La piel del espíritu

La piel del espíritu

El dermatólogo debe ser particularmente sensible a la imbricación psicológica de afecciones tan extendidas como el acné o la psoriasis Algunos problemas dermatológicos están relacionados con trastornos psicológicos

MIGUEL AIZPÚN

logroño. Resulta frecuente escuchar a los dermatólogos veteranos la confesión de que, a medida que con los años de experiencia profesional iban perfeccionando sus diagnósticos clínicos, paralelamente profundizaban también en el descubrimiento psicológico de sus pacientes. Y es que pocas especialidades médicas muestran unas imbricaciones psicológicas tan evidentes como la dermatología. Una disciplina que, además de atender la salud de la piel física, también procura aliviar la del espíritu.

La relación entre los trastornos psicológicos y mentales es, en algunos casos, tan estrecha que exige ampliar el tratamiento estrictamente clínico y atender las simas del alma. En este ámbito, el dermatólogo puede prestar una ayuda muy beneficiosa para el paciente. Primero, mostrándose cercano y comprensivo con quien necesita ser escuchado. Y segundo, y más importante, aprovechar esta confianza para derivar al enfermo, cuando la gravedad del caso lo requiera, hacia otros especialistas capacitados para tratar este tipo de problemas.

Los dermatólogos debemos asumir un esfuerzo de adaptación a una sociedad cambiante que genera, día a día, nuevas agresiones y trastornos, tanto físicos como mentales. Si la explosión del consumo introdujo multitud de nuevos elementos y productos que incentivan alergias y afecciones, la dureza de la crisis económica está provocando el despertar de patologías mentales que tienen su plasmación a nivel físico.

Numerosos pacientes buscan soluciones rápidas y acaban siendo víctimas de los 'productos milagro'

Los dermatólogos debemos ser conscientes de que numerosos trastornos de la piel constituyen la expresión psicosomática de otros tantos miedos, angustias y frustraciones, que deben ser tenidos en cuenta a la hora del tratamiento. Es necesario subrayar que la confianza entre médico y paciente ha de cuidarse siempre. Este es uno de los valores que urge defender y, desde luego, reparar allí donde el exceso de confianza en la tecnología haya hecho olvidar al ser humano que es todo enfermo. Esta imbricación psicológica influye, además, muy notablemente en la decisión de un número apreciable de pacientes, quienes, ansiosos por hallar una solución rápida para los problemas de su piel, acaban siendo víctimas de los denominados 'producto milagro'. Concienciar a la población de que estos trastornos en la piel son enfermedades que únicamente deben ser tratadas por un especialista médico (el dermatólogo), y si es necesario con la colaboración del psiquiatra o psicólogo constituye una actividad tan necesaria como rentable desde el punto de vista sanitario.

El dermatólogo debe ser particularmente sensible a la imbricación psicológica de afecciones tan extendidas como el acné, la psoriasis o la variada gama de patologías que afectan a la piel. Si el paciente percibe que el especialista únicamente atiende al aspecto clínico e ignora el impacto psicológico, se levantará una barrera entre médico y enfermo que puede propiciar la búsqueda de soluciones perjudiciales para la salud.

Nunca debe olvidarse que el enfermo es, ante todo, una persona y que su preocupación excede, frecuentemente, los límites de lo estrictamente clínico. Generar un clima de comprensión y confianza aporta notables réditos terapéuticos, entre los que figuran desde un seguimiento más responsable hasta la orientación hacia un profesional que puede resolver positivamente la afección psicológica. Se responde así a la raíz más profunda de la ciencia médica, la que se establece entre un enfermo y quien se preocupa y tiene los conocimientos para curarlo.

Las enfermedades de la piel tienen en el dermatólogo su especialista y las imbricaciones sociales y psicológicas de alguna de estas afecciones también cuentan con profesionales cualificados para aliviar o eliminar los efectos negativos. La ciencia es un pilar del equilibrio emocional mucho más sólido que la frustración que acaba produciendo un tratamiento ineficaz.

Una de las características del siglo XXI es, y cada vez será más, el trabajo en equipo.

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