SEMANA BÍBLICA

SEMANA  BÍBLICA

«Abrir el Evangelio, degustar su Palabra es una fiesta. El que se adentra en él sale tocado de bondad, de esperanza, de alegría, de ternura, de amor»

IGLESIA

Acercarse a un texto, a cualquier texto, requiere tacto, atención, delicadeza. Acercarse a un texto poético exige además preparación, estudio, sensibilidad acentuada. Acercarse a un texto bíblico, sagrado, supone, además de lo dicho, humilde devoción, unción piadosa.

Leer un texto es adentrarse en él y hacerle sitio para que también él entre en nosotros, nos haga compañeros de camino, nos cuente vivamente sus pensares, sentires, nos contagie su sombra o su alegría. Para ello, es importante comprender su lenguaje, conectar con su tiempo, sus hechuras, su autor, sus circunstancias. Cosa que no es tan fácil: muchas veces su origen queda lejos, su transmisión textual es fragmentaria, su lengua original ya no se habla.

¡Qué impagable labor la de cuantos a lo largo de los siglos han ido conservándonos las obras, traduciéndolas, poniéndolas al alcance de todos! ¡Qué alto agradecimiento se merecen! ¡Qué don nos han legado, qué inigualable herencia!

Esta semana, en las parroquias de la diócesis se ha celebrado la Semana Bíblica. Y hablo de celebrar, porque acercarse a la Palabra de Dios, entrar en ella, sumergirse en sus ondas palpitantes, dejarse penetrar por sus aromas es la más jubilosa de las celebraciones. Y si además se hace en comunión fraterna, compartiendo las luces que despierta la Palabra en cada uno, la fiesta es aún mayor.

Se trataba esta vez de ir contemplando el evangelio de Lucas, compuesto a finales del siglo I. Dirigido a la segunda generación cristiana, en el contexto cultural del imperio romano, el evangelista quiere dar una respuesta actual a las nuevas situaciones que van apareciendo. Es una generación que comienza a alejarse de las primeras referencias, de los primeros testigos de la vida, muerte y resurrección de Jesús; una generación a la que la distancia y el polvo de los días dificultan percibir la inmediatez y la frescura de la Buena Noticia; una generación que corre el riesgo de interpretar el mensaje evangélico como un hecho cultural del pasado, pero no como un encuentro personal con Jesucristo que afecta y compromete la propia vida en el seguimiento de su persona y su propuesta de fraternidad universal.

Lucas sabe que no es la hegemonía del Imperio quien dirige la historia, sino el amor del Padre manifestado en Jesús de Nazaret; que no es el soplo del azar o la pesada losa del destino los que gobiernan nuestra vida, sino la libertad y la gracia de ser hijos de Dios. Sabe bien que es la víctima quien vence y no el tirano, el que muere en la cruz y no el verdugo, el que vaga sin techo y no el que habita en palacios; que es el beso fraterno y no la espada, el perdón y no el odio los que crean hogar, humanidad. Sabe que el fanatismo intolerante es nada frente al amor al prójimo, que respeta y valora la originalidad, las diferencias. Y así lo expresa en su evangelio, recogiendo inspirada y laboriosamente cuantos testimonios, vivencias, tradiciones, fuentes documentales se le alcanzan.

Uno queda extasiado contemplando con qué delicadeza de ala virgen se hace niño en el seno de María el Misterio inefable (Anunciación); con qué pasión denuncia, libera, cura, abraza Jesús en Galilea; cómo dan en la diana de la dicha sus bienaventuranzas, sus relatos (el Buen Samaritano, el Hijo Pródigo); cómo carga en sus hombros nuestras cruces camino del Calvario; con qué gozo regresa a recrearnos con su resurrección.

Abrir el Evangelio, degustar su Palabra es una fiesta. El que se adentra en él sale tocado de bondad, de esperanza, de alegría, de ternura, de amor.

 

Fotos

Vídeos