«Quizá ganara más dinero vendiendo exclusivas que con la literatura»

La escritora Carmen Posadas, en el salón de su domicilio madrileño. :: Alberto Ferreras/
La escritora Carmen Posadas, en el salón de su domicilio madrileño. :: Alberto Ferreras

«Hay profesionales de la frivolidad que viven de maravilla gracias a ella», asegura la autora de 'La maestra de títeres' Carmen Posadas Escritora

MIGUEL LORENCI MADRID.

Con dos hijas y cinco nietos Carmen Posadas (Montevideo, 1953) dedica las mañanas a escribir y las tardes a hacer de abuela. Publica 'La maestra de títeres' (Espasa), un retrato de tres épocas de la sociedad española -años cincuenta, la Transición y la actualidad- a través de tres mujeres de la misma familia. Se equivocará quien crea identificar a su protagonista, Beatriz Calanda, inmarcesible reina del cuché, de vida exagerada y excesiva, casada cuatro veces, madre de cuatro hijas, «y una desconocida para todos pero que maneja todos los hilos».

-¿Refleja cómo hemos cambiado?

-Sí. Narro la historia reciente de España desde el prisma de la gente de a pie. Siempre se cuenta a través de reyes, políticos y grandes personajes, y quería reflejar los cambios en ese tiempo mediante tres mujeres: abuela, madre e hija.

«La gente me perturba. Me cuesta mucho ser lo simpática y estupenda que los demás creen que soy»

-Sobre todo a través de una reina de las exclusivas.

-Así es. Quería que las mujeres encarnaran los valores o la falta de valores de cada época. En el presente mediante un personaje llamativo, una dama que se dedica a vender su vida por entregas como si fuera una novela.

-Quien crea saber ya quién es Beatriz Calanda, ¿se equivocará?

-Sí. Es un 'collage'. Tomo algunos elementos de la realidad: el aspecto físico de aquí, las características personales de allá, de esta un tic, de aquella sus matrimonios....

-¿Tiene algo de usted?

-Sí. Es una 'outsider', como yo. Viene de otro país y sufre un choque cultural fuerte. Eso es ventajoso para la literatura. Nadie describe tan bien una sociedad o un país como alguien que viene de fuera. Quienes mejor retrataron a España fueron Mérimée, Dumas o George Borrow.

-¿Beatriz Calanda es una pija?

-Tal como lo entiende la gente, sí.

-¿Le ofende que la llamen pija?

-Me lo han llamado mil veces y lo tengo muy asumido. A todo el mundo le colocan una etiqueta y a mí me ha tocado esa. Podría haber sido mucho peor.

-¿Se creará enemigos con el libro?

-He intentado hacer un retrato amable y veraz, que es peligrosísimo. Lo más difícil es tener una posición aséptica. No contentas a nadie. Los de derechas pensarán que eres una roja y los de izquierdas que eres una facha. Para evitarlo, he anulado al narrador y he dejado que hablen los personajes.

-¿Todos somos frívolos?

- Sí. Pero hay profesionales de la frivolidad que viven de maravilla gracias a ella. En cada época se es frívolo de una manera, pero ahora hemos llegado al desparrame, al engendro. En otras épocas, más gloriosas en apariencia, también había frivolidad. En la Transición éramos frívolos con una pátina cultural. Para estar en la pomada debías leer a Althusser, escuchar a Mahler y aburrirte como una seta con las películas japonesas. Hoy hemos llegado al paroxismo. Al frikismo. Cuanto más histriónico, absurdo y escatológico seas, más dinero sacarás. Lo asombroso es que lo que antes era un engendro es ahora un modelo envidiable y ¿respetable?

-¿Cómo se libró del acoso de los paparazzis?

-Salí del infierno del famoseo por voluntad propia.

-¿Se ganaría mejor la vida vendiendo exclusivas que escribiendo?

-Quizá hubiera ganado más dinero, pero siempre me espantó. Estar en el ojo público me convirtió en una insomne irredenta. No podría vivir de las exclusivas. Tienes que ser muy vanidoso para aguantarlo.

-¿Cómo es de vanidosa?

-Nada. Las mujeres somos coquetas. Mucho menos vanidosas que los hombres, aunque tengamos fama de lo contrario. Tengo tan interiorizado que no hay que serlo que anulo mi vanidad. Mi autoestima está por los suelos. Me tengo que reforzar y decirme que no lo hago tan mal. Y eso que la vanidad puede ser útil. Tuve una crítica espectacular en 'The New York Times', pero para creérmelo la pegué en un corcho en el cuarto de baño y recibir chutes de autoestima cada vez que me daba la 'depre'.

-«La verdad no existe, se fabrica», repite su personaje. ¿Lo cree así?

-Claro. Todos lo hacemos. Es necesario. Si fuéramos con la verdad por delante seríamos insoportables. Sería una calamidad y una falta de caridad hacia el prójimo. La verdad se fabrica, pero con las 'fake news' hemos llegado al extremo.

-¿Ni sus maridos ni sus hijas conocen a su reina del cuché?

-Es impenetrable. Se fabrica su personaje y desdibuja la realidad. Ni ella sabe muy bien cuál es su verdad. Olvida 'convenientemente' partes de su biografía y resalta otras. Todos representamos un papel ante la galería, ante la familia, ante los lectores... Incluso contigo, y al final te engañas.

-«Yo es otro», decía Rimbaud, pero ¿todos somos multitud?

-Soy legión. No sé cuántos yoes tengo. Y luchan entre ellos, como los de Kafka, que dijo que las peleas entre ellos le hacían sangrar. Los míos se llevan muy mal, pero no llegan a tanto. Soy muy solitaria y necesito pasar muchas horas al día conmigo misma. La gente me perturba. Me cuesta mucho ser lo simpática y estupenda que los demás creen que soy. Fabrico un personaje.

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