LA RIOJA

CARLOS SANTAMARÍA ANECDOTARIO

La Rioja celebra su día, una fiesta que en los últimos tiempos vivimos con gesto agridulce, como aquel año que empecé las vacaciones de verano con un brazo escayolado. Para meterme en la piscina me tenía que envolver el brazo roto con un cubre-escayola de plástico azul y bajar por la escalerilla despacio, como un astronauta llegando a la Luna. No podía lanzarme de cabeza ni tampoco salpicar haciendo un escándalo al tirarme de bomba, que es la expresión genuina de la felicidad infantil de los veranos. Estamos así, celebrando aunque las cosas no tiren; seguimos entre el aislamiento y el ninguneo al que nos condena siempre el juego de tahúres y filibusteros que se libra sobre las blandas moquetas del Congreso de Madrid. Pero festejamos nuestro día, llega otra vez el nueve de junio a esta comarca imperturbable como de cuento de Tolkien y levantamos las copas al cielo para brindar. Hay motivos para estar de fiesta y también para no estarlo; tampoco pasa nada, ya lo dice Bilbo Bolsón en la primera escena de 'El Señor de Los Anillos': «No es algo malo celebrar una vida simple».

Hoy La Rioja no cuenta para nadie, tal vez porque nuestros vecinos han sabido explotar mejor su pasado, que es tan rico en reinos, coronas, batallas y leyendas como el nuestro. Esta fértil tierra riojana es la del Reino de Nájera, el corazón del brumoso y enigmático Reino de Viguera, hogar de reyes, tierra de conquistadores o cuna del castellano. Pero nos falta el hecho diferencial que ondea en otros despachos. Cada vez que una 'nacionalidad histórica' agita la bandera de su singularidad oímos el oscuro tintineo de las monedas cayéndose por el suelo; parece cosa de magia. Todas las regiones de España son distintas en historia y tradiciones, pero aquí no hay idioma propio, sólo el que nació en San Millán y en el que hoy sueñan, hablan, ríen, cantan y leen seiscientos millones de personas en todo el planeta.

Hace 40 años hubo una generación que creyó que se podía cambiar el mundo. «Pensábamos que todo era posible» - me confesaba una tarde Jesús Vicente Aguirre- «y por eso cantamos 'La Rioja existe pero no es'». Hoy parece lo contrario, porque La Rioja es, pero no existe.

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