TERESA DE LISIEUX

TERESA DE LISIEUX

«Doctora de la Iglesia, patrona de las Misiones, Teresa nos revela que una violeta basta para aromatizar el universo, que no hay saber más hondo, misión más trascendente que el amor»

IGLESIA

Lisieux es universal, hogar de todos. Bastó una muchachita, latiendo en la clausura del Carmelo, para que Lisieux se convirtiera en corazón de la humanidad. Una muchacha, apenas una niña, acertó a contener en sí y a derramar la madurez más plena, la riqueza esencial: el amor de Cristo. Entendió bien la clave, el eje, el alma, la identidad del ser humano, la misión de la iglesia, su vocación en ella: ser llama de amor viva, transformarse en amor, en solo amor.

Así nos lo contaba en 'Historia de un alma' (cap. IX): «La caridad me dio la clave de mi vocación... Comprendí que la Iglesia tenía un corazón, y que ese corazón estaba ardiendo de amor. Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio... Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...! Entonces, al borde de mi alegría desbordante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! Sí, he encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me lo ha dado... En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor... Así lo seré todo...».

Amor universal: a las personas, los tiempos, los lugares. Si a los cinco años la muerte de su madre la sumió en la penumbra, la ternura entrañable de su padre y de su hermana Paulina, la sencilla belleza de su entorno y el amor de Jesús y de María, hicieron que irradiara la alegría más clara: la de las bienaventuranzas, la de la santidad.

En el 'Cántico de Celina' cuenta cómo en su infancia gozaba con las flores, con los pájaros, con el azul del cielo: «Me gustaban los campos, los trigales, /la colina lejana y la llanura. / Y era tanta mi dicha cuando con mis hermanas / cogíamos las flores... / Me gustaba coger las hierbezuelas, / las florecillas todas, los ancianos... / Me gustaban la blanca margarita, / los hermosos paseos del domingo, / el pájaro ligero gorjeando en la rama / y el radiante color azul del cielo.».

Pero no es la nostalgia de la belleza perdida la que canta, sino la gratitud de quien la encuentra multiplicada en el Amado. En Jesús recupera Teresa con creces lo vivido en su infancia. Y sabe que en Él lo tendrá siempre, jamás lo perderá, porque Él lo es todo: «Jesús, Lirio del valle, me cautivó tu aroma. / Ramillete de mirra, corola perfumada, / dentro del corazón quiero guardarte / y en él darte mi amor. / Junto a mí va tu amor, siempre conmigo. / En ti tengo los bosques y campiñas, / los ríos, las montañas, la pradera, / la lluvia de los cielos y la nieve. /Todo lo tengo en ti...». Emily Dickinson decía bellamente: «Todo lo que sabemos del amor es que el amor lo es todo». Gonzalo Rojas escribía que «el amor es, acaso, la última utopía que nos queda».

Teresa nos demuestra que el amor (a sí misma, a las hermanas, a la naturaleza y al Señor) no es ninguna utopía, sino lo más real de lo real. Doctora de la Iglesia, patrona de las Misiones, Teresa nos revela que una violeta basta para aromatizar el universo, que no hay saber más hondo, misión más trascendente que el amor.

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