«Padecemos una colonización tecnológica que o nos la quitamos de encima o nos va a destruir»

El escritor, crítico literario y articulista Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970). ::/ABC
El escritor, crítico literario y articulista Juan Manuel de Prada (Baracaldo, 1970). :: / ABC

Intriga y amor rubrican la última novela de Juan Manuel de Prada, 'Lucía en la noche', con la que esta tarde nos visita en el Aula de LA RIOJA-UNIR (20.00 horas)

Estíbaliz Espinosa
ESTÍBALIZ ESPINOSALogroño

El escritor Alejandro Ballesteros regresa al imaginario literario de Juan Manuel de Prada. Lo hace en sus momentos más bajos, decadente y falto de inspiración. La aparición de Lucía en su vida será su redención, pero la posterior desaparición de esta enigmática mujer le empujará hacia un tortuoso viaje al corazón del miedo. Con 'Lucía en la noche' (Espasa) se presenta hoy De Prada en el Aula de LA RIOJA-UNIR, en el Centro Cultural Ibercaja.

-¿Sería capaz de enamorarse de una mujer como Lucía?

-Sí, por qué no. Aunque no me identifique con el narrador, ese tipo de mujer con un misterio que eres incapaz de descifrar siempre atrae.

«Me interesan más los misterios humanos que esos otros misterios que nos trata de resolver el thriller contemporáneo»

-Usted tiene su propia Lucía, su propia musa (María), que también supuso una redención para usted y su vocación en un momento dado. ¿Qué más encierra este libro sobre Juan Manuel de Prada?

-Al igual que el protagonista, yo también he pasado por épocas de sequía creativa y por las que recuperas las ganas de escribir. Y conozco bien algunos de los parajes de la novela, pero en general es pura ficción.

-En 'Lucía en la noche' rinde homenaje a 'Vértigo' de Hitchcock.

-Sí, es un homenaje intencionado a todo el cine de Hitchcock en general, pero muy especialmente a 'Vértigo'. Lo que me gusta de las películas de Hitchcock, más allá del trasfondo político o de espionaje, es el misterio humano, en el caso de 'Vértigo' el misterio de una mujer, o el de un personaje que a veces se nos presenta como un falso culpable, como ocurre con Henry Fonda en 'Falso culpable'. Digamos que me interesan más los misterios humanos que esos otros presuntos grandes misterios que nos trata de resolver el thriller contemporáneo.

-Además de este clásico cinematográfico, el libro está plagado de referencias a la mitología clásica, a clásicos de la literatura y de la música. ¿Son los clásicos una tabla de salvación para esta sociedad rendida al dinero y de la que usted tanto aberra?

-En épocas de confusión, de derrumbe, de delicuescencia -eso que llaman ahora la 'sociedad líquida'- indudablemente los clásicos son una tabla de salvación porque nos hablan de lo perenne que hay en nosotros, de anhelos, aspiraciones... de lo sustantivo del ser humano. En épocas como la nuestra, de tanta confusión, es más necesario que nunca volver a ellos.

«En épocas como la nuestra, de tanta confusión, es más necesario que nunca volver a los clásicos»

-Aunque usted no es un clásico, sí se considera una persona tradicional. Claro que la tradición no siempre es infalible, como tampoco lo es la modernidad.

-Lo que pasa es que hay tradiciones que ciertamente no son tales y necesitan depurarse; no podemos aceptar que todo lo antiguo es bueno en sí mismo. Las tradiciones se tienen que decantar y sobre ellas debe haber un discernimiento, pero es verdad que las tradiciones normalmente apelan a lo que hay de sustantivo y duradero en el ser humano. Los 'ingenieros sociales' lo primero que hacen es destruir las tradiciones para dejar a los pueblos huérfanos, sin referentes, sin una base cultural ni espiritual y, por lo tanto, hacerlos más maleables, dúctiles y manipulables. Creo que las tradiciones auténticas son buenas, no las tradiciones inducidas por razones políticas, etc.

-Supongo que esa tradición es lo que le lleva a recrearse en las palabras, en un rico vocabulario, a veces incluso en desuso, y a rechazar las redes sociales o Internet.

