¿Sabemos lo que comemos?

¿Sabemos lo que comemos?

Los cambios en los hábitos de vida hacen que cada vez sea más difícil llevar una alimentacion sana | Elegir productos naturales y mínimamente procesados repercutirá directamente sobre nuestra salud y bienestar

NOEMÍ CARRILLO RUIZ

Todos los días somos bombardeados acerca de la importancia de los buenos hábitos alimentarios y su relación directa sobre nuestras salud y, por ende, sobre nuestro bienestar físico y mental. De hecho, la alimentación constituye un pilar fundamental en la prevención y control de las enfermedades crónicas. Se ha comprobado que la urbanización de la población, la desregulación de los mercados (el auge de los hipermercados y la desaparición de las tiendas de barrio), el aumento de la riqueza de los países y la publicidad y mercadotecnia influyen negativamente sobre dichas directrices y directamente sobre el aumento del consumo de productos ultraprocesados.

Desde los años 70, los alimentos han sido clasificado en siete grupos atendiendo a sus características funcionales: energéticos (carbohidratos y grasas), plásticos (proteínas) y reguladores (minerales y vitaminas). En el 2014, un grupo de expertos de la Universidad Sao Paulo de Brasil publicaron una nueva clasificación de los alimentos llamada NOVA, atendiendo al grado de procesamiento de los mismos:

1.- Alimentos sin procesar o mínimamente procesados: son alimentos que no han seguido ninguna manipulación industrial o que han precisado un mínimo procesamiento para garantizar su preservación sin otras sustancias añadidas. Se trata de frutas frescas, secas o congeladas, verduras, legumbres, frutos secos, carnes, pescados mariscos, huevos y leche.

2.- Ingredientes culinarios procesados: son sustancias extraídas y purificadas por la industria a partir de alimentos u obtenidas de la naturaleza, y se emplean en la potenciación nutricional y organoléptica de la comida. El caso de grasas, aceite, sal, azúcar.

3.- Alimentos procesados: son aquellos en cuya elaboración se les agregan grasas, aceites, sal, etc. para hacerlos más duraderos y sabrosos, como el pan; quesos, pescados, mariscos y carnes salados y curados; y frutas, leguminosas y verduras en conserva.

4.- Productos ultraprocesados: son productos creados totalmente por la industria a partir de sustancias derivadas de los alimentos, pensados para un consumo y cocinado rápido. Estas elaboraciones son ricas en aditivos, grasas, sal y azúcares y, por contra, pobres en fibra, proteínas y nutrientes. Es el caso de las patatas fritas, snacks salados o dulces, refrescos, helados, chocolates, zumos, galletas, barritas energéticas, fritos, hamburguesas, sopas, pasta, arroz, etc.

En resumen, los platos que se entienden como caseros son una combinación de los alimentos pertenecientes a los tres primeros grupos, y todos los incluidos en el cuarto pretenden ser una imitación de la comida tradicional, pero en verdad esconden unas propiedades nocivas para nuestra salud enmascaradas bajo ciertos ingredientes (aditivos) que los convierten en extremadamente sabrosos y casi adictivos. Todos los cambios socioeconómicos, su bajo precio y fácil preparación, y un marketing muy persuasivo y atrayente hacen que el consumo de estos productos ultraprocesados tenga un incremento constante en los últimos años, principalmente en adolescentes, jóvenes y población trabajadora.

Un aditivo, según refiere AECOSAN (Agencia Española de Consumo, Seguridad alimentaria y Nutrición) es cualquier sustancia, natural o no, que se añade a un alimento con un propósito tecnológico en las distintas etapas de su fabricación, transporte o almacenamiento, con los siguientes fines:

1.- Conservar la calidad nutritiva de un alimento.

2.- Asegurar la seguridad y la salubridad de un alimento.

3.- Dar homogeneidad al producto.

4.- Proporcionar alimentos a un grupo de consumidores con necesidades dietéticas especiales.

5.- Aumentar la estabilidad de un alimento o mejorar sus propiedades organolépticas.

6.- Favorecer los procesos de fabricación, transformación o almacenado de un alimento, siempre que no enmascare materias primas defectuosas o prácticas de fabricación inadecuadas.

Todos los aditivos están recogidos en el Codex alimentarius, propuesto por la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación) en 1961 y reconocido por la OMS (Organización Mundial de la Salud) en 1963, con referencia mundial a día de hoy para los organismos nacionales de control de los alimentos y el comercio alimentario internacional. Existen 27 tipos de aditivos, que se clasifican en función de sus propiedades (colorantes, conservantes, antioxidantes, espesantes, correctores de la acidez, potenciadores del sabor, etc.) y se enumeran siguiendo la normativa europea: tres dígitos precedidos de la letra E, siendo el primer número el que hace referencia a su función. Antes de ser utilizados en la industria alimentaria cualquier aditivo es sometido a estudios de toxicidad aguda y a largo plazo, de teratogénesis, de carcinogénesis y de mutagénesis, para así establecer la cantidad máxima de consumo, conocida como Ingesta Diaria Aceptable (IDA), o bien desaconsejar su uso si los datos disponibles no son concluyentes. La incertidumbre que genera el consumo de los aditivos es el potencial daño de la suma de todos ellos, puesto que en un alimento ultraprocesado podemos encontrar varios tipos de aditivos, y a lo largo del día ingerimos no uno, sino muchos alimentos ultraprocesados, que multiplicado por meses y años de consumo podría elevar el riesgo para nuestra salud.

Como conclusión, puede constatarse que los aditivos son y serán fuente de controversia en el futuro. No hay que obviar que gracias a parte de ellos, como los conservantes o los antioxidantes, los alimentos pueden conservarse en mejores condiciones para su consumo sin provocar, por ejemplo, infecciones alimentarias.

Pero hay muchos otros que son suprimibles, como los colorantes y edulcorantes, ya que sólo proporcionan un aumento innecesario del color y del sabor, cuyo propósito es hacerlos más atractivos al consumidor. Por tanto, sería aconsejable optar siempre por los alimentos frescos o con el menor número de componentes.

Y a la hora de hacer la compra, no hay que volvernos locos ni ir con una lista de números E, sólo tenemos que aplicar el sentido común y escoger los alimentos en su estado más natural, huyendo de los alimentos ultraprocesados.

Como ya decía Hipócrates: «Que tu medicina sea tu alimento y tu alimento tu medicina». Elegir una alimentación sana, con productos naturales y mínimamente procesados repercutirá directamente sobre nuestra salud y bienestar.

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