El trastorno del apego

D. CHIAPPE MADRID.

Al adoptado le persigue el estigma. Si es de Rusia o los países del Este, el síndrome del alcoholismo fetal; si es de países latinoamericano o asiáticos, la violencia del entorno. Desnutrición, en el caso de africanos. Y siempre, el trastorno del apego (o del vínculo), ocasionado por el abandono: los niños desarrollan una desconfianza innata que puede durar dos horas o toda la vida cuando son adoptados. Sin embargo, hay casos de adopciones felices. La mayoría. Incluso hay familias con dos adopciones, distantes en el tiempo. Como la de Gabriela, que adoptó a su primer hijo empezado el milenio, en Ivanovo, al norte de los Urales. «Tenía un año y siete meses y, según lo vi, me enamoré de él», dice, quien recuerda que el niño tenía raquitismo y un pequeño trauma. «El vínculo se hizo muy rápido. Me echó los brazos al cuello».

Años después decidió adoptar otro. Esta vez en Kemerovo, una ciudad de Siberia. Para recogerlo viajó con su hijo mayor, para entonces de seis años. Entre los tres se han enfrentado al 'trastorno del vínculo' del pequeño. «Parecía hiperactivo sin serlo y tiene una tolerancia muy baja a la frustración. Los adultos tienen que ser muy fuertes, darles tranquilidad».

 

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