«Me riño mucho a mí misma»

Lydia Valentín se confiesa: «De pequeña jugaba a las canicas contra los niños del pueblo y si alguno me ganaba le pegaba»

ARANTZA FURUNDARENA

Acaba de ingresar en el club de los omnipresentes, ese selecto círculo presidido por la cantante Rosalía, cuyo don de la ubicuidad roza lo sobrenatural. Desde que Lydia Valentín ha regresado de Turkmenistán con tres medallas más al cuello y un doble título de campeona del mundo de halterofilia, los medios la solicitan y las marcas se la rifan. Además de atender múltiples entrevistas, narrar su última gesta y participar en todo tipo de shows televisivos, Lydia ha ejercido esta semana como embajadora de 'Historias de confianza', campaña promovida por la firma Reale Seguros.

La confianza, según la bicampeona, es la clave de su éxito. Primero, en ella misma. «Soy más fuerte por dentro que por fuera», sentencia. Y después, la que han depositado en su persona sus entrenadores y su familia. «Para ganar una medalla de oro hay que contar antes con el apoyo de la gente que te rodea. Sin eso, es imposible llegar al podio». Lydia, además, se confiesa confiada. «Es que, como dice el refrán, quien no se fía no es de fiar». Y ella, berciana nacida en Camponaraya, a cinco kilómetros de Ponferrada, se considera una leonesa «muy leal».

También es tremendamente competitiva. «Eso nace con la persona», se justifica. Su madre la recuerda de bien pequeña saliendo a jugar al patio trasero de su casa con su bolsa de canicas, dispuesta a vapulear a todos los niños del pueblo. «Y si a alguno no le ganaba era capaz de pegarle», reconoce entre risas. Por supuesto, a sus 33 años de edad, y tras 18 formándose como deportista de elite, el mal perder lo tiene más que superado. La haltera no piensa alterarse si finalmente no es ella la abanderada de la delegación española en Tokio 2020. «Disgusto ninguno -tercia Lydia-. Si se lo dan a Craviotto, que es otro gran deportista, me alegraré por él. Pero la verdad es que a mí me encantaría. Creo reunir los méritos y para mí sería un sueño llevar mi bandera. Es el momento más mágico que existe en unos Juegos después de haberte subido al podio. Sé que voy a emocionarme, y si se me escapa una lágrima no pasa nada; hasta va a quedar más bonito».

A pesar de la soltura que suele mostrar ante las cámaras y de ser la campeona mundial de arrancada, Lydia Valentín se considera poco impetuosa. «De niña era bastante tímida -explica-. Solo con la familia me soltaba un poco y me mostraba dicharachera». La familia es el punto débil de esta deportista de acero. «Es lo que me hace vulnerable, lo único que puede romperme. Quizás porque me he pasado la vida alejada de ellos y les he echado mucho de menos». Es la mediana de tres hermanas y recientemente se ha convertido en tía de dos gemelas y un niño. «Ellos representan mi auténtica debilidad y mi mayor felicidad». Pero que nadie le pregunte si piensa formar pronto una familia o si tiene tiempo para enamorarse porque se arriesga a recibir un zasca como el que se llevó Pablo Motos, por mencionar cuestiones que normalmente no se les plantean a los deportistas masculinos.

«No cambiaría nada»

Lydia es disciplinada y autoexigente en extremo. «Me riño mucho a mí misma», confiesa. Tal vez por eso, se esmera en controlar la imagen que proyecta en los medios. Ante las cámaras suele mostrarse simpática y colaboradora, pero también hermética en lo referente a su vida privada. «Soy una mujer muy trabajadora, 'superleal' y, sobre todo, muy alegre». Así se autodefine esta treintañera aficionada al rap y gran devoradora de pasta «sin salsa». De sus defectos prefiere no hablar. «No cambiaría nada de mí porque todo me ha servido para convertirme en lo que soy», razona.

A pesar de que la halterofilia le deja las palmas de las manos llenas de callos, Lydia no está dispuesta a renunciar a la manicura, ni tampoco al rímel o al maquillaje... «Antes que deportista soy mujer», recalca. Su faja de 'Hello Kitty' y las manos en forma de corazón con las que posa después de cada triunfo contribuyen a suavizar un deporte especialmente duro. Lydia se ha refugiado esta semana en su pueblo, al calor de la familia, para «disfrutar de un buen botillo» y digerir de paso su reciente triunfo. Y eso que en el fondo se lo esperaba... «No me sorprendo a mí misma -dice- porque las cosas por casualidad no pasan».

 

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