DE SALUDOS Y ADIOSES

DE SALUDOS Y ADIOSES

«El cambio no es ruptura, no supone borrar lo ya logrado, sino avivar el ascua, alimentar el fuego del Espíritu, alentar la tarea de ir construyendo el Reino del amor y la justicia, patrimonio de todos»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

De saludos y adioses se compone la vida. Es un curso imparable, una corriente, que, si a veces sosiega, no es sino para contemplar lo ya vivido en aras de abordar con confianza el horizonte nuevo.

El saludar rejuvenece, alegra. Y es que ver luces nuevas, estrenar aires, rostros es volver a iniciarse en la aventura de creer, confiar, tentar las fuerzas, soñar, ir poco a poco adivinando lo que está más allá de nuestra vista y viene a nuestro encuentro. La despedida es triste siempre, siempre teñida de una niebla, de una pena de fondo. Dejar atrás personas y labores, citas acostumbradas, viejos hábitos es cerrar una puerta que se abrió muchas veces, culminar una empresa, clausurar un período. El saludo nos abre perspectivas inéditas, esperanzas en flor, proyectos vírgenes que esperan nuestro aliento. Decir adiós contrista, sobrecoge, genera incertidumbre, nos separa de escenas y lugares amigos, nos tala convivencias, nos destierra de una parte entrañable de nosotros mismos.

El cambio es doloroso; significa moverse, trasladarse, seleccionar lo que uno ha de llevarse y lo que ha de dejar; es una herida, que, en ocasiones, cicatriza muy tarde. Pero tal marejada, hecha la calma, acaba descubriéndonos playas acogedoras, islas nuevas, amistades profundas, nuevas maneras de entender el mundo, de amarlo y de entregarse a mejorarlo.

Todos somos llevados día a día, lo queramos o no, más allá de este hoy recién llegado. No es excepción la iglesia, tampoco nuestra diócesis. Este mes de septiembre es escenario de nuevos nombramientos pastorales. Muchos de nuestros pueblos despiden a los que hasta ahora eran sus párrocos y dan la bienvenida a los que llegan a compartir su fe y su amor con ellos. Despedidas, saludos que nos llenan de tristeza y de gozo al mismo tiempo: tristeza de tener que decir adiós al que se aleja, alegría de dar la bienvenida al que toma el relevo. El sentimiento popular es hondo, intenso en ambos casos: cariño agradecido al que se va, tras la labor cumplida; cariño agradecido al que se ofrece como nuevo pastor.

Emociona escuchar a los pastores que nos dicen adiós, tras haberse gastado y desgastado sirviéndonos, pedir perdón por sus fragilidades y carencias y agradecer a todos el buen trato y el trabajo en común para que la parroquia sea madre, familia, hogar de todos. Y es hermoso escuchar a los pastores que llegan agradecer la bienvenida y ofrecerse a caminar con todos, al servicio de todos.

El cambio no es ruptura, no supone borrar lo ya logrado, sino avivar el ascua, alimentar el fuego del Espíritu, alentar la tarea de ir construyendo el Reino del amor y la justicia, patrimonio de todos. Mucho del que se va siempre se queda allí donde ha vivido y trabajado; mucho también se lleva de la comunidad en la que ha estado. La siembra y la cosecha de la vida son amores recíprocos.

No hay circunstancia, por difícil que sea, que no ofrezca ocasión de crecimiento. Incluso las carencias nos curten, nos ayudan a entender al hermano y entendernos. Dice el proverbio chino que «cuando soplan vientos de cambio, algunos levantan muros y otros construyen molinos». Nuestras comunidades son molinos de amor que mueve el viento del Espíritu, trigo de comunión, harina buena, pan hermano, eucarístico. Adioses y saludos se convierten en ellas en gozo bautismal, en vino nuevo.

Hay quienes se jubilan; la enfermedad, los años no perdonan ni a quien perdonó tanto. Pero estad bien seguros de que allí donde estén seguirán siendo pastores, mensajeros de la Buena Noticia, servidores de los más necesitados.

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