchó al director artístico de Belter: «Canta bien, pero es tan feo el cabrón...». Después de los discos y las sintonías de series vinieron las películas, los tebeos, los chicles, las colecciones de cromos... Y un éxito en Sudamérica mayor todavía del que disfrutaban en España.

Un día de trabajo en Argentina podía consistir en rodar una película por la mañana y actuar en doble función en un circo por la tarde. Llenaron el estadio Azteca de México y el Madison Square Garden de Nueva York, hazañas con las que estrellas consagradas ni siquiera pueden soñar. Un año, recuerda Frank, el pequeño querubín rubio, pisó cinco veces el colegio. Una vez al mes, uno de los niños llamaba a cobro revertido a sus padres, que comunicaba las noticias al resto de las familias.

Los padres aparecen como los grandes culpables de la explotación de los pequeños. Se desatendieron de sus hijos contagiados de la borrachera de la fama, pero cuando quisieron darse cuenta todos se habían llenado los bolsillos menos ellos. «No sé quién robaba a quién», expresa gráficamente Yolanda. Cuando una madre preguntó dónde estaba el dinero, se reemplazó a su hijo, Oscar, por el pelirrojo Frank. «Vivían como los niños de la isla de 'El señor de las moscas'», apunta Oristrell. Lanzaban sillas por las ventanas en hoteles de lujo y exigían todos los caprichos, como niños que eran.

Y, claro, iban creciendo y descubriendo sus cuerpos. Con 15 y 16 años, Yolanda y Gemma tenían que tener cuidado cuando un empresario pedía que se sentaran en sus rodillas en alguna fiesta. Tino, por su parte, no solo seducía a las niñas, sino a las madres que se escondían en el armario de su habitación. La oferta de dar el salto a Estados Unidos de la mano de Disney, la compañía de juegos Parker y Atari exigía que el grupo pasara un año estudiando inglés y formándose en canto y baile. Pero Belter decide lanzar en solitario a Tino con 16 años y comienza el principio del fin.

«Nos haremos un cubata bien preparado, con hielo y ginebra, y fumaremos un cigarrillo a medias», cantaba Parchís en sus últimos tiempos. Cuando ruedan 'Parchís entra en acción' en 1983, los miembros del grupo ya no le hablan a Tino. Belter, que había ingresado millones en sus últimos años, se declara en suspensión de pagos y Tino, con 18 años, tiene que cumplir la mili. El final de su carrera en solitario tras tres discos no es la mayor desgracia en la vida de Constantino Fernández, que a finales de los 90 sufrió un accidente de circulación que le costó la amputación de un brazo.

'Parchís, el documental' nos retrotrae a un tiempo de inocencia, a una España a punto de sumarse al carro de la modernidad. Y en los saltos del presente a las imágenes de los 80 demuestra que de adultos no somos muy diferentes a como éramos en la infancia. «Los niños corren las aventuras más raras sin inmutarse», escribe J. M. Barrie en 'Peter Pan'.