YO SOY SCHMITT

YO SOY SCHMITT

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

Yo soy Espartaco. En una colina, los supervivientes del ejército de esclavos, derrotados por Roma, aguardan de nuevo las cadenas. Victorioso, el general Laurence Olivier busca a un hombre entre los prisioneros. ¿Quién es Espartaco?, grita. ¿Quién es Espartaco? Y cuando el cabecilla Kirk Douglas está a punto de entregarse... Yo soy Espartaco. Primero uno. Yo soy Espartaco. Yo soy Espartaco. Luego otro y otro más. Y así todos sus hombres se alzan como uno solo, un solo clamor: Yo soy Espartaco.

Aquí ocurre lo contrario. Aquí no hay héroes ni gestos nobles ni solidaridad. Aquí no hay afán de libertad ni sacrificio ni gloria. Y por supuesto nadie va a levantarse de la butaca a contestar a Javier Gutiérrez cuando pregunta: ¿pero quién coño es ese tal Schmitt? Nadie contesta porque todo los somos y nos horroriza reconocerlo. Todos lo somos, especialmente los hombres. Cobardes, cretinos, egoístas, unos auténticos capullos que tratan mal a la gente, a su mujer, a sus hijos, que se creen mejor que los demás, incapaces de ver más allá de sus narices y de mover un dedo por nadie. Esos que arruinan el mundo engordando la acomodada mayoría silenciosa. En fin, un cubo de mierda disfrazado de gran señor. Y sin embargo yo soy el señor Schmitt. Nadie va a dar la cara, pero así es: yo soy míster Schmitt. Y tú y él y tantos. Yo soy Schmitt.

'¿Quién es el señor Schmitt?' es una tragicomedia extrañamente divertida y crítica. Menos absurda de lo que parece y con más sentido que la vida real. El dramaturgo y actor francés Sébastien Thiéry está tan empeñado en quitar máscaras y disfraces a la falsedad del teatro burgués y a la sociedad de que es reflejo como cuando apareció desnudo en los premios Molière. Es lo que hace con Schmitt: despojarle de la falsa identidad con que vive complacido y, después de hacerle pasar una pesadilla, mostrarle la piltrafa que es en realidad y que todo el mundo ve salvo él.

Esa intención de teatro-espejo la interpreta sin concesiones amables Sergio Peris-Mencheta, siempre arriesgado, quien da con el tono exasperante y tragi-absurdo de esta cantante calva, sin cantante y sin calva, pero con un toque burlón de Ionesco y otro del Cortázar más cortante. Encerrado en la pequeña prisión doméstica de penumbra asfixiante y trato viciado, su matrimonio Schmitt es la célula cancerígena de una sociedad enferma.

El gusano tiene la cara, los modos y la forma de pensar del hombre vulgar y Javier Gutiérrez lo encarna como solo han sabido hacerlo los grandes pequeños, los Landa, López Vázquez o José Luis Ozores; pero él en el registro más descarnado, capaz de partir de la comedia y terminar con un brillo dramático en los ojos y un trágico disparo en la tapa de los sesos. Ágilmente acompañado por Cristina Castaño, lo que hace Javier parece sencillo, pero nadie combina tanta soberbia y tanta fragilidad para que el espectador se identifique con ese tipo aparentemente inocente, que primero parece víctima de un engaño kafkiano y finalmente resulta ser una cucaracha. Un pobre diablo.

Y, como él, despertar en el teatro al final de un sueño incómodo. Calzarte las babuchas. Pasar al baño. Y preguntarle al espejo: espejito, espejito, ¿quién es el mayor cabronazo del reino? En fin, todo aquello que haces a diario antes de vestirte de ti mismo y salir a la calle dispuesto a ser el puto amo.