Once fogonazos detonados por la pintura

Once fogonazos detonados por la pintura

Vida y arte se entretejen en esta primera y aplaudida novela de María Gainza, obra de elegante prosa y brillantes metáforas

LUIS ÁNGEL ADÁN LEÓN

logroño. Escribir sobre lo que el arte produce en el espectador no tiene nada de nuevo, sin embargo, en esta ocasión la relación de la autora con determinadas obras pictóricas sirve de detonante para revisar su vida y convertir la experiencia artística en una narración de sus avatares personales.

Nos encontramos frente a once piezas que pueden ser interpretadas como once capítulos de una novela sobre la historia personal de una crítica de arte argentina perteneciente a una familia de rancio abolengo. O como once relatos independientes cuyo detonante es una obra de arte pictórica. O como once fogonazos producidos por pinturas que la narradora contempla. Los fogonazos la llevan a hablar de los autores de las obras y estos, a su vida.

A veces durante la lectura he llegado a pensar que eran once colaboraciones sobre pintura de la corresponsal de arte de New York Times en Argentina en las que mezcla sus experiencias personales con la crítica de arte, que es a lo que se ha dedicado la mayor parte de su vida.

Cualquiera de las aproximaciones es aceptable y todas tienen en común la elegancia de la prosa con que están escritas.

La brillantez de las metáforas que utiliza a lo largo de sus escritos y la inevitable mezcla entre vida y arte; entre la pasión por éste y los desgarros que la vida ha producido a la narradora: la pérdida, la enfermedad, el paso del tiempo o la banalidad de nuestros actos por muy trascendentales que quieran ser.

Fue publicada en Argentina hace más de tres años pero ha entrado en las grandes ligas gracias a la apuesta de Anagrama por ella. Así ha pasado a traducirse a varios idiomas y convertirse en un éxito editorial serio.

Tal es así que su autora está a punto de publicar una nueva novela.

Una mujer en la madurez va repasando obras que le han marcado. Obras pictóricas situadas en la periferia de los grandes circuitos del arte, a las que se niega a viajar por su pánico a los aviones: pequeños cuadros de Toulouse-Lautrec, El Greco, Coubert o Cézanne que acabaron en el París del cono sur en su época de esplendor; u obras de autores argentinos como Shiavoni o de segunda categoría como Dreux.

Todas las piezas le conmueven o le conmovieron en algún momento de su vida.

De su conmoción pasa a reflexionar sobre la vida de estos autores y relacionarla con la suya. Una vida dentro de la aristocracia criolla, de estancias y palacios, de padres y madres ausentes y exigentes hasta masacrar la vida de sus hijos.

Esa es la verdadera historia que Gainza presenta en la elegante distancia con su delicada prosa.

A cada momento parece que se va a convertir en algo banal: la historia de una niña bien, pero la vida que narra es tan apasionada y compleja como la de los autores y obras que cuenta.

Ese es su logro.

 

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