«El 'spanglish' es el idioma de la frontera»

La autora, en su lucha contra el cáncer. :: Dhanraj Emanuel/
La autora, en su lucha contra el cáncer. :: Dhanraj Emanuel

La escritora tejana Stephanie Elizondo, que ha participado en el foro literario de Salamanca, retrata «las heridas» entre México y EE UU

MERCEDES GALLEGO NUEVA YORK.

En Texas, a su madre le lavaban la boca con jabón cuando la escuchaban hablar español en el colegio. A sus tíos incluso les partían los dedos a reglazos. Stephanie Elizondo (Corpus Christi, 1974) ha dado conferencias sobre sus libros en la universidad más antigua de Hispanoamérica, la de Salamanca. Ser chicano ya no es ninguna vergüenza, sino un símbolo de orgullo y de diversidad que la sacrosanta Universidad de Alcalá abraza cada dos años en su Congreso Internacional sobre Literatura Chicana y Estudios Latinos, organizado por el Instituto Franklin, que se acaba de celebrar en la Universidad de Salamanca.

«El 'spanglish' es el idioma de la frontera», reclama con dignidad. A ella no le enseñaron español en casa para ahorrarle humillaciones y en la escuela eligió el ruso, pero ahora que los hispanos son casi el 20% de la población de EE UU, «la próxima generación hablará mejor español que la nuestra, porque la gente manda a sus hijos a colegios de idiomas para que lo aprenda».

Identidad propia

LAS CLAVES«Un chicano es un mexicano cabreado. Pero ahora estamos rabiosos» Repasa los vertidos de las refinerías, el narcotráfico, el goteo de cadáveres y el orgullo herido

En las aulas que rectoraba Miguel de Unamuno ha intervenido esta latina, que pasó la primera parte de su vida huyendo de su infierno texano por los remotos confines de China y la Unión Soviética, y la otra mitad reencontrándose con sus raíces. En esa búsqueda de identidad por tierras aztecas descubrió con desolación que no era la mexicana que pensaba, sino una hija de la frontera que, ahora lo sabe, es en sí una identidad propia que ha encontrado al norte y al sur de EE UU. «Un chicano es un mexicano cabreado, y si antes estábamos cabreados ¡ahora estamos rabiosos!», suelta con una carcajada.

Entendió el dilema de su identidad perdida entre dos mundos después de un año recorriendo México, el día que se vio mintiendo sobre el atole (bebida de maíz) que le cocinaba su «abuelita» para calmar la perplejidad de una activista chiapaneca, exasperada con esta gringa que pasaba por mexicana sin entender nada de su cultura. «En realidad mi abuelita se suicidó a los 25 años dejando cinco hijos. Ni siquiera mi madre tiene recuerdos de ella. Mentir sobre ella me pareció algo tan horrible que tuve que replantearme de golpe qué es lo que estaba haciendo».

'Mexican Enough' (Lo suficientemente mexicana) acaba con esa falsa búsqueda al sur de sus orígenes, mientras que el libro 'All the Agents and Saints', que acaba de ver la luz en Estados Unidos, la sitúa por fin en su verdadera identidad: una hija de la frontera. Esa línea de 3.200 kilómetros a lo largo del Río Bravo sobre la que Donald Trump erigió su campaña con la promesa de un muro. El que ya ha cumplido la misión de separar a los dos países y a las dos mitades de Elizondo.

Desastre ecológico

«No encontrarás mucha gente en la frontera que esté en favor del muro», asegura. «Para empezar, eso supone expropiarles sus tierras a 2.000 dólares por acre (0.4 hectárea), cuando valen mucho más. Es también un gran desastre ecológico para cientos de especies que viven en ese ecosistema. Costará la friolera de 25.000 millones de dólares y encima está demostrado que los muros nunca han cumplido los propósitos para los que han sido construidos».

La literatura chicana se ha caracterizado por salpicar sus páginas de «la abuelita», la Virgen de Guadalupe, el padre dominante, la familia numerosa y una madre abnegada que pone platos sabrosos sobre la mesa. Elizondo forma parte de una generación que huye de esos tópicos y se centra en las heridas que supuran en la frontera: los vertidos de las refinerías, el tráfico de drogas, el incesante goteo de cadáveres anónimos y el orgullo herido por siglos de represión.

Con una larga mirada a ambos lados, la escritora y profesora de Escritura Creativa en la Universidad de Carolina del Norte se define como una antropóloga de los pueblos. Para explicar el flujo de inmigrantes ilegales señala a las grandes aberraciones que han perpetuado la miseria en México desde la conquista, exacerbadas con el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica que permitió la entrada de maíz genéticamente modificado y subsidiado por el Gobierno, hasta arruinar las milpas (maizales) mexicanas.

En lugar de gastarse 25.000 millones de dólares en un muro propone invertirlos en un Plan Marshall que les lleve a casa el sueño americano. Después de todo, «nosotros no cruzamos la frontera, la frontera nos cruzó a nosotros». Y, de camino, forzar a las petroleras a limpiar el desastre medioambiental que ha dejado una epidemia de cáncer como el suyo.