SOLOS

SOLOS

JONÁS SAINZ CRÍTICA DE TEATRO

No vamos a quedarnos solos; ya lo estamos. Todos juntos y todos solos. 'Solitudes' lo cuenta del modo poético en que Kulunka ya contó la bella historia de 'André y Dorine': con máscaras, con una sutil y potente expresividad, sin texto pero con una buena historia que relatar y con el sentido trágico y cómico de la vida de los hombres y mujeres viviendo en la incierta compañía de sí mismos. Reír y llorar como cuando llueve en el corazón y hace sol al mismo tiempo. Quizás no tan brillante como aquella sorprendente ópera prima y maestra, pero más arriesgada, más madura y de dramaturgia más compleja, también esta segunda obra consigue el singular prodigio de hacer aparecer sobre el escenario el arcoíris de las emociones puras.

La soledad, o la red de soledades compartidas de los seres humanos a lo largo de la vida, es la verdadera protagonista de esta historia de solitarios. La soledad ya aparece instalada como un mueble viejo en el hogar de ese matrimonio de ancianos donde el televisor llena los silencios hasta que llega el momento de jugar la partida, el único ratito en que la pasión regresa a la pareja que un día fue joven. La soledad se convierte en una ausencia fantasmal en la casa cuando la esposa muere de un modo casi cómico. El marido todavía la sueña al sonar la hora del tapete y los naipes. Aún más soledad se cuela en el piso cuando se hacen cargo de él, con más sentido del deber que cariño, su hijo y su nieta, otros dos solitarios pegados cada cual a sus distracciones: una cámara, un móvil, un perro, un noviete... La soledad está en las esquinas, llena la calle; parece venir del mar como una ola violenta... La soledad lo inunda todo en 'Solitudes'. Es una historia que conocemos bien.

Cuando el anciano encuentra la compañía de otra mujer solitaria, una ingenua prostituta primeriza con la que jugar su partida, la familia echará a perder su extraña amistad. Y al final, una simple mosca, solitaria también, malhumorada pero fiel, será su última compañía.

Todo lo humorístico que tuvo la muerte de la esposa lo tiene de conmovedor la del insecto. Así de amplio es el arco que traza 'Solitudes': de la risa a la lágrima.

Es una historia que conocemos bien; no precisa nombres ni palabras, pero Garbiñe Insausti, José Dault y Edu Cárcamo, dirigidos con gran sentido del ritmo por Iñaki Rikarte con la música de Luis Miguel Cobo, la cuentan con virtuosismo. Sus máscaras adquieren gestualidad propia, acentuada por el trabajo de luces. Y su expresión corporal, diversificándose en tantos personajes, recupera la artesanía de la mejor pantomima y la incorpora a la interpretación actoral moderna.

Que qué fue del anciano. Es una historia que conocemos bien. Cuando queremos darnos cuenta, ya es tarde, ya estamos solos.

 

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