CONTRA EL FIN DEL MUNDO

CONTRA  EL FIN DEL MUNDO

Parido con sufrimiento -el de un grupo de locos y locas del oficio audiovisual-, el primer largometraje de Roberto San Sebastián exprime con vehemencia el concepto de ópera prima, entendida no como el trabajo de fin de máster de un aspirante a mercenario que sueñe con el encargo de dirigir 'Star Wars', 'Jurassic Park' o alguna otra franquicia sino como una expresión consciente de sus obsesiones y perversiones más íntimas. Las críticas previsibles a la duración, tono, atmósfera o excesos de 'La noche del virgen' obligan a remitirse al primer párrafo de este texto hasta completar un bucle infinito, porque lo que está claro es que San Sebastián y su equipo han hecho lo que les ha dado la gana -dentro de las posibilidades que da de sí una producción espartana y un calendario de rodaje ínfimo- ignorando supuestos como la comercialidad o la intención, cada vez más utópica, de alcanzar al público amamantado en los pechos del cine televisivo.

Editada, tuneada o censurada, 'La noche del virgen' podría haberse convertido en un producto más digerible pero no sería la misma película, ni provocaría la sensación de incomodidad permanente, y cuasi empática, que acompaña al personaje interpretado por Javier Bódalo durante 120 minutos; dos horas a lo largo de las cuales la cámara es testigo de un exorcismo de citas cinéfilas que expulsa de su cuerpo el cadáver de Griffin Dunne ('Jo, ¡qué noche!') para inseminarlo de influencias que bien podrían derivar de las filmografías de David Cronenberg o Brian Yuzna, aunque lo que late en el fondo es una mirada escatológica muy personal que es capaz de empastar extremos tan distantes como la combustión espontánea de un bebé cronenbergiano y un monólogo improvisado de Ignatius Farray (maravilloso en el papel de Ramón García). Atención a la mezcla de sonido, y a los ejemplares cortes de montaje de una película opresiva que nunca se asfixia.

 

Fotos

Vídeos