MUSAS

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Un internado para señoritas, que podría ser el de clásicos como 'Suspiria' (Dario Argento, 1977) o 'La residencia' (Narciso Ibáñez Serrador, 1970), en el que cinco adolescentes rebeldes ingresan contra su voluntad para formar parte de un programa experimental dirigido por una institutriz de modos y maneras decimonónicos. Se trata del cuarto largometraje del director de 'Buried' y 'Luces rojas', un proyecto con la etiqueta de filme de encargo dignificado por la seriedad con la que Rodrigo Cortés acepta el reto de traer a su terreno la adaptación de una novela de la escritora estadounidense Lois Duncan amadrinada por Stephenie Meyer, la autora de la saga 'Crepúsculo'.

Ante la disyuntiva de firmar sobre la línea de puntos, coger el dinero y abandonarse a la corriente, o tomar las riendas de la película, dirigirla e imprimir su sello, Cortés opta por remar a favor del material de partida matizando los lugares comunes por lo que transita para alejarse todo lo posible del punto de vista condescendiente al que invitan unos personajes que desde la distancia resultan tópicos y sobreactuados. Cortés sabe que conectar con ellos es la única manera de conectar con su público, lo que le obliga a hibridar la angustia adolescente con el tratamiento gótico de unas imágenes cargadas de materia ectoplásmica que fintan al abismo insondable del terror puro para adentrarse por la senda del thriller sobrenatural.

La endeblez de un guion que sostiene su inverosimilitud gracias a las aportaciones del subconsciente del espectador mina el laborioso trabajo de puesta en escena de un director que no cuaja del todo en su intento de corporeizar el horror a través de la atmósfera. A 'Blackwood' le falta una vuelta de tuerca, y soltar el freno de mano que le impide ser más retorcida, sibilina y viciosa.

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