REZANDO POR NUESTROS POLÍTICOS

REZANDO 
POR NUESTROS POLÍTICOS

«Los hay muy buenos, buenos, regulares y malos, pero no es de recibo que lo mismo sean nombrados para un roto que para un descosido. No todo el mundo vale para todo. Algo parecido puede pasar entre el clero»

ANÁLISIS

Como es sabido, el Papa Francisco vive en la ciudad del Vaticano, en la Casa de Santa Marta, una casa muy modesta, pensada para sacerdotes y obispos que trabajan en la Santa Sede. Ocupa la misma habitación que le fue asignada antes del cónclave, por sorteo. Aprovecho para destacar que Francisco no ha vivido nunca en los aposentos que componen el Palacio Apostólico. Serán una maravilla cargada de arte y de historia, pero para vivir, lo que se dice vivir el día a día, resultan técnicamente una lata, como se puede comprender. Los obispos, hoy y al menos en España que yo sepa, tampoco viven en los palacios diocesanos. Viven en un piso con sus padres, si los tienen, en el hogar sacerdotal o en el seminario, como es nuestro caso con don Carlos.

Francisco, desde su elección, celebra la misa en la capilla de la casa, y la celebra para los trabajadores/as del Vaticano. Los días 'gordos' litúrgicamente hablando, como es lógico, celebra en la Basílica Vaticana o en la Plaza. Y todos los días dice unas palabras sencillas, con aplicaciones muy concretas. El lunes pasado, a propósito de una carta que escribió San Pablo a su discípulo Timoteo, el Papa animó a sus oyentes a rezar por sus gobernantes. De hecho, hizo la siguiente pregunta, sobre todo a los italianos que han vivido -o sufrido- recientemente una crisis gubernamental: «¿Habéis rezado por quienes han sido llamados a dirigir el país?». También, y expresamente, Francisco se refirió a los políticos «para que puedan llevar cabo su vocación con dignidad». «La política, ha dicho el Papa en más de una ocasión, es una de las formas más altas de vivir la caridad». Pero eso hay que vivirlo, claro.

En alguna ocasión he mencionado en esta columna que yo rezo por nuestros políticos. Y lo hago, sobre todo desde mi enfermedad, repasándolos uno por uno ya que dispongo de un tiempo bastante holgado.

Y rezo por los que me caen bien y por los me caen menos bien que, la verdad, son bastantes. Entiendo que se han profesionalizado demasiado y que ocupan un espacio demasiado determinante y acaparador en la sociedad.

Pocos son los que acceden al poder con una cierta preparación, con vocación y dotes de gobierno. Muchos de ellos están ahí por la sencilla razón de que «aquí hemos caído».

Otros muchos no tienen ni de lejos una determinación clara de servir, aunque se les llene la boca la palabra «pueblo». Llama la atención, y así lo he oído comentar por activa y por pasiva a todo tipo de gente con la que tropiezo por la calle, que «lo único que les ha unido y motivado hasta ahora es el aumento de sus ya interesantes salarios o nóminas o sueldos».

Los hay muy buenos, buenos, regulares y malos, pero lo que no es de recibo es que lo mismo sean nombrados para un roto que para un descosido. No todo el mundo vale para todo. Algo parecido puede llegar a pasar entre el clero, por citar algo que conozco bien. No todos los curas valen para todo -algo imposible-, y eso habida cuenta de que un cura es un señor que ha sido preparado para ello durante largos e intensos años de seminario y un tiempo adicional de práctica. Yo, en suma, rezaré, y haré rezar, porque nuestros políticos tengan -al menos- calidad humana: que no digan una cosa y hagan otra, que se responsabilicen de sus actos, que no engañen con eufemismos, que no busquen su ego, su medro personal.

Y ya puestos a rezar, lo haré especialmente -y perdonen la personalización del caso- por un señor que allá por julio de 2013 dijo algo tan esperpéntico como lo siguiente: «En España nos faltan dos cosas para estar al nivel de Europa: guillotinas y haber quemado más iglesias». Este político se va a incorporar a nuestro Gobierno autonómico, si alguien no lo remedia. No voy a polemizar con él; simplemente le ruego que cuando venga y se disponga a quemar alguna iglesia en La Rioja, en mi tierra, por favor, que me avise, que prefiero morir del cáncer que abrasado vivo en un templo.

Dicho lo dicho, le mando un cordial abrazo como a todos nuestros hombres y mujeres de la gestión pública.