-Si utilizamos tradición en un sentido etimológico, sí. Yo creo que las redes sociales han venido a romper los vínculos verdaderos entre las personas, la entrega que se produce en la tradición de padres a hijos o de maestros a discípulos, o simplemente la transmisión fraterna o amistosa que se produce en el contacto humano verdadero. Creo que las redes sociales lo que hacen es suplantar eso por un simulacro grotesco que consigue tener a la gente ensimismada, absorta delante de una pantalla del ordenador. En ese sentido también es un atentado a la tradición. En líneas generales, creo que padecemos una colonización tecnológica que o nos la quitamos de encima o nos va a destruir.

-Me da la sensación de que su desconexión 'online' es más una desconexión del mundanal ruido.

-Cualquier oficio creativo o dedicación de tipo artístico necesita tener una vida interior, o te acabas convirtiendo en un pelele que lo único que hace es responder a las modas que se respiran en cada momento y en una víctima más de esa 'ingeniería social' a la que aludía. Yo creo que un escritor debe tener una vida interior y, para ello, huir del mundanal ruido. Eso no significa huir de tu tiempo ni descomprometerte con los problemas de tu época, pero naturalmente no puedes estar como un zascandil todo el día en twitter contestando a botarates.

Más información

Sigue la charla en directo
www.unir.net/auladecultura

«El éxito tiene tentaciones como el famoseo o la política que he podido rechazar sin problemas»

-La realidad informativa está muy presente en 'Lucía y la noche', una realidad (sobre las ONG, el terrorismo internacional, etc.) que no sale muy bien parada, como tampoco los tertulianos que se hacen eco de ella. ¿Lo ha escrito con vocación de denuncia?

-Esta novela tiene un componente de denuncia hacia lo que podíamos llamar las versiones oficiales. Hoy se habla mucho de ese anglicismo odioso que son las 'fake news', lo que siempre hemos llamado bulos o intoxicaciones, pero a mí me preocupan mucho más las versiones oficiales, es decir, esas elaboraciones simplotas sobre problemas complejos que se hacen desde instancias de gran prestigio como los Estados, organizaciones internacionales... y que además suelen ser aceptadas unánimemente por los medios de comunicación de forma totalmente acrítica y que la gente se traga sin ofrecer ningún tipo de resistencia. Esto me parece mucho más peligroso porque de estas versiones oficiales simples surgen grandes manipulaciones sociales que hacen que percibamos como algo normal injusticias bestiales que se han producido durante los últimos años y décadas, como los conflictos en Oriente próximo, en Siria, Libia o Irak.

Servidumbres y tentaciones

-Envidio su capacidad para la metáfora y tengo curiosidad por cómo concibe este recurso literario.

-Es espontáneo, algo innato, pero para ello hay que tener una especial relación con el lenguaje. Cuando alguien escribe, está constantemente tratando de crear un mundo y en determinados momentos se generan ese tipo de chispazos que vinculan las cosas que estás imaginando con otras.

-¿A qué servidumbres le obliga el mundo de la literatura, al margen de a la promoción de sus libros?

-Esa es la auténtica servidumbre, las otras tienen más que ver con una forma de vida, una dedicación al trabajo. Escribir no depende únicamente de que te venga un ramalazo de inspiración, depende también de una constancia, una disciplina; escribir te exige leer, contemplar el mundo, profundizar en las relaciones personales para conocer mejor la naturaleza humana. Digamos que escribir es una escuela de sabiduría también y eso exige una dedicación, una atención y mucha constancia, y gran capacidad de renuncia a otras cosas, sobre todo cuando has alcanzado el éxito. Porque el éxito tiene muchas tentaciones, desde la tentación farandulera y del famoseo a la tentación política.

-Y en su caso, ¿qué tentación ha sido la más tentadora?

-He de reconocer que en esto tengo poco mérito porque yo soy una persona muy enamorada de mi vocación y, a pesar de las traiciones que he podido hacerle, siempre vuelve. Las veces que he traicionado mi vocación han tenido más que ver con problemas personales, con quiebras interiores y muy profundas, en mi caso después de un divorcio, pero no tanto por tentaciones vinculadas al dinero, fortuna o fama, algo que siempre he podido rechazar sin problema.