NOCHEBUENA

NOCHEBUENA

«¡Cómo dormir la noche más hermosa, cómo no aprovechar cada momento!»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Hay noches en las que habría que permanecer en vela, sin dormirse un instante. Noches tan milagrosas, tan llenas de sorpresa y maravilla como para abrir los ojos y no cerrarlos nunca, ni aun para parpadear, si se pudiera.

Noches en las que el firmamento mismo, tan prestigioso él, se queda atónito ante lo que acontece ante sus ojos. Y, por verlo mejor y más de cerca, saca a lucir y agota sus estrellas.

Ésta de Nochebuena es una de esas noches, la noche, yo diría. A cuya fronda nace lo más digno de nacer, el más digno de nacer y crecer e ir respirando esta atmósfera nuestra que, si humana, a partir de esta noche sabe a Dios.

Qué cariñosamente lo expresaba, allá en el siglo XV, Fray Ambrosio de Montesinos, trasladando a lo divino los versos populares, los que surgen del pueblo y son de todos, sin otro precio que el de abrir el alma para leer, cantar o contemplar. Qué bien nos orientaba y advertía: «No la debemos dormir/ la noche santa, / no la debemos dormir. / La Virgen a solas piensa / qué hará/ cuando al rey de luz inmensa/ parirá, / si de su divina esencia/ temblará, / o qué le podrá decir. /No la debemos dormir/ la noche santa, / no la debemos dormir».

¡Cómo dormir la noche más hermosa, cómo no aprovechar cada momento para gustar, paladear la gloria que se nos viene encima! José y María estaban embobados, sin atreverse apenas a otra cosa que mirar y mirar. ¡Qué cortas se quedaban las promesas ante la realidad recién nacida! ¡Qué niño, madre mía! ¡Qué entrañas de ternura, qué arrumacos, qué amables lloriqueos requiriendo, solicitando pecho, qué manera de quedarse dormido, satisfecho de tan dulce maná!

No es que fuera posible, es que era cierto; es que el Hijo de Dios tenía ojos, y manos recogidas, y pies muy diminutos, y lloros pedigüeños. Era verdad: el Hijo se encarnaba y ya era un hombre, eso sí, muy menudo. Que nacía chiquito como nacemos todos. Y al cuidado también, como nosotros, de unos padres y un techo, unos vecinos - en su caso, pastores - y un oficio de querer cotidiano, casero, artesanal.

¡Cómo dormir, si es solo luz la noche, si no es noche! ¡Cómo perderse un gesto de ese Niño, de esa madre extasiada de ventura, de ese esposo avezado a la intemperie, que allana lo costoso y lo más arduo por verles sonreír!

Decía Antonio Porchia: «El amor, cuando cabe en una sola flor es infinito». ¡Qué bien se cumple aquí! En la flor de este Niño cabe el amor de Dios, cabe el aroma que no marchita nunca. Entre las pobres pajas del pesebre palpita el corazón que pone en marcha y da vida y fulgor al universo. Tan a merced de todos y de todo el que es la garantía, el fundamento feliz de todo ser.

Cantadle villancicos, para que no se duerma, para que avive el fuego con sus ojos y no haya un solo ser que pase frío, tenga hambre o equivoque la ruta o ande solo y enfermo o sin un techo donde albergar sus ansias o el cansancio transido de sus pies.

¡Qué niño! ¡Qué hermosura de niño! Sí, cantadle. Él es el villancico más hermoso compuesto por el Padre - Amor del Padre - en las dulces entrañas de María. Él, la canción de cuna que mece y pacifica los conflictos, que aduerme las zozobras, que abraza las pobrezas y convierte lo injusto en sol fraterno. En Él, en la humildad de su estatura nacemos, renacemos, somos todos: familia universal.

¡Qué bien lo canta el Padre! Es este Niño, que aún no sabe hablar, el son perenne, la música del cielo y de la tierra, el poema de amor que nutre el cosmos. Desde el primer latido, ya nos deja entrever sus simpatías por el pequeño, el pobre, el alejado, el que no tiene nada, ni siquiera dónde caer rendido. Desde su desnudez nos va mostrando la dicha que es vivir en lo sencillo, la paz de lo esencial.

¿Quién puede poner trabas a este Niño que nace tan inerme, tan dándose del todo? ¿Quién puede no acercarse hasta su cuna, no rendirse a lo frágil de su pecho? ¿Y quién puede, mirándole a los ojos, recriminarle a Dios su lejanía, decir que no habla claro? ¿Cuándo se había podido como ahora ver y palpar, mecer, tomar en brazos y oír llorar a Dios?

Frente a los que vivían en la pompa y el lujo del palacio, que no entendieron nada, ¡qué bien lo comprendieron las pastores, que pasaban la noche al aire libre, ganándose la vida con su honrado trabajo y su tesón!

¿Cómo dormir? ¿Cómo no estar despiertos al gozo de este Niño, que es nuestro, que es de todos, siendo el Hijo Unigénito de Dios? Estaremos atentos para ver cómo crece, cómo vive, qué nos irá diciendo. Eso será después. Ahora nos basta con abrir bien los ojos y mirarlo con exquisito amor.

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